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Rebecca: “El desembarco”

 

Por Alejandro Reys

 

“Anoche soñé que volvía a Manderley”. La frase que abre “Rebeca, una mujer inolvidable” (Rebecca, 1940) probablemente sea una de las más famosas de la historia del cine. Reproduciendo textualmente las primeras palabras de la novela homónima de Daphne du Maurier, inicia no solo dicho film, sino también varias de las adaptaciones televisivas, así como la reciente (y desafortunada) versión del 2020. Y señala sin preámbulos la importancia que tendrá la residencia en lo que estamos a punto de presenciar. Según el director, “… en cierta manera, la película es la historia de una casa; se puede decir también que la casa es uno de los tres personajes principales del film”. Pero, como buen maestro del suspense, Hitchcock oculta parte de la verdad. En dicha frase, la palabra casa podría tranquilamente ser reemplazada por el nombre Rebeca. A lo largo del film, Manderley se erige como manifestación física de ese personaje ausente, pero a la vez omnipresente; convirtiendo a la morada tanto en una figura amenazante para la protagonista como, en último término, la trágica víctima de un amor prohibido.

El trío de personajes principales al que refiere el director se completa con la protagonista (Joan Fontaine), una joven tímida y torpe de la cual nunca sabremos el nombre, y Maxim de Winter (Laurence Olivier), un millonario sofisticado pero un tanto hosco, enviudado recientemente. Mientras ella se encuentra en Montercarlo, trabajando como asistente de otra integrante de la alta sociedad, la pareja se conoce y, en un gesto característico de la filmografía hitchcockiana, muy expeditivamente se enamoran y se casan. Por último, al trasladarse a Manderley, célebre propiedad de la familia de Winter, entrará en juego la Sra. Danvers (Judith Anderson), antagonista de la historia e intimidante ama de llaves de la mansión.

En “El cine según Hitchcock” François Truffaut utiliza una muy desafortunada expresión al afirmar al director que “… desde sus primeros films, le fascinaba lo anormal”, en referencia a que, según él, las protagonistas femeninas de su ópera prima son retratadas como una pareja. Pero lo cierto, más allá de lo chocante del término, es que la filmografía del inglés está plagada de personajes y situaciones donde pueden ser leídas connotaciones de homosexualidad. La Sra. Danvers, debido a una serie de sutiles cambios que Hitchcock introduce en su transposición, constituye también un ejemplo de esto. Por empezar, mientras que tanto en la novela como en la adaptación del 2020 Danvers se refiere a la primera señora de Winter en un tono maternal en más de una oportunidad, aquí se eliminan estas alusiones por completo. Además, du Maurier deja muy en claro que se trata de una señora mayor. Wheatley, en consecuencia, elige para encarnarla una actriz (Kristin Scott Tomas) que prácticamente duplica en edad a quienes interpretan a Maxim y su nueva esposa (Armie Hammer y Lily James respectivamente). Hitchcock, en cambio, utiliza a alguien de poco más de 40 años, acortando considerablemente la brecha etaria con la pareja protagonista; y, por consiguiente, con Rebeca. Pero una escena en particular remarca esta idea de la homosexualidad latente: el momento en el que la protagonista ingresa al dormitorio de su difunta predecesora y es abordada por la siniestra ama de llaves. Presentado en la novela como el summum de la histérica nostalgia de Danvers, es tratado por Hitchcock en un tono ligeramente distinto. Mientras recorre el guardarropa, por ejemplo, acariciando las prendas y relatando a la protagonista las noches de Rebeca, Danvers afirma de manera casual: “Mientras se desvestía, me contaba sobre la fiesta a la que había ido”; una frase inexistente en la novela. Detalles de este tipo, sumados a la interpretación de Anderson, transforman la connotación de la escena, de un tono añorante y melancólico, en una suerte de excitación fetichista.

Manderley juega un papel fundamental en esto. En el primer diálogo que la nueva señora de Winter mantiene con el ama de llaves tras su llegada, esta le deja en claro su condición de inferioridad: su dormitorio se encuentra en el ala este, a diferencia del de Rebeca, ubicado en el ala oeste; la única con vista al mar. Desde un primer momento, la mansión victoriana se presenta como la personificación de su anterior propietaria, tanto por la actitud de Danvers (quien asegura sentir constantemente su presencia en las estancias y corredores), como por la hostilidad que el propio edificio profesa hacia la protagonista. Su distribución laberíntica e irracional la desorienta, mientras que la desproporcionada escala de sus espacios, ornamentos y mobiliario la oprime. Hitchcock introduce aquí otra muy sutil desviación. Tanto en la novela como (una vez más) en la adaptación del 2020, se hace patente que Maxim y su nueva esposa comparten dormitorio. Aquí, en cambio, se hace referencia únicamente a los dormitorios de ambas mujeres; cada uno rematando la cabecera de una de las alas, en un evidente juego de opuestos. La protagonista no solo debe enfrentar la sombra de Rebeca y los celos de Danvers, debe hacerlo completamente sola.

Por las pequeñas grietas que se abren entre el film y el texto de du Maurier, se trasluce la lectura del director. Muchas son casi imperceptibles, pero existen dos diferencias importantes. Una, la revelación sobre la muerte de Rebeca, responde a un factor externo: la plena vigencia del llamado Código Hays. La otra es introducida por Hitchcock de manera deliberada. Mientras la novela culmina con la mansión siendo consumida por un incendio, sin que nada sepamos sobre su causa, la película no duda en atribuirle a Danvers la autoría del hecho. “Dijo que prefería destruir Manderley a vernos felices aquí”. En una explosión de celos, el ama de llaves acciona contra el cuerpo de su amada, contra la representación física de lo que queda de su memoria. “Si yo no puedo tenerla, nadie podrá”. Algo que por aquella época probablemente hubiera sido definido como un “crimen pasional”. “Nunca podremos regresar a Manderley”, afirma la protagonista en el prólogo. Como espectadores, en cambio, tenemos la capacidad de hacerlo continuamente. De repensar y cuestionar muchas de estas lecturas. De soñar que volvemos a Manderley.

– Acá pueden ver los textos de todos los alumnos del Laboratorio de Críticas –

Algo más que suspenso