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“A propósito de PARASITE” by Maria José Rossi

GUSTO A POCO”

Que el pobre tenga olor es quizá una de las pocas ideas para tirar del hilo que (me) deja Parasite, del coreano Bong Joon-ho. Todo lo demás (me) resulta previsible, plano, reiterativo. Con gusto a poco (el olfato y el gusto son sentidos bastante próximos entre sí). ¿O acaso no hemos visto ya, en la célebre La ceremonia (1995), dirigida por Claude Chabrol, que la ceguera y la ingenuidad de los acomodados puede llevarlos a la muerte? ¿No hemos apreciado este mismo desenlace, a través de la cámara inquietante de Andrey Zvyagintsev, en la inolvidable Elena (2011)? ¿No remite a Viridiana (1960), de Buñuel, el festín que se prodigan los usurpadores cuando los dueños de la casa se ausentan? Que un relajo en la estrategia de los pobres, capaces de “planificar” (pues se trata de tener siempre un “plan”), conduce inevitablemente al desenlace trágico, es más que esperable: sólo hace falta que el tiempo corra. En la batalla de la astucia instrumental (por su parte, vacía de valores: lejos de una visión romántica o “pobrista”, se nos muestra que a los pobres no les importa “cagarse” entre ellos, no por nada al final se ven tapados de mierda; la solidaridad no cuenta, salvo para el clan familiar) contra la estupidez satisfecha (la clase alta es corta de vista, incapaz de mirar más allá, ingenua y superficial), ambos bandos terminan perdiendo, ninguno sale airoso. La división de clases en el capitalismo salvaje supone la división de los bienes y también la de los recursos: a unos dota de pobreza y astucia, a los otros de riqueza e ingenuidad. Pero ambas naufragan en su insustancialidad: finalmente, las aguas servidas y la muerte los alcanzan a todos.

Sin embargo, esta idea, que puede ser interesante para llevar adelante una ficción, en Parasite se lleva a cabo en modo previsible, sin recursos que a nivel formal sugieran alguna innovación. Todo es cliché, desde los personajes hasta esa pulcra casa minimalista entre cuyas paredes transcurre la mayor parte del film. En cambio, esa escena de la pareja acomodada en el diván en medio del living (el hijo disfrazado de piel roja, solo en una carpa en medio del jardín: ¿qué otra cosa pueden entender de los indios los coreanos?), mientras el chofer está escondido debajo, procurando pasar desapercibido, es quizá la que permite distinguir este film de otras propuestas: el olor (invisible a la vista) se infiltra subrepticiamente, sube, los alcanza; ellos lo advierten pero no atienden a la (quizá) única clave que permitiría descubrir el fraude. Contra la ética señorial (expresada en clave burguesa) que prescribe “no pasarse de la raya”, se impone la contundencia de la plebeyía nauseabunda que no conoce barreras.

Que la diferencia de clases pase por el olor de lo rancio da que pensar. A eso ha sido reducida hoy esa dialéctica compleja que el marxismo supo poner en marcha para explicar por qué los ricos son ricos y los pobres son pobres. Parece que en la Corea del Sur contemporánea, como en la mayor parte de los países alcanzados por el bienestar (e incluso en aquellos a los que el bienestar roza sólo a unos pocos), ya no hubiese historicidad, ni estructuras ni categorías, que den cuenta cómo es que hemos llegado a este mundo insoportablemente desigual. Quizá sea demasiado pedirle eso a un film. Pero incluso en Jocker, la otra película en competición por los Oscar, los problemas derivados del relajamiento brutal del estado de bienestar y sus estándares de salud, están tratados con toda su crudeza. Permiten inferir por dónde va el problema. En cambio, lo que Parasite deja entrever es que, en un mundo hipervisual, la diferencia real pasa por el olor (los niños, aún en su autismo y su frivolidad, son los primeros en percibirlo), y lo que el sentido del olfato (sobre el que se funda la pura pulsión de atracción y de rechazo), permite construir. Que es, precisamente, nada: el más inmediato de todos los sentidos, el que más lejos se encuentra de aquello que el pensamiento occidental ha definido como humano (la razón, el deseo, e incluso la risa), no articula nada. Dicho en otras palabras: el nihilismo (cuya esencia y su objeto son la “nada”: para la conciencia nihilista es preferible querer la nada a no querer, dirá Nietzsche) es la más plena expresión de la consumación capitalista. Por eso esta película sugiere el retorno del humano a un tipo de distinción que ya no interpela el pensamiento para pensar la diferencia sino a una mera sensación. Que el baremo se haya reducido al más elemental de los sentidos es no sólo un retorno a la bestialidad sino a una socialidad bestial. Paradójicamente, el sentido del olfato requiere proximidad: para oler necesito que el otro esté cerca. Tiene que convivir en mi propia casa, tiene que lavar mi ropa, preparar mi comida, tender mi cama; en el límite, exige habitar el mismo lugar, incluso aquellos más recónditos, en donde sólo ellos, parásitos y ratas, pueden encontrar los escondrijos inaccesibles a los ciegos.

Propio de la sátira y de la parodia es esa mirada implacable sobre sus personajes. Pero esa mirada burlona e irónica implica no sólo una crítica que se expresa en la exacerbación de los rasgos ridículos, sino, simultáneamente, en la postulación de que por ese lado no va la cosa, que es necesario reconocer-se en esa estupidez generalizada, no advertida por los propios protagonistas, para poder remontarse desde ella. Porque en toda sátira hay un resquicio que deja ver por dónde hay que agarrar para no perderse. Pero aquí no hay nada de eso. Todo se pliega sobre sí mismo y no hay salida. No hay mediación posible entre la estupidez de los personajes y la mirada (la cámara, el ojo del director) que la enuncia, que se supone puramente exterior a los hechos que describe y que, por ende, a salvo de esta estupidez; no hay ninguna mediación entre la denuncia del carácter parasitario de los plebeyos, el de la clase media acomodada (también parasitaria) y el ojo del director, que permanecería, como el ojo del espectador, indemne a esa lógica que carcome la vida de los protagonistas (pobres y ricos por igual). Sin embargo, tampoco la dirección que construye estas escenas (estúpidas y parasitarias) queda al margen de ella: como señala Angel Faretta a propósito de Corea del Sur: haber pasado desde la miseria agrícola al capitalismo global (sistema que incorpora a su manera la esclavitud), salteando los pasos de capitalismo-acumulación originaria (es decir, salteando las mediaciones), hace que el modo de representación se fabrique una realidad falsa, a su medida, que se traslada sin más al concepto del cine. Un cine que fagocita sin digerir, que parasita (desde otras películas hasta los lugares que sirven para consagrar los grandes) sin dar a cambio ni propuestas ni ideas (salvo que tengamos la capacidad para tirar del hilo). Que no se halla a salvo de lo que denuncia sino a merced de ella. Y que, lejos de destruirse, parece sobrevivir e imponerse. Con Bong Joon-ho, el cine de Corea del sur (¡qué nostalgia me produce, en este mismo momento, Kim Ki Duk!) ya ha aterrizado en Hollywood.

Habilidades

Publicado el

29 febrero, 2020