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DOSSIER HERMANOS COEN / TEXTOS DEL TALLER DE CRÍTICA IV

Dossier Hermanos Coen

En más de tres décadas de producción, los Hermanos Ethan y Joel Coen atravesaron diferentes terrenos de los géneros, pero siempre bajo un contorno autoral que los definió como unos de los pocos realizadores capaces de moverse dentro de Hollywood sin convertirse en súbditos de la industria. Diversas cualidades temáticas, estilísticas y tonales marcaron su carrera, acompañados también por un séquito de actores y actrices recurrentes. A partir de la decisión (aún sin confirmar) de retirarse del cine surgió la idea de realizar un dossier sobre parte de la obra de estos directores. Lo que sigue a continuación es el fruto del trabajo de lxs alumnxs del “Taller de crítica: nivel cuatro”.

Docente: José Tripodero

Educando a Arizona (Raising Arizona, 1987) por Matías Carricart

Ed (Holly Hunter) y H. I. (Nicolas Cage) son una pareja singular en la Arizona de 1986. Ella es oficial de policía y él es un delincuente que reincide cada vez que sale en libertad. Su sueño es ser padres. Pero varios motivos lo imposibilitan. La única forma que queda para lograrlo es robándose a uno de los bebés quintillizos del empresario del pueblo. A partir de ahí, se desata una cadena de gags, que los imposibilita de ejercer su rol de padres tranquilamente. El jefe de H. I., unos ex-compañeros de prisión fugados, y hasta un motociclista cazarrecompensas, una especie de Ghost Rider salido de “Mad Max” llamado Tex Cobb (Leonard Smalls), que H.I. sueña y se convierte en realidad, son quienes se entrometen en esa especie de familia. Es difícil no empatizar con esos “padres”. Porque así los muestran los Coen a pesar de lo siniestro que es robarse un bebé. Es que no hay mucho para elegir entre el deseo de ellos, que quieren ser una familia feliz, y un dúo de ladrones que quiere robar un banco, el de su jefe que no cría a sus hijos y quiere intercambiar parejas, el motociclista cazarrecompensas o el padre millonario que parece más interesado en evadir impuestos que en recuperar a su hijo. Pero, además, todos estos personajes quieren algo más que al bebé: el dinero. “Educando a Arizona” es la segunda película de los Coen, a pesar que todavía firmaba Joel como único director. En la búsqueda de ese estilo que los consagrará, aparecen persecuciones que bien pudieron haber estado en los dibujos animados de Warner, tal como el tatuaje del Correcaminos que tienen tanto H. I. como Tex Cobb. La desgracia que sufren los personajes ante cada decisión tomada será otra marca que los terminará caracterizando como autores a lo largo del resto de su filmografía. Por otro lado, la película no es ajena a la política, ya que en ese prólogo narrado por H. I., éste justifica su accionar criminal aludiendo que el presidente Ronald Reagan no era un hombre decente. ¿Reagan es el verdadero villano de la película? Es posible teniendo en cuenta el concepto de la familia americana durante la década del 80. Formar una familia y ser felices aún a costa de un trabajo mal pago se convirtió más en un deber que en un deseo. “Educando a Arizona”, pese al registro humorístico que maneja, no tiene problema en mostrar la dificultad que tienen los ex presidiarios de reinsertarse en la sociedad. No solamente en las cuestiones laborales (H. I. trabaja en una fábrica de metal), sino además en cada rechazo recibido en la agencia de adopción debido a su historial criminal.

Barton Fink (1991) por Elena Rodríguez 

El rol del artista en el sistema capitalista, ¿qué espacio ocupa?, ¿qué función cumple? Si es que lo tiene dentro de un mundo preparado para la mercantilización del objeto y su consumo voraz. Esta es una de las propuestas de “Barton Fink” protagonizada por John Turturro. Es una película pensada en tono de comedia dramática bajo un análisis minucioso del tema, en una obra cargada de contrastes, donde sí se puede decir que el anclaje está puesto en el absurdo. El comienzo es premonitorio y nos adentramos en el corazón de la historia, desde los títulos impresos sobre un lienzo similar al papel que cubre la habitación del hotel en la que se hospedará luego el personaje de Barton, el espectador es sumergido a parir de aquí en un universo de metáforas. Al abrir la primera escena escuchamos a los actores de la obra de teatro de Barton mientras recitan:

– “Adios a todo, a estas sucias paredes, a este edificio, el tren que ruge de noche como un viento metálico”

-“Despídete de todo, Maury”    

-“Lo extrañare todo…”

Este fragmento que da inicio a la narración da cuenta, pone las cartas sobre la mesa de lo que vendrá. Una historia con tintes kafkianos, que nos cuenta la metamorfosis del protagonista. El relato cuenta el éxito de un talentoso autor de teatro, esta prestigiosa recepción le permite acceder a la meca del cine de Hollywood de los años 40, escenario donde todos los autores, guionistas desean estar; menos él, quien duda, hasta que finalmente acepta y viaja a Los Ángeles. Una vez en esta ciudad, lo vemos llegar al Hotel Earle, lugar que parece salido de la mente del protagonista, un espacio onírico, todo allí recuerda a un universo lyncheano.  Se instala para escribir el guion de la película que la gran industria le encargó, allí comienza a experimentar un bloqueo creativo. Hasta que conoce a Charlie Meads (John Goodman), otro pasajero que reside en una de sus habitaciones, y es con quien conecta y parece haber encontrado su guía para la escritura, allí comienza una serie de situaciones cada más erráticas, para concluir en uno de los finales más crípticos del cine. El personaje de Barton pregona y lleva como bandera escribir historias del hombre común, pero es en este punto dónde más queda en evidencia su contradicción. Bartón Fink tiene de todo, pero poco de hombre común, he aquí el mayor contraste. Lo mundano versus lo intelectual o el mundo de la mente como lo denomina Barton, la intelectualidad y la superficialidad de una industria que poca importancia le da al desarrollo y prefiere la formula. Hacia el final de la película observamos un Barton al grito de “Soy un escritor, soy un creador, mi uniforme es mi mente”, completamente desencajado. Esta escena parece subrayar el no lugar de un artista o un creador en una sociedad ávida de consumos efímeros sin espacio para la reflexión.

El gran salto (The Hudsucker Proxy, 1994) por Alejandro Reys

Los títulos elegidos para la distribución internacional son, comúnmente, motivo de críticas y burlas por igual. Y muchas veces con razón: no guardan ninguna relación con el original, revelan aspectos importantes de la trama, simplifican al intentar evidenciar el género o son, lisa y llanamente, traducciones incorrectas. “El gran salto”, nombre con el que fue distribuida la quinta película de los hermanos Coen en Argentina y varios países, sufre de algunos de estos defectos. Pero resulta, en cambio, extrañamente adecuado para describir dicho punto en la carrera de sus autores, dado que representó un salto importante en más de un sentido. En primer lugar, dispusieron de un presupuesto ampliamente superior al de sus anteriores cuatro películas sumadas, algo que les permitió contar, por primera vez, con grandes estrellas en el reparto. La historia también se aleja levemente del cinismo que constituye su sello característico, ensayando un tributo a las comedias screwball de los años ‘30. La trama, de hecho, parece ser una combinación de elementos de “El secreto de vivir” (Mr. Deeds Goes to Town, 1936) y “Caballero sin espada” (Mr. Smith Goes to Washington, 1939), ambas de Frank Capra. Todo ambientado en una Nueva York altamente idealizada y que, aunque la historia transcurre durante el último mes de 1958, se asemeja mucho a la visión que se tenía durante los años ’30 del futuro. Por esa ciudad, que nunca existió fuera de las páginas de La metrópolis del mañana de Hugh Ferriss, llena de enormes espacios de dorada ornamentación y edificios art déco, se desplaza nuestro héroe, oponiendo su ingenuidad crédula y bienintencionada al malvado y feroz capitalismo. Pero, a diferencia de la ficción, en la realidad no hubo intervenciones divinas que salvaran al protagonista. El resultado fue desastroso. Con un presupuesto de cuarenta millones de dólares, la película recaudó menos de tres en total. Las críticas tampoco la acompañaron, tildándola (en el mejor de los casos) de una serie de logros técnicos y estéticos sin contenido. Derrotados, los Coen regresarían a su Minnesota natal, para rodar probablemente su película más importante, Fargo (1996), que finalmente sumaría el reconocimiento del público al de la crítica. Y continuarían construyendo una sólida filmografía en base a producciones de escala más modesta a partir de allí. Tardarían casi 20 años en volver a ambientar una historia en Manhattan, con “Balada de un hombre común” (Inside Llewyn Davis, 2013); una Manhattan completamente distinta, despojada de todo glamour, pálida y absolutamente hostil para el protagonista. O quizás la ciudad (como la industria cinematográfica) fuera igual de hostil en aquel entonces y la diferencia radique únicamente en que el protagonista (como los Coen) ahora es más consciente de ello.

Fargo (1996) por Alejandro de la Fuente

La apertura de la obra comienza mostrándonos la nada, una nada blanca y azulada. La música se despliega lenta, al ritmo de los violines: ahora es un desierto blanco de nieve. Las aves vuelan, la música se eleva, nos hace vibrar, entrar en la intensidad del drama; ya podemos ver las lucen de un auto. Su conductor es Jerry Lundegaard (William H. Macy) quien se encuentra desesperado por conseguir dinero para escapar de las deudas y realizar sus deseos. Para ello, pergeña un plan que desata una tempestad de sucesos trágicos sobre el tranquilo pueblo de Brainerd. Jerry es un ser especial, difícil de describir con palabras: se siente desvalorizado en su familia y en su empleo, humillado, disconforme. Su “maldad” no es racional es producto de su falta de juicio. Es una criatura digna de compasión y a la vez de rechazo. 

En el segundo acto, vemos a la heroína de esta historia Marge Gunderson (Frances McDormand) jefa de la policía del pueblo. Todos se conocen en este pequeño pueblo, habitado por criaturas con acentuados y caricaturescos rasgos sureños. Son todos esos ojos que ven a los dos forasteros y le brindan información a Marge para dar con los criminales. Uno de ellos es una sádico y el otro un perverso de pocas palabas. La música sigue y la tensión se acumula como la fuerza del vapor sobre el pistón. Está historia esta habita por un componente “divino”, la idea de un momento idílico, paradisíaco que se rompe con la irrupción del mal (la traición o la entrega). La cita a Dios en la boca de uno de los asesinos, los elegantes planos cenitales y la cierta distancia que impone la cámara a sus retratados (sobre todo en sus planos generales) son algunos de los ejemplos. El otro componente es mundano: el dinero, lo mercantil que mueve a los hombres de esta historia y que justifica su acción. Por último, está la pulsión de vida y el amor. En una escena sobresaliente, narrada con planos y contraplanos, Marge conduce su patrulla y le pregunta a su detenido por el valor de la vida, en un intento de dialogo (mientras mira su rostro por el retrovisor) le dice: “la vida es más que un poco de dinero”, lo vuelve a observar y remata: “claro, ¿pero tú no lo sabes?”.El gesto a cámara nos revela la sorpresa de su hallazgo.

El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998) por Gabriel Conversano

“Para el lado del oeste había un sujeto, un sujeto sobre el cual quiero contarles, un sujeto llamado Jeff Lebowski, por lo menos ese era el nombre que sus amados padres le dieron. Pero este nombre nunca tuvo mucho uso para él, este Lebowski se llamaba a sí mismo The Dude. “El gran Lebowski”  (The Big Lebowski) 1998 de Joel y Ethan Coen es una película de culto  desde su estreno al día de hoy, ha llegado a todo tipo de público y no dejo a nadie indiferente. La historia que nos cuenta a todas luces es simple, Un malentendido lleva al Dude a una serie de situaciones cada vez más rocambolescas, pero que como la teoría del iceberg de Ernest Hemingway, oculta mucho más de lo que dice con palabras o acciones logrando mantener enganchado a todo aquel que se acerca a escucharla. Tal vez se trate por los pintorescos y entrañables personajes, como Walter Sobchak (John Goodman) un excombatiente de Vietnam, miembro del equipo de bowling de Dude y quien lo acompañará durante todo este loco viaje, también está Theodore Donald Kerabatsos o -como lo llaman Walter y Dude- “Donny“ del cual no sabemos casi nada por las múltiples interrupciones de Walter . Este es uno de los puntos fuertes, ya que algunos de ellos como Maude Lebowski (Julianne Moore) artista avant-garde eh hija del gran Lebowski (David Huddleston) entre muchos otros más, que componen un elenco en donde cada uno tiene su momento volviéndose indispensables y perdurando en el recuerdo de todos los espectadores. O quizás esta película es de culto por cómo ha atravesado significativamente la vida de todos aquellos que la hayan visto, como por ejemplo la manera de ser de Dude, despreocupada y optimista, una persona que puede ser feliz con algo tan simple como una alfombra que decore bien su living, una forma de vida que hasta inspiro una religión “El Dudeismo”, o como con la llegada de internet la película no hizo más que acrecentar su popularidad, los eventos conmemorativos hechos por fans y un largo etc, que vuelven esta historia única en su tipo. “Bien y eso fue todo, es bueno saber que haya afuera estará como todos nosotros, parece que las cosas dieron resultado y fue una buena historia ¿no lo creen? Con risas y con llantos Dude sobrevive”.

¿Dónde estás, hermano? (O Brother, Where Art Thou?, 2000) por María Cabrera

Luego de su gran éxito “El gran Lebowski” los hermanos Coen presentaron esta comedia, hasta ese momento el filme menos violento de su filmografía. Fue bien recibida por la crítica, nominada a dos Premios Oscar (mejor guion adaptado y mejor fotografía), y dos Globo de Oro, recibiendo George Clooney el premio al mejor actor. Pionera en su campo, “¿Dónde estás hermano?”, de la experimentada mano de Roger Deakins, cambió el mundo de la gradación de color, ya que fue la primera película en usar ajuste de color digital de principio a fin para darle un look en sepias con altos contrastes y tonos dorados, logrando un efecto tan seductor que espectador sentirá que está en una hoguera escuchando los 24 cantos de La odisea. Los hermanos alegan que el film está inspirado vagamente en la obra de Homero, pese a afirmar no haberla leído. Las aventuras del Ulises literario forman parte del imaginario cultural, y son claramente identificables en el film: el ciclope, Penélope, las sirenas. Los escritores combinan estos elementos con otros propios de la cultura estadounidense cómo la leyenda de Robert Johnson, corrupción política, racismo, y lo amalgaman todo perfectamente con una de las bandas sonoras más logradas de su carrera. La música juega un papel esencial en el desarrollo del relato, no sólo comenta las situaciones que ocurren a lo largo del viaje picaresco: lo empapa narrativamente al grado de ser el eje que resuelve el mayor problema de sus personajes. Los cineastas que a veces se permiten burlarse del Sur y su gente, también subvierten deliberadamente este concepto mediante su uso brillante y sincero de la música folclórica estadounidense que conserva una intensidad indeleble y asombrosa. Proporciona una ventana a un mundo de magia, superstición y sentimientos profundos. Ulysses, que se burla de la religiosidad crédula de sus compañeros, cae de rodillas en oración cuando las cosas parecen desesperadas. Del mismo modo, los Coen, no pueden evitar reconocer el extraño poder arcaico de la cultura que han hecho una carrera de parodiar. Cuando McGill y sus amigos se ponen barbas falsas para una interpretación de “Man of Constant Sorrow”, la canción trasciende la broma. Junto con una docena de otras melodías cuidadosamente seleccionadas, algunas grabadas para la película, y otras presentadas con sus arreglos tradicionales, “Man of Constant Sorrow” proporciona al film de una resonancia emocional que de otro modo no tendría. Se puede considerar que este embrujo fue tan poderoso, que los hermanos no pudieron contenerse, volviendo al Folk estadounidense al momento de escribir “Balada de un hombre común” (Inside Llewyn Davis). Marcando un hito, aquel elemento del imaginario norteamericano del cual ni los Coen pueden burlarse. 

Sin lugar para los débiles (“No Country for Old Men”, 2007) por Jorge Pinzón

La voz en off de Ed Tom (Tommy Lee Jones), sheriff del condado de Kaufman (Texas, Estados Unidos), da comienzo a la película. Ed reflexiona sobre el oficio del Sheriff y el paso de los años. Estas palabras se ven acompañadas por distintos planos de la zona rural texana. En dicha reflexión plantea el temor de morir ante algo inesperado, ya que considera que los tiempos (la década del 80) en los que vive son muy amenazantes. Es justamente cuando Ed Tom dice sentirse amenazado que aparece en escena, por primera vez en todo el film, Anton Chigurh (Javier Bardem); principal depredador de todos los demás personajes. Aunque parezca demasiado aparatosa, esta descripción de la secuencia inicial nos demuestra la sólida capacidad narrativa de los Coen. Al mismo tiempo que plantea un aparente escenario de duelo entre estos dos personajes. “Sin lugar para los débiles” es un film en donde el azar y los pequeños infortunios, tienen un lugar central dentro del relato (rasgos característicos de los Coen). Es el azar el que hace que Llewelyn Moss (Josh Brolin) se tope con un maletín millonario, y es su infortunada solidaridad la que desata una persecución mortal tras de él. De dicha persecución participaran distintos personajes entre los que resaltan tres: Moss el hábil veterano de Vietnam, quien lucha por escapar. El ya mencionado Anton Chigurh, sicario contratado para recuperar el dinero. Y el también nombrado Sheriff Ed Tom, quien navega en la ambigüedad de inmiscuirse en un asunto que sabe que no puede terminar bien. Si bien Moss y Chigurh se enfrentan a lo largo de la película, el enfrentamiento de fondo es entre el sheriff y el sicario. Ed Tom sabe el peligro al que se enfrenta y siente temor por eso, mientras que el personaje psicopático de Bardem parece habitar cierta moralidad inentendible y azarosa, que lo hace aún más perturbador.

Temple de acero (“True Grit”, 2010) por Pablo Paladino

 

El espectador cinéfilo probablemente notará que los hermanos Coen han coqueteado con el western en varias oportunidades. Adaptaron elementos de ese lenguaje a otros géneros en trabajos anteriores de su vasta filmografía. La estructura narrativa de “Sin lugar para los débiles” (No Country For Old Men, 2007) es una asintótica aproximación a los films de esa categoría. Por admiración, homenaje, oportunidades o una mezcla de todas esas, Ethan y Joel se sumergirán nuevamente en el lejano oeste en la episódica “La balada de Buster Scruggs” (The Ballad of Buster Scruggs, 2018).“Temple de acero” no es original, es una nueva versión para cine de la novela homónima de Charles Portis, publicada en 1968. Un año más tarde se estrenó la primera “True Grit” dirigida por Henry Hathaway y protagonizada nada menos que por John Wayne, quien consiguió un Óscar por su performance como actor principal. Los Coen, desafiantes, se encargaron de dejar claro que se trata de una “nueva versión” de la novela y no de una “remake” de la película de finales de los sesenta. Pareciera que para los hermanos nacidos en Minneapolis, hacer una “remake” suena peyorativo. Teniendo en cuenta que se han dado el lujo de cubrir los roles importantes (guionistas, productores y encargados de montaje) de todas las películas que dirigieron, quizá tengan razón. Una muy determinada Mattie Ross interpretada por Hailee Steinfeld (en aquel entonces de 14 años) desea matar al asesino de su padre. Con ese objetivo en mente contrata a Rooster Cogburn, un alguacil conocido por sus problemas con el alcohol y su salvajismo al momento de tratar con criminales. Ese agente de la ley es interpretado por un recurrente en el mundo de los Coen: Jeff Bridges. Un escueto (pero taquillero) Matt Damon completa el trío, en el papel de La Boeuf, ranger de Texas. Los tres emprenderán un viaje que marcará sus vidas para siempre. La historia carece del vértigo de otras gemas escritas por la exitosa dupla quizá por apegarse demasiado al texto original. Se destaca una fotografía deliciosa, responsabilidad del gigante Roger Deakins, acompañante habitual de los exigentes hermanos. Otro punto muy alto son las interpretaciones de Steinfeld y Bridges: la primera con un debut muy fresco y prometedor en la pantalla grande y el segundo como un consagrado con marca propia. Humor negro, tosquedad e indiferencia -sumado a una gran caracterización- hacen del aguacil Cogburn un personaje inolvidable. Las desventuras de la intrépida jovencita de armas tomar y lengua afilada acompañada de sus escuderos en el lejano oeste, son un digno homenaje a lo que supo ser el género más prolífico del cine en su época dorada.

Balada de un hombre común (Inside Llewyn Davis, 2013) por Claudio Mion

Gaslight Café. 1961. Llewyn Davis (Oscar Isaac) interpreta el clásico del folk “Hang me, oh hang me” de Dave Van Ronk, figura de culto del género y en cuya vida se basa libremente la historia. El lugar es uno de los tantos bares con mucho humo de cigarrillo y poca luz ambiente que formaron parte de la revolucionada escena musical de principios de los años sesenta en el Greenwich Village de Nueva York. Llewyn no puede ser otro que un personaje de los hermanos Coen, un poco a la manera de Barton Fink o el Larry Gopnik de “Un tipo serio” (A Serious Man). Es alguien a la deriva, al cual vamos a seguir durante una semana por una helada y descolorida Nueva York en un momento muy particular de su existencia. Su compañero de banda se suicidó, no tiene dinero, deambula de casa en casa buscando un lugar donde dormir y por accidente un gato atigrado naranja se convierte en su mejor compañía. Su amiga Jean (Carey Mulligan) le dice que está embarazada y que el hijo puede ser suyo, aunque es novia de Jim (Justin Timberlake), también músico y ocasional compañero de grabación junto a Al Cody (Adam Driver). Hay algo de pesadilla en la odisea de Llewyn, en las situaciones increíbles en la que se ve envuelto, cada vez más raras o absurdas. Como los irreales pasillos de los departamentos donde va a buscar un lugar, y ese viaje de ida y vuelta a Chicago en busca de mejor suerte junto al jazzista Roland Turner (John Goodman) para conocer al propietario del club de folk “The Gate of Horn”, Bud Grossman (F. Murray Abraham). Algo que distingue a la película es que las canciones se interpretan en forma completa, gran aporte del productor T Bone Burnett (que también trabajo con los Coen en “El gran Lebowski” (The Big Lebowski) y en “¿Dónde estás hermano? (¿O Brother, Where Art Thou?), con la cual comparte el tono de una época en cuanto a lo musical). Hay varios momentos inolvidables, además del comienzo: el trio de Llewyn, Al y Jiminterpretando el tema “Please Mr. Kennedy”, cantando para su padre enfermo “Thes Hoals of Herring” y la audición para Grossman con “The Death of Queen Jane”, quien pronuncia una frase lapidaria: “No veo mucho dinero en esto”. La película gira en círculo y termina casi exactamente dónde comienza. Es en ese momento que la canción inicial suena otra vez, ahora con un contexto que justifica todo el peso de la existencia sin rumbo del protagonista. Una piedra rodante en la escena musical sin el éxito que tendrá un tal Bob Dylan que sube al escenario para hacer historia.