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Foto 'Mia madre'

 

El desconcierto frente a la muerte siempre será algo inexplicable, no para la razón, pero sí para el alma.

La pérdida de un ser querido, de tu propia sangre, que es un pedazo de tu historia y tu identidad nos enfrenta a nuestras contradicciones más profundas, nuestra impotencia, el temor más íntimo a nuestra propia desaparición, nos hace preguntarnos cuan imprescindibles somos, quienes nos necesitan, como querríamos dejar este mundo y creer, o desear creer, que tenemos la chance de elegir esa partida.

Nanni Moretti, al cual conocí en 1993 gracias a su personalísimo film “Caro Diario”, me vuelve a emocionar hasta los huesos 22 años después, en los cuales pasaron grandes obras como “Aprile” (1998) y “La habitación del hijo”(2001)indiscutibles expresiones genuinas de un verdadero autor cinematográfico. Hoy siento que su discurso es aún más maduro, más intenso, más nítido, y ante todo simple, puro y cristalino, que se refleja en las imágenes que imprime en la pantalla, una característica ya originaria en él, la cual veo ahora más depurada.

 

La simpleza de N. Moretti es una síntesis profunda de muchos elementos: una mirada atenta y sutil dejándonos ver con fluidez un devenir de momentos, algunos felices otros tristes, que no sabemos en qué orden vienen ni cuánto durará cada uno de ellos. Su cámara nos acompaña en cada uno de esos opuestos, con calma, observadora, cercana pero nunca invasiva, como si acariciara a los personajes y a las escenas, como una compañera fiel, sin ansiedad, sin premura, expectante y exenta de vulgares preciosismos.

Pero aún no he dicho nada acerca del relato y sus personajes, argumentalmente hablando, resumo entonces en pocas líneas de que trata el film. Es la historia de Margherita (Marguerita Buy) una mujer de mediana edad, directora de cine, en pleno rodaje de una de sus nuevas producciones – que parecieran ser siempre de corte social – que un día se enfrenta, junto a su hermano Giovanni (Nanni Moretti), a la enfermedad de su madre y poco a poco a su inevitable muerte.

 

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La alquimia que existe entre ambos actores es sublime, ya en sus personalidades complementarias: pues Marguerita está ansiosa, angustiada, en una crisis de negación, sufriendo su impotencia, frágil, nostálgica, enormemente vulnerable, mientras que Giovanni, templado, calmo, asume lo que la vida dispone, sufre en una suerte de silencio íntimo y contiene a su hermana con ese amor inexplicable que es el de la hermandad.

Se nota claramente la confianza, complicidad y conocimiento que se tienen Nanni y Marguerita, eso nos permite percibir el vínculo de una manera muy creíble y sensible, enormemente sensible. Entre ambos se abre un canal donde fluyen los sentimientos más íntimos de Moretti sobre este tema, algo ya vivido por él: su verdadera madre fallece en momentos en que él estaba trabajando en el montaje de un film. Pero esta película no es un simple exorcismo, en la que pone a una directora como alter ego y hace catarsis de sus dolores personales, es, sin duda, mucho más que eso. Lejos del golpe bajo o la lágrima fácil, Moretti nos retrata un poco a todos parados en la vida, frente a la muerte.

Completa el triángulo, La Madre (Giulia Lazzarini) que nos entrega una brillante actuación sobre una mujer que realmente tuvo una vida y que ahora no comprende porque sucede lo que sucede: estar internada, vivir en ese mundo clínico lejos de sus pequeñas cosas, esperando volver a su universo cotidiano, que poco a poco deja de entender y va perdiendo la conciencia del devenir infalible, viviendo de a momentos lúcida, de a momentos muy lejos de todo…

 

Marguerita también tiene una hija adolescente y un ex esposo, que lejos del cliché de “hija adolescente conflictiva” y “ex esposo problemático”, la película presenta un vínculo armonioso, sin tensiones innecesarias que no sumarían ninguna riqueza al film.

Mientras Marguerita vive el inevitable paralelo de la vida, que es una alternancia permanente, la vemos dirigiendo su film, con un actor recién llegado de USA, el antagonista de la ficción del rodaje, que personifica a un americano poderoso que viene a Italia para comprar una fábrica que está en quiebra, y decide, una vez convertido en el nuevo Dueño, que despedirá a una buena parte de sus empleados, cuestión que dispara el intenso conflicto social de esa historia.

Este personaje impecable, absurdo, perfecto e impactante es Barry (John Tunturro) que es una estrella brillando en el film, un pedante insoportable que dice haber filmado con Kubrick , que sueña que Kevin Spacey lo quiere matar , que no puede memorizar la letra y habla mal el  italiano, generando escenas desopilantes. Es tan detestable como adorable, y es la postal de lo que sucede en el universo de los rodajes, lo imprevisible, lo problemático, lo inevitable. Mientras Marguerita convive con todos los avatares de ese mundo, lucha con los fantasmas interiores de su otra realidad, la que vive en su intimidad familiar.

 

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“Todos piensan que yo soy capaz de entender lo que ocurre, de interpretar la realidad, pero yo ya no entiendo nada piensa en silencio Marguerita frente a una rueda de prensa que la interroga acerca de la película en proceso.

Por otro lado, vemos una situación típica de rodaje donde todo se embrolla y no logran rodar una estúpida escena, entonces, hastiada, Marguerita toma una decisión radical para resolverla, al otro día, en distintas condiciones. Pero al día siguiente aparecen una serie de problemas nuevos a causa de su fatal decisión y Marguerita abrumada grita:“Porqué  tienen que hacerle siempre caso al director que también puede ser un reverendo estúpido!!!”. Me reí un largo rato, me hizo recordar una vieja frase de Orson Welles que dice algo como ….en un rodaje, hay verdaderamente una sola persona que puede tomar decisiones estúpidas sin que nadie se dé cuenta: el Director.

 

Una clave del film es que la realidad,sueños, visiones y recuerdos se mixturan en la mente de Marguerita como una misma cosa, un contínuo. Y todo eso camina con la misma urgencia dentro de ella. Son sus sentimientos más privados expresados de diversas formas sensoriales.

Magistralmente Moretti nos muestra todos esos planos de la percepción filmados con la misma estética, unificando toda la subjetivación del personaje y transformando todas las capas de realidad (imaginarias – tangibles) en una sola.

 

Shots from "Mia Madre"

 

En un momento tan simple como el de Marguerita caminando por la calle, vemos la aparición de su hermano Giovanni, una alucinación, que irrumpe en la escena con el mismo realismo que el resto de la gente que los rodea y le susurra al oído: “Hacé algo nuevo, rompé tu esquema. ¿No conseguís dejarte llevar con ligereza por un rato?”

A todo esto el relato va apuntalado por la hermosa música del compositor estonio Arvo Pärt, que te entra directamente en el estómago, llenándonos de sensaciones que ya no podremos abandonar.

Soledad y compasión son dos palabras que no he nombrado, pero que discurren entre los personajes de este film como parte de su universo, una soledad esencial, la de la existencia misma, y una compasión inevitable, la de ver sufrir a quien amas.

 

“Que el actor esté siempre junto al personaje” repite varias veces a sus actores Marguerita en el rodaje, una frase que parece ser antológica en su carrera. Esa frase que se refiere a “no perder la identidad” aunque te desdobles en dos partes, nos habla de una forma de estar ahí, algo que logra ampliamente Nanni Moretti y al final, sin duda alguna, Marguerita, cuando, sobre la música de Schuman que abre la última secuencia , nos enfrentamos a la mirada de Marguerita que nos atraviesa, mientras sueña o tal vez , recuerda , a su madre frente al espejo, acomodándose el cuello de la blusa, a su madre y su reflejo… eternas.

 

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