Seleccionar página

“MIRO, LAS HUELLAS DEL OLVIDO” de Franca González por María José Rossi

“MIRO, LAS HUELLAS DEL OLVIDO” de Franca González por María José Rossi
“Lo que el campo nos esconde”
Acerca de “Miró, las huellas del olvido”, de Franca González

 

Por María José Rossi

Profesora e Investigadora, Facultad de Ciencias Sociales de la UBA

 

Argentina / Ecuador. 2018 – 90 min.

Guión, Dirección y Producción: Franca González / Producción Ejecutiva: Carolina Alvarez

​Fotografía y Cámara: Pablo Parra y Franca González/ Montaje: María Astrauskas (SAE)

Música y texturas sonoras: Guillermo Pesoa / Diseño de Sonido: Juan José Luzuriaga

Asistente de Producción y Realización: Soledad Ortiz / Estreno en salas: Junio / julio de 2018

Distribución: Compañía de Cine/ Prensa: Erica Denmon. erica@companiadecine.com

http://francagonzalez.wixsite.com/documentales/miro

​¿Se puede componer una película a partir del hallazgo de unos pedazos de vajilla en el medio de un campo de soja? Franca González nos demuestra que sí. Y nos hace saber que puede haber suspenso y enigma en un predio desolado del que sólo resta una estación de tren. Sólo basta con mirar bien.

Miró es un verbo, pretérito indefinido. Miró es el apellido de un pintor famoso. Miró son cuatro letras, una inscripción en un cartel a 85 km de General Pico, lugar de nacimiento de la realizadora del documental, provincia de la Pampa. Es (fue) el nombre de un pueblo. O sea: un tramo de pasado, de tiempo pretérito, indefinido. La indicación de que allí hubo (hay) algo es el acicate para la cámara, cuyo cometido será definir pero también posponer. Porque una historia lleva a la otra. Refutación del positivismo del dato histórico: apenas comienza a dibujarse, otra historia (otro dato) lo desmiente o lo prolonga.

Se trata, pues, de mirar bien. En eso consiste el arte, el oficio, la pericia, eso que hoy llamamos ‘expertise’. Algo que la directora y el equipo que la acompaña demuestra con creces a lo largo de 90 minutos. Por eso lo indefinido va a ir encontrando su propio tempo, un tempo suspendido entre el ser y la nada. Porque si en ese lugar, en ese predio, hubo un pueblo, una comunidad, es que alguna vez hubo lazos, vidas, juegos, amores, trabajo. Se trata de saber cómo se cortaron esos lazos para que sólo quede rumiando el silencio. La película respeta ese silencio, la música aparece sólo al final. Los planos detalle sobre las cosas en su aparecer silencioso (una vieja lámpara a kerosene, una silla thonet) se hacen eco de ese simple estar, ellos hablan callando.

Pero lo que se cuenta es estridente. En 2008, los chicos de una escuela que ya no está (el tiempo vuela) encuentran en medio del campo trozos de botellas y pedazos de cerámica de colores que llaman su atención. Lo interesante y los descubrimientos comienzan siempre a partir de un azar. De esos indicios nacidos del juego se llega a Mariano Miró, un pueblito cuyo comienzo data de principios del siglo pasado y del que se puede hacer el cálculo aproximado de su población a partir de los registros del Ferrocarril Oeste, la empresa que guarda el sueño de 2131 km. de vías férreas en desuso y de unos cuantos pueblos fantasma. Allí se instalaron muchas familias italianas venidas del Piamonte, la mayoría. Fundaron el almacén de ramos generales, pusieron la herrería. Montaron, como Ramón, a puro pelo los caballos, trabajaron el campo. Construyeron sus casas, tuvieron muchos hijos. Sembraron la tierra que les arrendó la familia Santamarina y que un buen día decidió que ya no más. Así, de un día para otro. A la fuerza. Y ellos tuvieron que emigrar tras destruirlo todo. Quedó todo sepultado bajo un campo verde y arado que va a ser harina, pan y vida pero que también es cripta.

Un plano secuencia inenarrable nos lleva de la caballeriza de Hilario Lagos al interior de un cine polvoriento en el que sus pobladores miraban. Mirar, dibujar un pasado, reconstruir una historia. Lo real-maravilloso no es algo que simplemente se dé, la magia es prestidigitación que se construye para el ojo. El título del film se presta, pues, a una constelación de significantes similar a la que la lente nos entrega en medio de la noche oscura: la constelación de Escorpio. Se trata de desenterrar un misterio cavando la tierra e interrogando el cielo, considerando sus trazas y atendiendo a los indicios. Por eso el documental comienza de noche por un atajo envuelto en sombras.

También nos devela los secretos de composición de un documental que no parte de lo dado —no nos cuenta lo evidente— sino de un montón de fragmentos cuya unidad hay que reconstruir, cuya realidad hay que demostrar. Como ese personaje que, munido de unos palitos que supuestamente le indican dónde hay radiación, atraviesa el campo y ve un almacén, un hotel, una herrería. —“Acá termina una casa de 10 x 20 y empieza el almacén”, nos dice, con total certeza. Allí donde nosotros no vemos nada (o sea, vemos solo pasto y tierra), él ve algo, nos cuenta lo que ve y nosotros le creemos, mucho más que a los arqueólogos que nos ponen de frente al dato empírico, la piedra o el metal. Es el momento en que se cierra el pacto por el cual nosotros (directora, narrador, espectadores) ‘decidimos’ que la ficción es realidad. Nos aferramos a esa historia que nos cuentan, queremos creer en los castillos en el aire de Neldo. Lo que se documenta adquiere densidad, relieve, sonido, pero también se desvanece: son fotografías (imágenes), recuerdos, relatos que se superponen y solapan, fragmentos. El proceso de construcción de la película es al mismo tiempo el de la develación de una historia que al principio sólo nos entrega unos cuantos pedazos de vidrio tosco. Operación arqueológica por excelencia, pero también metafísica: partir del indicio para llegar a la unidad, para componer un sentido. Sólo que la operación nos dejará a las puertas de una historia inconclusa, que recién empieza. La película es precuela de otra historia que está por escribirse.

Una sospecha queda flotando: parece ser que sólo del pasado hay fragmentos, que el presente nos entregara su sentido de manera mucho más clara y compuesta, totalizante; sin embargo es al revés: de unos fragmentos es posible componer una historia completa. Sólo el presente nos retacea el sentido. No es completo, es instante. Pero el pasado sigue siendo enigma. Transcurre entre fotografías de gente cuyas voces tenemos que imaginar, es la voz de una anciana cuyo rostro se evita. En este juego de ausencia-presencia, de dicho-no dicho, transcurre la hora y media de un film que no terminó, que querríamos que no termine. Wikipedia, esa enciclopedia que lo tiene todo, no nos entrega nada de Miró. Tenemos que ver la película para ver de qué se trata. Para saber en qué consiste esto de mirar.

 

Habilidades

Publicado el

15 enero, 2019