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Crítica: “El acto en cuestión” (1993) Alejandro Agresti

Crítica: “El acto en cuestión” (1993) Alejandro Agresti

 

El acto en cuestión (1993) Alejandro Agresti

 

Miguel Quiroga es un marginal, sin empleo ni ocupación fija. Todos los días –sin excepción- roba un libro usado en algún local y lo lee completo por la noche, en el cuarto de la pensión donde también vive su novia Azucena. Un día da con un libro que describe un extravagante acto de magia para hacer desaparecer objetos. Lo lleva a la práctica con éxito, lo que le permite integrarse a un circo. Abandona la pensión y a Azucena. Se transforma en un mago de renombre. En sus actuaciones  hace desaparecer cosas y personas.  Aunque al principio tiene problemas para hacer reaparecer a los seres humanos, luego lo logra. Alcanza así una gran repercusión en todos los lugares que se presenta. Disfruta de fama, dinero y mujeres. Pero toda esta vida comienza a ser perturbada por la constante  sospecha de que  alguien más pueda conocer el secreto de su truco, del acto en cuestión. Esta obsesión paranoica, sumada a la posibilidad omnipotente de hacer desaparecer lo que desee, lo sumirá en un camino de desesperación y locura.

El acto en cuestión es una película atípica.  Filmada en Europa a comienzos de los noventa, tiene poco que ver con el cine argentino de entonces, el de la primera década de la democracia recuperada. Tampoco, pese a su estilo renovador, forma parte de lo que se conoce como Nuevo Cine Argentino, que surge a partir de la reforma de la ley de cine, en 1994.

Se trata de un experimento narrativo tan audaz y personal como la mirada de su director, Alejandro Agresti. Un particular y talentoso cineasta argentino que realizó la mayor parte de sus primeras películas en Holanda, hastiado de los problemas para filmar en su país en los años ochenta.

Para  El acto en cuestión,  Agresti recurre a una estética posmoderna. A partir del  relato evocativo de Rogelio -reparador de muñecas y amigo del mago Quiroga- se estructura una historia plagada de múltiples y significativas referencias y recursos narrativos. Pero por sobre todas las cosas, la película sostiene un complejo entramado de sugerentes intertextualidades.  Así, por ejemplo, la recurrencia al término desaparecer adquiere un sesgo político y acusatorio.

Desde este punto de vista,  la película puede entenderse como una crítica profunda a la Argentina neoliberal de los años noventa, aquella donde se había indultado a los genocidas de la última dictadura militar. Los mismos que habían llevado a la práctica lo que se ha denominado la muerte argentina: la desaparición forzada, masiva y sistemática de personas.  “Hacer desaparecer a un humano no es joda (broma, en jerga)”, dice Rogelio en un momento del filme. Quiroga, consciente de los alcances de su truco, parece transformarse en una representación alegórica del poder dictatorial. Desaparece objetos y personas. Se vanagloria de eso. Hasta –como los militares- emprende una cruzada contra los libros, a los que quema, persigue, denigra, temeroso de que minen su autoridad. Su público, como un pueblo estupefacto, parece aceptar maravillado y crédulo el mundo de ilusiones que ha creado con su famoso acto. Sólo Sylvie, el gran amor de su vida, logra sostener una mirada crítica sobre esto y descubre la falacia de la ilusión del mago. Tamaña sinceridad, considerada como afrenta,  le costará la vejación y el sometimiento cruel a la voluntad de Quiroga, en una particular analogía con las víctimas de la dictadura militar.

En esta película, Agresti denuncia –con un tono tragicómico- la funesta paradoja de una sociedad que parecía querer olvidar sobre la base de la injusticia y la impunidad. Un país que no parecía hacerse cargo de su propio y terrible pasado. Como descubre el propio Quiroga en una delirante carta a Dios, como revelación divina, “esto de desaparecer no es nada. La gran joda (aquí entendido como sinónimo de problema) es el olvido”.

La película cierra el ciclo holandés de su director. Fue muy valorada por la crítica en su época, cuando -como representación de Holanda o de Argentina- tuvo un paso exitoso por festivales. Se había creado una gran expectativa alrededor de  su llegada a las salas argentinas. Sin embargo –por problemas burocráticos- nunca tuvo estreno comercial. Pocas personas la han visto en el país y sólo se pasa a veces por televisión de cable. Quizás por esta razón este desafiante filme ha quedado un tanto relegado en las consideraciones sobre el cine argentino. Fue como si la película, en un acto de magia desbordada, audaz y fatal, se hubiese imbuido de la historia misma de su protagonista. Entonces, después de conocer el triunfo y el reconocimiento en variadas latitudes, cayó en un silencio y una oscuridad persistentes. Se sumió en un injusto olvido, convertida en una película de culto que –como el mago Quiroga- sólo parece ser evocada por quienes la conocieron en su momento.

 

Autor

Adrián Muoyo nació en Avellaneda (Pcia. de Bs. As.), en 1969. Se recibió de periodista en el Taller-Escuela-Agencia (TEA), en 1991. Ha publicado artículos como colaborador en diversas publicaciones sobre cine y cultura,  tanto impresas como digitales. También se ha desempeñado como docente en cursos sobre periodismo, cine y ciencia ficción e historia del cine. Desde 2006 dirige la Biblioteca y Centro  de Documentación y Archivo del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA).

 

Ficha Técnica:

Estudio/Distributor: Allarts, Schlemmer Film

Productor: Annemiek van Gorp, Christoph Hahnheiser and Kess Kasander

Guión: Alejandro Agresti según su propia novela

Director de Fotigrafia: Néstor Sanz

Director de Arte: John Bramble and Wilbert Van Dorp

Música: Toshio Nakagawa. Song La Montaña, de Luis Alberto Spinetta

Editor: Stefan Kamp

Reparto: Carlos Roffé, Sergio Poves Campos, Lorenzo Quinteros,  Mirtha Busnelli.

Duration: 93′

Formato: 35 mm, blanco y negro

 

Habilidades

Publicado el

15 mayo, 2015