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Abbas Kiarostami dejó el mundo terrenal hace muy poco, por supuesto que la muerte lo sorprendió en el medio de una preproducción, y sin ningún tipo de aviso. La despedida en su Teheran natal fue propia de una celebridad, como si se tratará de alguien popular. Claro, desde el costado occidental del mundo probablemente no comprendamos el impacto que ha tenido su cine, y en consecuencia, su labor social en un país golpeado por diferentes flancos, sin alejarnos demasiado de la labor de este hombre hay que recordar que Jefer Panahi (otro fundamental del cine iraní) carga con una condena de veinte años sin poder ejercer la dirección cinematográfica. En Argentina, la obra de Kiarostami provocó una ebullición con El Sabor de la Cereza (1997), ganadora de la Palma de Oro en Cannes, que tuvo su reverberación en el siguiente Festival de Cine de Mar del Plata y posteriormente su exitoso estreno comercial, en el Cine Lorca con 130.000 espectadores, tras mantenerse meses en cartel. Desde entonces se comenzó a hablar del sintagma: “Cine Iraní”.

 

La labor de este prócer del cine realista tuvo su primera llegada al cine mundial con ¿Dónde Está la Casa de mi Amigo? (1987), victoriosa en el Festival de Locarno. Un film de aventuras, lejos de los paradigmas que dictan el género, más bien emplaza en el ultra realismo, las consecuencias del azar y el camino sinouso bajo la perspectiva infantil. Un mapeo de la inocencia, que incluso se jacta de panear un contexto en clave de paisaje que atraviesa el horizonte de nuestra mirada. Previo a esta obra maestra hay mediometrajes, cortos y documentales, entre ellos: Conciudadano (1983), un trabajo sobre las relaciones entre involucrados por una calle cortada. El cine dentro del cine, otro de los temas sobre los que reflexionó a lo largo de su filmografía, su ejemplo más pleno es díptico Ten (2001) y su mirada meta en Ten on Ten (2004).

 

En el último fragmento de su carrera, Kiarostami se internacionalizó, abrió las fronteras hasta Italia para hacer Copia Conforme (2010), la cual comprendió un elenco diverso: Juliette Binoche, el barítono William Shimell y el célebre guionista Jean-Luc Carrière. Ambientada en la Toscana, el iraní vuelve a cargar sobre las aguas inestables de la verdad junto a nueva puesta de paisajismo, paseos y diálogos consecuentes de una curiosidad siempre en movimiento. En términos de relato, es una película estructurada en dos actos pero lejos de intentar de rearmar las piezas, lo ideal es tomar ese concepto arrojado sobre la palabra

 

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Like Someone In Love (2012) fue su último film, realizado en Japón y en el idioma de aquel país, esta descripción que podría ser la de un obstáculo para cualquier realizador no es más que una envoltura para Kiarostami, quien preocupado por las relaciones humanas más que por las retórica teje un vínculo casi de buddy movie entre un anciano ex profesor de filosofía y una joven prostituta. La historia nace en un bar de jazz; una cámara que presenta varias capas en un mismo plano: lluvia, vidrió y una figura que se aprecia desde afuera del lugar. Hay colores que se yuxtaponen para terminar de conformar un cuadro virtuoso en el uso de una formalización que por manierista no deja de ser sintética en el plano argumental porque la información brindada es la necesaria para presentar al personaje. En esta fase internacional de Kiarostami, el fotógrafo Katsumi Yanagijima (el mismo de El Verano de Kikujiro, Zatoichi, Takeshis y muchas otras de Takeshi Kitano, por ejemplo) es su mejor colaborador, compañero de aventuras de los vínculos estrechos que el iraní se ha propuesto narrar, sintiendo que la obra en su país natal había culminado, que era hora de mostrarse como un ciudadano cinematográfico del mundo. Así es que en ese multitudinario funeral, la despedida de un hombre que ha nutrido el cine moderno desde su libertad como artista, paradójicamente habiendo nacido en un país que la restringe pero que lejos estuvo de apagar la luz del gran Abbas Kiarostami.