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“Cuéntame tu vida”: Todo por un sueño

Por Claudio Marcelo Mion

“Solo es una película”. Ésta era la respuesta de Alfred Hitchcock a los que le preguntaban por las críticas recibidas debido al tratamiento que “Cuéntame tu vida“ (Spellbound, 1945) hacía del psicoanálisis (esta frase se transformaría luego en el título del libro de Charlotte Chandler, una biografía personal del director). Estamos en 1945 (la película se estrenó a poco de terminada la Segunda Guerra Mundial) y en el mundo estaban en auge las teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud, en particular en los Estados Unidos. En ese entonces el productor David O. Selznick (que ya había recibido el Oscar por “Rebeca, una mujer inolvidable”, la primera película del director en EEUU), estaba bajo tratamiento psicológico y veía con entusiasmo hacer una película que tratara el tema e incluso contrató a su analista como asesora técnica. Hitchcock y Selznick encargaron el guion a Ben Hecht (figura del cine clásico norteamericano), el cual está basado libremente en la novela “La casa del Dr. Edwardes”. Como ya había sucedido en la realización de Rebeca, las desavenencias constantes entre el productor y el director hicieron que finalmente triunfara el segundo, eliminando casi todo lo que sucedía en el libro original.

Hitchcock venía de realizar dos cortometrajes de propaganda en francés y previamente dirigió “8 a la deriva” (Lifeboat, 1944), una película controversial la cual también fue algo maltratada por la crítica. “Cuéntame tu vida” opera como un punto de inflexión ya que después vendrían varias obras maestras hasta comenzar la década del cincuenta: “Tuyo es mi corazón” (Notorius, 1946), “Festín diabólico” (Rope, 1948) y “Pacto siniestro” (Strangers on a Train, 1951). 

En los títulos ya se advierte que la película va a tratar sobre la culpa (una cita textual de Shakespeare) y sobre el psicoanálisis (con una definición de manual sobre el tema). Constance Petersen (Ingrid Bergman) es psicoanalista en el hospital mental Green Manors. El director actual, el Dr. Murchison (Leo G. Carroll),  va a delegar su cargo en Anthony Edwards (Gregory Peck), del cual Constance se va a enamorar perdidamente. Sin embargo, pronto sabremos que ese personaje no es quien dice ser. Dos o tres escenas le bastan a Hitchcock para retratar al personaje de Bergman: fría, cerebral, dedicada a su trabajo, la única mujer en un lugar de hombres los cuales parecieran que la acosan en forma permanente. El hechizo del título original ocurre ese mismo día en la cena. La presentación de Edwards provoca el amor a primera vista de Constance, que en la misma escena ya intuye que algo no anda bien en la cabeza del apuesto doctor. Después de un paseo juntos por el campo y el primer beso se produce el quiebre del relato: un desmayo en una cirugía hará que Constance descubra que el personaje de Peck no es el Dr Edwards. Que en realidad se llama John Ballantine, padece amnesia y siente la culpa de haber cometido un asesinato del cual no recuerda nada. A partir de ahí y luego de la huida de Ballantine del hospital acusado de la desaparición del verdadero Edwards, Constance iniciará su búsqueda, hará todo lo posible para hurgar en su memoria y demostrar que es inocente. Una visita a su amigo y antiguo tutor, el Dr. Burlov (Alexander Chejov, sobrino del escritor), y luego de una escena notable con una navaja en primer plano en manos de Peck que nos hará dudar sobre su inocencia o su culpabilidad, la trama nos lleva a uno de los momentos más recordados de la película y es la secuencia en la cual Ballantine cuenta su sueño, clave para el desarrollo de la película.

Hitchcock convenció a Szelnick de llamar a Salvador Dalí para filmarla. Inicialmente concebida por el catalán con una duración de 20 minutos, incluía efectos que la hacían prácticamente muy difícil de filmar para esa época y algo incomprensible. Sin embargo, quedaron para la historia el inconfundible arte del artista: planos surrealistas, hombres sin rostro, objetos que se derriten, ojos gigantes cortados por una tijera, con claras reminiscencias a “Un perro andaluz” (1929). Después de varias peleas el productor accedió a una duración total de 2 minutos, en dos partes. Hay que destacar que el director de arte William Cameron Menzies (“Lo que el viento se llevó”) fue el que filmó la escena y diseñó los decorados en base a los dibujos del catalán. Para completar este corto dentro de la película el compositor de la banda sonora, Miklós Rósza, introdujo como instrumento musical el theremín, “el instrumento que para tocarlo no hace falta tocarlo”, lo que contribuye a crear el clima de inestabilidad emocional del personaje de Gregory Peck y que luego se usó en varias películas, como el “El día que paralizaron la tierra” (Robert Wise, 1951) y “Ed Wood” (Tim Burton, 1994).

El sueño de Ballantine es una figura que revela cierta inocencia, y más analizado hoy, setenta y siete años después del estreno. En forma literal devela casi todo el misterio, preparando el camino para la vuelta de tuerca final. El uso del psicoanálisis es una excusa, un pretexto del Hitchcock para contar un policial con un recurso utilizado en muchas de sus películas, el del falso culpable. El verdadero eje central es la transformación de Constance. La interpretación de Ingrid Bergman es notable y fue siempre la primera elección del director. No así la de Gregory Peck, ya que lo consideraba muy joven y con poco carácter para el papel. 

Suele considerarse “Cuéntame tu vida” como una película menor dentro de la filmografía del director, y puede ser que sea cierto. Incluso François Truffaut en “El Cine según Hitchcock” le comenta al inglés: ¿Le sorprende que le diga que la película es decepcionante?”. No obstante, contiene todos los recursos hitchcockianos elementales clásicos como los giros argumentales, el voyerismo, el notable uso de la música extradiegética, las pistas que se van dejando desde el inicio, la puesta en escena y, por supuesto, el suspenso. Sobre el final descubrimos que Hitchcock nos engañó una vez más: el verdadero asesino estuvo oculto a la vista de todos. Constance lo enfrenta y triunfa gracias a su talento para el psicoanálisis. En una secuencia que es puro cine (la mano, el punto de vista, la posición de la cámara), el homicida se dispara (y nos dispara) un tiro en la cabeza, poniendo por un instante la pantalla en rojo sangre.

Volviendo a Truffaut: “Uno espera encontrarse con algo delirante y loco… y finalmente lo que se encuentra es uno de sus films más razonables, falto de fantasía y con demasiados diálogos”. Es posible entonces, y parafraseando también al gran director francés, que sir Alfred finalmente filmó un sueño en “Vértigo” (1958) o una pesadilla en “Psicosis” (1960), tal vez sin proponérselo.

– Acá pueden ver los textos de todos los alumnos del Laboratorio de Críticas –

Algo más que suspenso