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 “Chantaje”: Me declaro culpable

Por Martín Vivas

El sentido de culpabilidad, los temores.

 ¡Se me metió el terror en los tuétanos!

(Philip Roth, 1969, “El mal de Portnoy”)

 

En la filmografía de Alfred Hitchcock (1899-1980) hay una escena, menos célebre que la incluida justo antes de la mitad de “Psicosis” (Psycho, 1961), que de manera similar involucra una cortina, un cuchillo y un asesinato. Nos referimos al homicidio al que se ve obligada en defensa propia la protagonista de “Chantaje” (Blackmail, 1929), primer film sonoro de la historia cinematográfica inglesa. 

Alice White (Anny Ondra), con la implicancia que dicho apellido (white = blanco) tiene en el imaginario colectivo como símbolo de pureza, engaña a su pareja, el detective Frank (John Longden), con un pintor. Al ser invitada a pasar a su residencia, el artista intenta abusar de la joven y aquella para evitar el exceso lo ultima de una puñalada. Todo esto lo suponemos ya que no se nos muestra la ejecución en la pantalla. El acto entero ocurre fuera de campo y se sugiere por lo umbrático y en razón de un par de extremidades que surgen a través del telón: la mano de una mujer que toma un cuchillo de una mesa y más tarde el brazo de un hombre que cae inánime.

La película le impide conocer al espectador las razones e ideas internas de los personajes. Es uno de los límites del cine como arte, no tenemos el globo de pensamiento con el que sí cuentan las historietas. A veces una voz en off nos devela sus propósitos, pero la mayoría de las veces el observador debe recurrir al significado ambiguo de los gestos, actos u omisiones que se presentan frente a él. Todo ello va a depender de la pericia del director y de los intérpretes involucrados para decir sin palabras. 

Entonces es determinante la transformación que se produce en Alice cuando reaparece ante nosotros. Con el arma homicida aún aferrada a su mano, se mueve en cámara lenta cual posesa que detenta un cuerpo que no es el suyo. Ha sido llevada en contra de su voluntad a un estado de animalidad, contexto en el cual primó su instinto de supervivencia. Mientras sale del cuarto, tras limpiar los rastros de su estadía en el lugar, desde una pintura un bufón parece reírse de su flamante condición. Una sombra se manifiesta sobre la puerta del edificio cuando ella lo abandona. Es la silueta del chantajista, que a su vez simboliza la culpa que la perseguirá durante todo el largometraje. 

Ya en la calle Alice ve el mundo con otros ojos. El que antes conocía ahora lo percibe desde un ángulo distinto y es otra la lectura que hace de los elementos que lo contienen. Así los brazos de algunos hombres se equiparán a los de su víctima. Y el zamarreo de una coctelera muta, en su imaginación, en el acto criminal del apuñalamiento. Tras deambular toda la noche, vuelve a su casa al amanecer, trayendo consigo, como una carga inherente a su ser, el sentimiento de culpabilidad. En su cuarto, un cuadro de Frank y su propia imagen reflejada en el espejo la observan de forma acusadora. 

Sin embargo, la escena que más enfatiza la afección que agobia a Alice es la del desayuno. Sentada a la mesa con su familia, escucha a una vecina que no cesa en mencionar lo sucedido la noche anterior en el domicilio del pintor. En un determinado momento, la muchacha se abstrae del parloteo y solo oye un vocablo: knife (cuchillo), cuando justamente le solicitan que rebane un pedazo de pan. Temblorosa, apenas puede sostener el cuchillo en sus manos y en un ataque de nervios lo arrojará por sobre el hombro de su padre.

Inmediatamente llega su prometido y la mirada de Alice delata su responsabilidad, es la pose de una rea sentada en el banquillo de los acusados. A continuación, se presenta en el almacén de los White el ladino chantajista, el cual intentará sacar provecho de su posición de ventaja. Pero en cuestión de minutos la situación se tornará en contra del extorsionador. El detective evalúa la posibilidad de salvar a Alice. Más la verdadera asesina no prestará su conformidad al plan que sugiere su pareja. “No puedes hacer esto”, le remarca desesperada. 

El chantajista logra escapar justo cuando llegan para detenerlo. Habrá una larga persecución dentro del Museo Británico que culminará en la muerte del prófugo. No obstante, ello, resulta concluyente lo que Hitchcock nos muestra a través de un montaje paralelo durante la caza del extorsionador: la joven, sentada en una mesa refregándose las manos, está a punto de tomar una decisión. Redacta una carta a Frank manifestándole que no puede aprobar que le achaquen a otro el homicidio por ella cometido, que ha dispuesto entregarse. La firme escritura de la esquela demuestra que Alice está resuelta finalmente a aceptar su estado de condenación.

En la siguiente escena la vemos ingresar en la dependencia de Scotland Yard. Completa un formulario y aguarda a ser llamada por el inspector a cargo. Se la ve serena cuando entra al despacho, pero le cuesta hablar. A último momento, un llamado avisando de la muerte del chantajista la libera de toda acusación. Cuando sale de allí apuradamente junto a Frank, retorna su extrañeza. Se vuelve a declarar culpable y sonríe artificialmente frente a una broma del policía de la entrada. Pero el mismísimo cuadro del bufón riéndose que se encontraba en la habitación de la víctima, y que yace a un costado sobre una pared, le borra toda mueca de alegría. Este corazón delator es más un recordatorio de lo que tendrá que soportar de aquí en adelante, es una amarga advertencia. Como el mito del judío errante, Alice deberá arrastrar consigo la culpa, no sólo de haber asesinado a una persona, sino también de no haber manifestado su verdad y como consecuencia de ello imputarle el homicidio a un hombre totalmente inocente.

En buena parte de su filmografía, Hitchcock trabaja el tema de la culpa, un concepto que se encuentra intrínsecamente relacionado con su formación en la doctrina cristiana. La acusación, muchas veces injusta, es defendida por gran cantidad de sus personajes con el argumento de que el acusado no es más que una persona parada en el lugar y en el momento incorrectos. Pero en “Chantaje” nunca esconde la responsabilidad de la protagonista y la pone en juego de forma constante, extremándola hacia uno y otro lado. Incluso el final resulta desesperanzador. A esta conclusión no la salva ni la muerte trágica del extorsionador porque ni de este modo Alice logra su redención.

– Acá pueden ver los textos de todos los alumnos del Laboratorio de Críticas –

Algo más que suspenso