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Leonardo Favio: “La poesía del día a día” 

Por María Cabrera

De todas las luminarias que alumbraron la cultura argentina, ¿cuál es la más brillante? Charly Garcia, Luis Alberto Spinetta, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Alfonsina Storni, Antonio Berni, Juan José Campanella, etc., son nombres que pueden venir a la cabeza. Pero el dueño del corazón cultural de la Argentina fue sin dudas Juan Jorge Jury Olivera, más conocido como Leonardo Favio. Director de cine, cantautor, productor cinematográfico, guionista y actor. ​ Alternó las carreras de actor y director, con la de estrella de la canción romántica a lo largo de toda su vida con el propósito de gestionar y financiar sus producciones cinematográficas con las ganancias que le dejaba la música. 

Dueño de grandes títulos, cómo el de autor del LP más vendido de la historia de la música nacional “Fuiste mía un verano”, y director de la película más taquillera de la historia argentina “Nazareno Cruz y el lobo” (“Relatos Salvajes” cuenta con más número de espectadores, pero “Nazareno…” fue estrenada en tiempos donde los datos estadísticos se perdieron en muchos casos o no fueron valuados de la misma manera que hoy en día, los números actuales son estimaciones del INCAA).

Además del reconocimiento popular, dirigió dos películas, reconocidas como las mejores de la historia del cine argentino en varias encuestas entre especialistas. “Crónica de un niño solo” (1964), es considerada en el año 2000 la mejor película argentina de todos los tiempos, según una encuesta del Museo del Cine Argentino. Asimismo, el año de su estreno se alzó con el título de mejor película en los Premios Cóndor de Plata (1966) y en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata. El film “El romance del Aniceto y la Francisca” (1966) obtuvo la misma distinción (la mejor película argentina de todos los tiempos) en 1998 en una encuesta de la revista Tres Puntos a 100 personalidades del séptimo arte.

Se puede decir que el cine argentino no ha visto a nadie más exitoso, ganadose la aceptación del público y la de la crítica; y aun así es una figura oscura en los anales de la cultura nacional. El porqué no es un gran misterio. 

En primer lugar, Favio es un cineasta popular. Desde sus orígenes, hasta sus producciones donde siempre su foco está en el pueblo, en el hombre de a pie, en el laburante del interior, en los mitos y figuras más emblemáticos para el pueblo argentino. Esto no es lo que muches queremos ver de nosotres mismos. Queremos ser cine europeo, queremos ganar el Oscar. 

En segunda instancia, y por la misma avenida, por su militancia política. Lamentablemente, su acercamiento al peronismo, va a hacer que gran parte de la crítica especializada, elija omitir su existencia, relevándolo de todos los lugares de gran exposición. 

Desde “Crónica de un niño solo”, el cine de Favio tiene una cualidad de poesía en movimiento. Funciona como un espejo, dónde el argentino puede ver a sus compatriotas más invisibilizados, sus momentos más solemnes, más inocentes, su ternura, y las herramientas del Estado y del capitalismo que impiden la empatía, que nos imposibilitan conectar con nosotres mismos. 

La película se abstiene de darnos especificaciones, no sabemos las reglas del reformatio, ni cómo llegó el protagonista allí. Al negarnos especificidades, esos niños son todos los niños. El joven es invisible, pero también todes les ocupantes del colectivo, o les adultes con los que se encuentra a lo largo de su viaje. Son caras que representan al pueblo, son las viudas, el almacenero, el necesitado, y las autoridades. 

Las películas de Favio revolucionaron el cine latinoamericano en las décadas del 60 y 70. Contienen un lenguaje moderno influenciado por las nuevas tendencias, las cuales se imponían en los 60, y con una sensibilidad más próxima a la poesía romántica. Los silencios y las sensaciones dominan sobre la propia historia lo que otorga a su cine un tono de espiritualidad y simbolismo difícil de encontrar en otros directores de su generación

Los rasgos principales de “Crónica de un niño solo”, seguirán a Favio a lo largo de su filmografía. Planos largos, y silenciosos, o musicales y oníricos. Nos mostrará un cine federal, donde cada escenografía representa una parte de lo que somos cómo pueblo. 

La escena de “Nazareno Cruz y el Lobo” en la que el demonio y su madrina hablan en quechua es una representación de lo que es el cineasta. El director que quiere acercar al pueblo a sí mismo, pero sin dejar de utilizar técnicas del lenguaje cinematográfico, de extrema maestría y sutileza. Planos cenitales, contrapicados, alto contraste, cuidado en la escenografía y la magia intrínseca de los personajes, demuestran que además de un poeta de lo popular, es también un talentoso creativo y cineasta. 

Se lo intenta agrupar con el movimiento de renovación de los sesenta, para su disgusto. En una entrevista, Favio explica: “no tenía nada que ver con esa generación a la que yo llamaba “los amigos de Truffaut” ellos querían ser franceses que hablaban castellano. Y nosotros somos argentinitos, te guste o no… conscientes de eso, teníamos que hacer un cine que nos expresara el mundo, esa siempre la tuve clara, por eso creía en el cine de Hugo del Carril y en el de Lucas Demare… ya entendí al cine nacional con acercamiento a lo popular…. Yo siempre decía qué teníamos que hacer como Kurosawa: contar nuestra historia”, renegaba el cineasta. Su primer cortometraje, “El amigo” (1959), lo realizó con unas cintas que retiró gratis falsificando la firma de Torre Nilsson. El director lo felicitó.

Esta anécdota es un perfecto resumen de lo qué es Favio, como hombre y como cineasta, fascinado por mostrar lo popular, con las herramientas para hacer cine de calidad y lírica digna de cualquier festival del mundo.