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«El respeto ajeno y los espejos posibles»

New York, 1980. Parece ser todo alegría en la casa de los Graff, un hogar de ascendencia judía de la magna ciudad estadounidense. El chico más joven del clan, Paul. exhibe un histrionismo que choca con el ideal pretendido socialmente. Papá Irving es un plomero de viejo antaño, en tanto que mamá Esther tiene presencia en el colegio en el que estudia el joven. Luego está Aaron, el abuelo materno, en quien siempre se puede confiar. En una era de cambios, Paul crece con metas artísticas y dudas, en una etapa en la que el acompañamiento familiar debería de expresarse más allá de las apariencias.

El film de James Gray, quien también escribió el guión, se mueve por numerosos tópicos y lo cierto es que, dejando de lado los clichés habituales, realiza una composición interesante de las diversas aristas que presenta.

Primero, la apariencia y el ‘deber ser’: un muchacho de clase media que aspira a más no debe meterse en problemas, no debe hacer amistades ‘extrañas’ según la miradas más retrógadas y debe ser un ejemplo para sus colegas. Con el punto inicial y el último podemos estar de acuerdo, pero, ¿es necesario exigir una excelencia casi de elite a un chico que está recién descubriéndose a si mismo?

Segundo, el apoyo familiar. Resulta que Irving a veces prefiere descargar el látigo ante alguna inconsistencia por parte de su hijo. No es que tenga un mal corazón, puede ser un tema de crianza previa, pero si hay algo que no necesita Paul son golpes. En tanto, Esther parece una madre ‘compañera’, cualidad que es opacada rápidamente pero una frialdad muy incómoda. Ted, el hermano mayor, por su parte, es fuente de conflictos mutuos constantes.

Por eso es interesante el personaje de Aaron. Él entiende a su nieto, y más allá de repasar su propio pasado, es el apoyo que él necesita, con una fuente de comprensión superior a quienes lo rodean. Eso no le impide ‘caer’ en ese circulo vicioso de idealidad e incluso ser parte vital del mismo, pero con un mayor corazón y una lógica que busca trascender a lo superficial.

El hecho de abarcar varios problemas en un pulcro libreto le da un punto de valor al largometraje, que logra cerrar la trama y sub-tramas con prestancia, incluso con situaciones cercanas a una realidad posible, sin entrar en ideales. Lo cierto es que, pese a ello, existe por momentos, una parsimonia en forma de meseta, que le quita algo de brillo a la producción, sin ser significativa su influencia.

El joven Banks Repeta realiza una buena actuación como Paul Graff. en uno de sus primeros trabajos oficiales. Anne Hathaway interpreta firmemente a Esther, una mamá con rostro adusto pero también con pesares propios. Jeremy Strong es Irving, un hombre más atormentado de lo que se exhibe por afuera. Quien más se destaca, sin embargo, es Anthony Hopkins, en su rol como Aaron, con esa calma que da la experiencia y la firmeza del afecto ante un ser muy querido.

Todos tenemos nuestro propio ‘Armagedón’ interno. Cuando la mente ebulle en búsqueda de convicciones, caminos y descubrimientos, que es lo mejor, ¿aparentar? o ¿acompañar en esa gratificante búsqueda personal?.

Puntaje: 7,5 de 10

Guillermo Bruno