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El proyecto Florida (Sean Baker, 2017) por Claudio Mion

Por Claudio Marcelo Mion

El proyecto Florida

La pequeña Moonee (Brooklynn Kimberly Prince, una verdadera revelación) vive con su madre Halley (Bria Vinaite) en un motel llamado Magic Castle pegado a una autopista a pocos kilómetros de Disneylandia en Orlando. Es el comienzo del verano (el summer break) y ella pasa el día con sus dos amiguitos Scooty (Christopher Rivera) y Dicky (Aiden Malick) vagueando por los inmensos corredores,  pasillos y alrededores del complejo.      

La película abre con Dicky invitando a Moonee y a Scooty a una nueva aventura en el motel de enfrente (el Futurland Inn), que servirá para conocer a quien será su nueva amiga Jancey (Valeria Cotto). Sobre los títulos se escucha Celebration de Kool and The  Gang, y eso es lo que representa la vida diaria de Moonee y sus amigos: la alegría y la libertad de ir de una lado otro y solo pensar en que travesura hacer.

El motel es real y se convierte en un personaje más, con su paleta muy particular de colores furiosos y brillantes (la película esta filmada en 35 mm con una fotografía saturada que resalta aún más su arquitectura). El  gerente es Boobie (William Dafoe, nominado al Oscar como mejor actor de reparto en 2017), que además de las tareas habituales de encargado (cobrar la renta, pintar, controlar que el aire funcione) para evitar que el lugar se transforme en un infierno oficia a la vez de guardián de Moonie  y los pequeños (y también de sus madres),  adoptando una figura paterna ausente en la mayoría de las familias que sobreviven en el hotel. El también lidia con sus fantasmas ya que mantiene una relación complicada con su hijo y ex mujer que Baker apenas esboza. Con solo un gesto o una mirada Dafoe logra una actuación llena de matices.

La relación entre madre e hija se muestra más como relación de amigas que como un vínculo filial, sin dejar de lado el amor que siente Halley por Moonee. Buscarán juntas el pago de la renta semanal a la que llegan con lo justo como todos en el motel,  vendiendo perfumes baratos en los resort de los alrededores o estafando a algún que otro turista. También se procuraran la comida de los favores de Ashley (Mela Murder), madre de Scooty y amiga de Halley, que trabaja en un restaurante de comida rápida. Esa amistad entre las dos sufrirá un quiebre cuando sus hijos cometan algo más que una travesura y Haley haga algo más que revender entradas al parque para sobrevivir.

Es interesante ver como Disneylandia está casi constantemente fuera de campo. Solo vemos los inmensos mall  que ofrecen  artículos de segunda y nombres de calles que remiten al mundo de los sueños, es como si todos los alrededores se transforman en lugares de paso para arribar al supuesto paraíso.      

La película construye un mundo infantil sin mostrar miseria ni golpes bajos, es tal la naturalidad con que las niñas arman sus aventuras diarias que parece que la cámara solo las sigue. Tomar una merienda en un árbol caído (sobre el cual Moonee dice en un momento: “Me encanta este árbol, ¿sabes por qué?, porque se cayó y sigue creciendo); un safari impensado cerca del complejo, el disfrute de un arco iris pleno después de una lluvia torrencial constituyen momentos que remiten a un infancia plena y sin preocupaciones a pesar de las carencias que tienen día a día. 

Sobre el final, Moonee verá más de cerca el mundo real al que su mamá y Boobie siempre intentaron mantener fuera de su  alcance. A partir de ese momento parece que todo deja de ser un juego, pero Baker reserva para ella y Jancey un último viaje hacia el  lugar en el que cualquier niña creería que puede ser feliz y del que siempre fueron excluidas.