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Pablo Trapero: “Como el tango”

 

Por Pablo H. Paladino

 

“Lo terrible está encerrado en lo bello, lo mismo que lo bello en lo terrible. La vida está involucrada en esa contradicción, grandiosa hasta llegar al absurdo, una contradicción que en el arte aparece como unidad armoniosa y dramática a la vez.”

Andrei Tarkovski en “Esculpir en el tiempo

 

Pablo Trapero es tan argentino como el tango. A sus cincuenta años de edad (nació en 1971) y con más de treinta en la industria cinematográfica ha demostrado tener las aptitudes de aquel alquimista que logra combinar materiales distintos. Es capaz de conseguir una amalgama unida entre el drama y el amor, la pureza y la oscuridad y, también, entre la ficción y la realidad. Es capaz de encontrar algo de dulzura incluso en el más amargo de los contextos teñidos de costumbres nacionales. Representa un claro exponente de lo que se considera el movimiento del “nuevo cine argentino”, junto con directores de la talla de Lucrecia Martel, Israel Adrián Caetano, Bruno Stagnaro, Daniel Burman y Fabián Bielinsky, entre muchos otros. Nacido durante los años 90, esta tendencia fue acompañada con un crecimiento en la cantidad de alumnos y de escuelas de cine en Argentina.

La vida es, inevitablemente, un cóctel de sentimientos. La obra del director, nacido en San Justo, muestra lo agridulce de la existencia entregando piezas cargadas de primeros planos de sangre, barro, mugre, sexo, costumbrismos, almas y contradicciones humanas.

Usando la cotidianeidad y la crudeza como estandartes; escribe, dirige y produce la mayoría de sus películas basadas en historias sólidas, tropos cautivantes y una técnica cuidadosa. Sus temáticas van desde la denuncia social hasta conflictos psicológicos y emotivos pasando por thrillers industria nacional y familias disfuncionales.

Su primer largometraje “Mundo grúa” (1999), fue filmado en 16 mm  (cuenta la leyenda que utilizando cintas vencidas), en blanco y negro, con poco dinero y durante los fines de semana. A pesar de todo, logró hacerse un lugar en la cartelera local y conseguir varios galardones alrededor del mundo. Tiene la particularidad de contar con un tono de semi-documental en donde el público no sabe si lo que está viendo es real o ficción. Expone las dudas y hazañas de un obrero utilizando luces y sombras como estética narrativa.

Según sus propias palabras: «La frontera entre la realidad y la ficción nunca será definitiva. La vida diaria está cargada de momentos absurdos e inverosímiles que no comprendemos. En la vida real, puede suceder que tengamos que enfrentarnos a situaciones que superan la ficción. Por eso creo en la ficción, porque es una realidad.»

Esa premisa, su pasión y contundencia lo llevó a participar con gran éxito en festivales alrededor del mundo, principalmente representado por: “Leonera” (2008), “Carancho” (2010), “Elefante blanco” (2012) y “El clan” (2015). Mediante generosos planos exteriores con sonido ambiente, interiores agobiantes de aire denso y técnica de “cámara en mano” para estar encima de los personajes, Trapero se destaca como un director que definitivamente sabe retratar. Con pericia y sensibilidad captura la esencia humana incluso sumergida en la más oscura de las realidades.

Podría decirse sobre sus últimos dos largometrajes, “El clan” (2015) y “La quietud” (2018), que son complementarios. Ambos permiten al público entrar en el corazón de familias conflictivas: la primera es patriarcal, realista y sádica; en cambio la segunda es matriarcal, melodramática y en tono de fábula doméstica. Las dos familias desean parecer lo que no son pero al final la realidad prevalece.

El aporte que la mirada única de Pablo Trapero entrega con gran éxito, incluso tocando fibras hiperlocales, lo ha llevado a nuevos lugares, mayores presupuestos y visiones más amplias, siendo considerado uno de los directores en actividad más importante de Latinoamérica, actualmente se encuentra dirigiendo capítulos para mini series y una película en el exterior.

Las propuestas creativas del cineasta sobre la cotidianeidad retratada con amargura y dulzura (como el tango), destacando lo bello en lo terrible, lo define como un director siempre interesante y por sobre todo, con ADN argentino.