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Placido: “Un (anti)cuento de Navidad”

por Claudio Marcelo Mion

Un niño es olvidado por sus padres en un viaje de vacaciones y solo en su casa deberá pelear contra dos torpes ladrones: Mi pobre angelito (Home Alone, 1990). Un hombre a punto de suicidarse recibe la visita de un ángel el cual lo ayuda a encontrar el verdadero sentido de su vida: Que bello es vivir (What a Wonderful Life, 1946). Un egocéntrico financista de Wall Street se despierta un día viviendo otra vida como un humilde vendedor de neumáticos y casado con su antigua novia: Hombre de Familia (Family Man, 2000). Un pequeño pueblo se convierte en un escenario dantesco al no cumplirse las reglas básicas de cuidado de una mascota: Gremlins (1984). Hay algo que comparten las películas mencionadas y es que se desarrollan en la Navidad o en el día previo a ella, y que algunas se han convertido en clásicos del cine. Otras, la gran mayoría, en programación obligatoria de los canales de cable y plataformas de streaming a mediados de diciembre.

¿Qué motiva que una película sea considerada “navideña”? Si tomamos el modelo de establecer géneros muy propio del cine norteamericano, podemos considerar que las “películas navideñas” son las que tienen lugar en las fechas cercanas al 25 de diciembre y que las mismas captan el espíritu de la temporada como tema. Esto es mucho Papa Noel, reuniones familiares y personajes que experimentan la autorreflexión y el crecimiento interior. Pero no todas cumplen este canon y también lo son: La residencia macabra (Black Christmas, 1974), El día de la bestia (1995) Un santa no tan santo (Bad Santa, 2003), entre muchas otras, Estas películas toman la Navidad bajo un cristal deforme, y resaltan en muchos casos lo peor de la condición humana y se alejan del modelo dickensiano de amor, fraternidad y bondad. Bajo esta regla encontramos también a las que hacen una feroz crítica a toda la sociedad y a la clase política imperante, y una de ellas es Placido, la obra maestra del valenciano Luis García Berlanga (1921-2010). Estrenada en el año 1961, fue nominada al Oscar como mejor película extranjera y participó en la competencia oficial del Festival de Cannes del año siguiente.

La historia se desarrolla en un pueblo sin nombre del interior de España y en las vísperas de la Nochebuena. Un grupo de señoras burguesas adineradas, con el auspicio de una marca de ollas a presión, va a liderar una campaña que consiste en llevar a sus casas un pobre de la calle o un anciano de un asilo para que compartan la cena. Para ayudar en esta acción solidaria, que incluye la llegada en tren de “estrellas de cine” desde Madrid que van a ser subastadas, Placido (el comediante Gassen) es contratado por Gabino Quintanilla (Jose Luis López Vázquez), organizador del evento e hijo del dueño del aserradero, para participar en el desfile con su motocarro. El problema es que no puede concentrarse en su trabajo ya que si no paga la letra que vence esa misma noche podría perder el vehículo que es su único medio de vida.

Bajo esta premisa que parece disparatada, aunque no tanto ya que en la década del 50 el gobierno había ideado la campaña “Siente un pobre a su mesa”, Berlanga y el guionista Rafael Azcona llevaron adelante la visión más crítica y corrosiva de la España franquista que ha dado la cinematografía española en toda su historia (a la que se puede agregar El Verdugo, filmada dos años después por la misma dupla). El inicio de la película es prodigioso en cuanto a puesta en escena y guion. El motocarro manejado por Placido, coronado por una desproporcionada estrella de Belén, da la vuelta a la plaza del pueblo y se estaciona frente a uno de los baños públicos donde “vive” su familia. Berlanga introduce a los dos personajes principales (Placido y Quintanilla) dando muestra clara de las motivaciones de cada uno (pagar la letra el primero, organizar el desfile el segundo) y pone en imágenes al desdichado entorno del protagonista: su esposa atiende el baño por unas pocas pesetas con su hijo en brazos, y su hermano, discapacitado, va a aprovechar las fiestas para vender unas canastas navideñas.

A partir de aquí la película se estructura en largas secuencias (con gran cantidad de personas en un mismo plano y hablando unas sobre otras) cargadas de pequeños detalles en los gestos, miradas y acciones; con un humor corrosivo y negrísimo que cubre a todos los personajes. No importa de la esfera social que sean. Hasta queda muy mal parada la conformista clase media española de esa época. La mordacidad de los diálogos provoca hilaridad, pero al mismo tiempo deja un tono desesperanzador que Berlanga y Azcona buscaron para retratar una sociedad española que atravesaba uno de los periodos mas oscuros de su historia.

No dejan títere con cabeza. Las “damas de beneficencia” dicen en varios momentos frases como «Recojan a su pobre», «¿Qué quiere llevar a su casa, anciano o pobre de la calle?», y se muestran horrorizadas porque dos de ellos vivían en concubinato y los obligan a casarse, con la anuencia de anfitriones y del cura del pueblo. Quintanilla invoca a cada rato ser el hijo de la persona más rica para conseguir algo en su beneficio, y es incapaz de solucionar cualquier conflicto. Los auspiciantes del desfile están interesados solo en que las ollas aparezcan en cada escena. Todos y cada uno de los personajes (el médico, el escribano, el banquero, los artistas) son monstruos grotescos que utilizan a los pobres como si fueran muebles. El propio Placido trata mal incluso a su hermano y a su familia con su objetivo de pagar la letra. El egoísmo es el factor común a todos los personajes, y esto se potencia aun mas en el contexto navideño, aunque tengan siempre en boca palabras como altruismo y caridad.

Es realmente increíble que el guion de Azcona (escrito junto a José Luis Colina, José Luis Font y el propio Berlanga) haya pasado la censura. En los años posteriores a la asunción de Francisco Franco en España la misma ya estaba completamente institucionalizada. Había comenzado a principios de siglo y los distintos gobiernos ejercían, a través de distintos organismos, el corte o directamente la prohibición de películas que cuestionaban “los valores tradicionales de España”. Es para destacar que la mayoría eran extranjeras, ya que el cine español de esos años estaba totalmente adscripto al régimen: conservador como la sociedad que representaba y completamente subordinado a la moral de la iglesia católica. “Muchos colegas del cine pensaban que la censura se había inventado esencialmente para dos figuras: Juan Antonio Bardem y Luis García Berlanga” comenta Miguel Ángel Villena, biógrafo del director. “Siente un pobre a su mesa” fue el primer título que pensó Berlanga para su película, pero por razones obvias no fue aceptado. Optó luego por Placido, ya que, en sus propias palabras, “representa absolutamente la burocracia española actual”. La censura fue implacable con el director ya que los franquistas impidieron los rodajes de Los gancheros (escrita por José Luis Sampedro), A mi querida mamá en el día de su santo y La demolición (las dos con guion de Azcona). 

El estilo berlangiano (sí, la palabra fue aceptada por la Real Academia Española en 2020) no sería posible sin un grupo notable de actores que sostiene con soltura las escenas corales y los largos planos secuencia del director. A los citados Cassen y José Luis López Vázquez (El pisito, El verdugo, La colmena), se destacan Manuel Alexandre (Bienvenido Mr. Marshall, Muerte de un ciclista, El año de las luces), Amparo Soler Leal (El discreto encanto de la burguesía, El crimen de Cuenca, ¿Qué hecho yo para merecer esto?) y Elvira Quintillá, protagonista de Esa pareja feliz, la ópera prima que Bardem y Berlanga hicieron en conjunto.

Hay películas navideñas en las cuales el argumento funcionaria si ocurriesen en cualquier día del año. Pero en Placido es imposible separar las acciones de los personajes de la Navidad. Es un cuento que en este caso pretende cuestionar todo lo que configura el espíritu navideño: desde su falso espíritu caritativo hasta la inutilidad que supone ayudar solamente una vez al año a gente que vive en una situación miserable. También el sentido religioso impregna el relato. La película cierra con un villancico demoledor de fondo, cuya última parte golpea como una maza: “porque en esta tierra ya no hay caridad, ni nunca la ha habido ni nunca la habrá”. Hasta la gigante estrella de Belén del motocarro de Placido, que suponía en principio una bendición, fue una pesada cruz que han cargado él y sus ocupantes a la largo de toda la historia.

– Acá pueden ver los textos de todos los alumnos del Laboratorio de Críticas –

NUEVO NUMERO DEL LABORATORIO DE CRITICA