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LA CASA DE LAS FLORES

Durante años se lo consideró un género para clases populares, para las amas de casa, para la hora de la comida o del té. Primero con la serie de Luis Miguel y ahora La casa de las flores, con la reina del culebrón Verónica Castro a la cabeza el culebrón llega a Netflix.

Trece episodios donde se mezclan el Kitsch de Almodóvar con el universo gay y la exageración que los mejicanos saben darle a este género. Claro que Verónica Castro al frente del elenco suma y mucho con su oficio melodramático.

Verónica es Virginia de la Mora dueña de La Casa de las Flores una importante florería en el DF y matriarca de una familia que incluyen un marido y tres hijos y por supuesto como es tradición en el género, un secreto en cada armario.

El suicidio de la amante de su marido en el salón de su florería durante una fiesta de cumpleaños llena de invitados abre un derrotero de secretos familiares, secretos personales y de negocios que parece van a hundir a Virginia.

No faltan los grandes decorados, colores estridentes, mansiones, escaleras imperiales, arañas, cristales, cuadros dorados y arreglos florales. A la exageración de la puesta se le suman las actuaciones y las situaciones: hijos legítimos, ilegítimos y desconocidos, socios inesperados, tras, gays.

Lo mejor de la serie es Paulina, la hija mayor, tremendo e irritante personaje de Cecilia Suarez, actriz mejicana poco conocida aquí en Argentina. Otro punto alto de la serie es Verónica cantando en el auto temas de su hijo o fumando con una coqueta pipa de alabastro en su casa hierba que ella cultiva, ah y sus cambios de looks son lo más.

Lo menos logrado así con todo lo dicho es exageración,  explosión, el paso de drama a humor negro es bueno pero no llega al extremo que en esa relación entre lo correcto y lo incorrecto deja con ganas de más.

La serie es solo un gran homenaje a un género que América Latina conoce  mejor que nadie.