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“Estación Central” (1998) de Walter Salles por María José Rossi

“Estación Central” (1998) de Walter Salles por María José Rossi

Para decirlo de una: Estación central es lo que (nos) queda. Un film sobre lo que queda del relato. De oídas o en profundidad, ese relato lo conocen todos. Sean o no sean letrados, sepan o no sepan escribir, sean o no sean creyentes. Nacido en Oriente, pudo diseminarse a lo largo de Occidente porque los mensajes se las arreglan para sobrevivir. Son (siempre han sido) semillas de yuyos reacios a su desaparición. Es la vida que queda después de la muerte. Y lo que queda son (sus) restos, el efecto residual de una narración centrada en un dios que se hizo carne y habitó entre nosotros. Lo que queda es Estación central, la película de Walter Salles estrenada en 1998.

El envío va del Logos a la carne a las palabras que los analfabetos dicen pero no leen. Por eso Estación central es una cruda alegoría acerca del lenguaje. Y acerca del estado de orfandad de nosotros mismos, criaturas balbuceantes, criaturas de palabra. El lenguaje que comunica a los hombres entre sí y a los hombres con sus dioses es, por infinitamente mediado, distorsionado, falaz, insuficiente, no llega nunca a destino.

El Logos y el Verbo se han roto en pedazos, de la unidad entre las palabras y las cosas ya no queda nada. Dios es una completa abstracción, Jesús es apenas una imagen, sus hijos yerran por el mundo huérfanos de toda orfandad. El único lazo que existe es el de la hermandad. Cuando ese milagro se da, logra contrarrestar su reverso exacto: el de las multitudes vociferantes que los trenes vomitan cada día en la estación central, un no lugar en el que seres completamente aislados buscan cauterizar con la palabra una distancia insalvable.

Abandonados a sí mismos, los intercambios entre los humanos incluyen el robo, el asesinato, el uso y abuso, la estafa y la más absoluta de las indiferencias. Si alguna ayuda es posible, si alguna mirada de conmiseración todavía queda, es porque un residuo leve y una pequeña chispa de ese relato que era vivo y que conformaba la comunidad, queda. Un eco de la palabra salvadora.

La cámara va de los planos generales (en la que los espacios vacíos retratan multitudes, ya sea bajo la forma de entidades humanas o de cosas, como casas, todas iguales), al retrato propiamente dicho, el de la singularidad, el de los rostros de Levinas y también los de Deleuze.

Va del rostro de Josué (el niño huérfano) al rostro de Dora (la maestra que escribe para los analfabetos). Va del desierto a la multitud que reza, va de la estación central al rostro de aquel, de aquella. Va del rostro del hombre, de la mujer, del niño, del joven, del viejo, del pobre, del anciano al espacio que es de paso. Va del rostro anónimo y sin nombre a la estación central.

Entre la multitud y la singularidad circulan las palabras. Paradójicamente, esa palabra que se ha roto con el tiempo y que perdió todo anclaje en la divinidad que supo sostenerla, es la única que puede restituir a la comunidad. Pero no por ella misma, ni por ninguna intencionalidad manifiesta, sino pese a ella. Pese a ella y por ella. No diremos de casualidad, sino por un efecto que escapa a cualquier Voluntad. E incluso se realiza a duras penas, con retrocesos, dudas, circunloquios. Lo que esa palabra realiza a su pesar es la única comunidad posible: la de los hermanos, sean biológicos o no. Un lazo absolutamente personal. Dora con Irene, Josué con Isaías y con Moisés. Lo que queda.

Sobre los restos del padre y de la madre se realiza el lazo de la confraternidad. O, dicho en clave de otro relato: que los padres se retiren para que el hijo sea, para que la comunidad de hermanos sea.

 
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Publicado el

22 diciembre, 2015