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“FRANCOFONIA” (2015) Alexander Sokurov

“FRANCOFONIA” (2015) Alexander Sokurov

Francofonía: “O las múltiples voces del Louvre”

Por María José Rossi

Como Lech Majewski en El molino y la cruz (2011), como el propio Sokurov en El arca rusa (2002), Francofonía (2015) consigue introducir vida en aquello que podría considerarse la cripta del arte por excelencia, la sepultura donde van a parar las cosas que mueren sin morir: el museo.

Esta vez ya no se trata del Hermitage, el famoso museo de San Petersburgo, sino del Louvre. Equiparado oblicuamente con los grandes sarcófagos que los egipcios reservan a sus personajes ilustres, la institución museo es singular, puede despertar hastío a quien recorre sus numerosas salas, puede sumir en la inmovilidad a los incontables objetos que alberga en su penumbra cuando nadie lo visita. Sobre todo si se trata, como fue dicho, del Louvre, todo un mundo en sí mismo. Un mundo que los propios nazis no se atrevieron a tocar.

Sokurov le pone vida al museo porque le da una historia (la historia del propio museo desde su existencia como fortaleza, hacia fines del siglo XII), lo ancla en la Historia (sobre todo en la historia del siglo XX, entre las dos guerras) y lo revive a través de la vida de dos personajes singulares en el París de 1940, y a quienes el propio museo revivió, también, a su modo: Jacques Jaujard, el Director de los Museos Nacionales de Francia al momento de la ocupación nazi (1940), y el conde Franz Wolff-Metternich, cuya custodia evitó que las obras robadas a los pueblos conquistados por Occidente emigraran una vez más y se vean expuestas a los peligros que amenazan a los viajeros. Sokurov nos ofrece, además, una visión intimista de un lugar que suele estar abarrotado de turistas y expuesto a los flash de los incautos. Una penumbra tenue borra los marcos que separan y nos dejan sólo los rostros que miran, que nos miran.

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Dúctil, contingente e imprevisible, la historia es el elemento que pone tiempo y movimiento, que vivifica lo que se ha endurecido. Que consigue fluidificar lo que el museo puede llegar a endurecer. La tensión entre las fuerzas de conservación y de renovación podría ser el gran tema de este film, que hace del museo un pequeño universo cuya destrucción, si acaso pudiese imaginarse, destruiría la memoria, la belleza que mitiga la fealdad y el oficio de los hombres que logra acumularse lentamente en las obras.París dejaría de ser París sin el Louvre.

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Pero así como un museo puede dejar morir a sus obras congelándolas en el pasado, un film puede también fracasar, puede naufragar si no consigue enhebrar con astucia la multiplicidad de elementos que lo componen, si no logra introducir unidad en la dispersión. La naturaleza y la historia, se nos dice desde el primer momento, pueden arrollarlo todo a su paso, así como las olas se tragan a los barcos, el tiempo devora los individuos.

Los primeros planos del film nos muestran al director que se comunica con el capitán de un barco en altamar. La tormenta lo asola, situación que se repite a lo largo del film.También el mercado puede ser salvaje con el arte —por eso son los Estados los que suelen tomarlo a su cargo. Sokurov combina todos estos elementos: multiplicidad y unidad; movimiento y fijeza.Y salva a su film de un mercado que no perdona. Los planos de containers, sobre el final, confirman que estamos en lo cierto, que se trata de una metáfora, de un estribillo que se repite, como en toda buena sinfonía.

Numerosos planos narrativos, superpuestos o desplegados como un abanico, aseguran el dominio de lo múltiple: al material de archivo (fotográfico y fílmico), se añade la ficción, ya sea la que recrea el pasado rellenando las elipses que los documentos no cubren, ya sea la que compone a ese barco, supuestamente actual, que transporta obras de arte. A esto se agregan inserciones de antiguos filmes afines a la trama. Todo lo cual hace pensar que si se suprimiese el elemento que los recorre e hilvana, nos quedaríamos con un montón de fragmentos dispersos.

El modo de conjurar la pura fragmentación es reunir los elementos a través de un recurso que ya opera en El arca rusa: la voz en off. En este caso, se trata de la voz de Sokurov, el director del film, el capitán de este barco. Desde aquel film memorable, Sokurov ha construido al espectador que puede saltar del lienzo al film sin perderse en el intento. Y coser y reunir, como él, los múltiples planos a través de la voz, instaurando así el reinado del presente.

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Solemos no contar con ese elemento cuando recorremos un museo. Pero Sokurov, a quien sólo vemos de espalda, nos proporciona además un hilo de Ariadna privilegiado a la hora de recorrer el Louvre. Un hilo que se puede seguir para no perderse en el intento, para no naufragar en el mar infinito ni morir de indiferencia o hastío: el que recorre las obras que hablan del museo, las obras a través de las cuales el museo habla de sí mismo.Esa autorreferencialidad forma parte de un elemento narrativo fundamental en la película, porque nos deja ver algo más que los clásicos, la Mona Lisa o La balsa de la Medusa. Nos deja ver al propio museo haciéndose a través de sus obras. El Louvre está vivo porque no ha dejado de narrarse. El Louvre sigue vivo porque, además, nos lo cuenta Sokurov.

 

FRANCOFONIA: “El Louvre como una perfecta sinfonía de arte, guerra e historia”

Por Guillermo Bruno

 

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“Francofonia”, es una palabra que significa “Sinfonía Francesa”. Y que mejor lugar para componer una sinfonía que el Louvre de París. Cada uno de los cuadros cuenta una historia. Detrás de cada rostro y de cada escena yace un momento culmine, en el que el espectador se siente inmerso al observar esas representaciones.

La última obra de Sokurov, no es un film convencional desde el punto de vista comercial.  pero nunca pierde su ritmo, logrando una agradable constancia a lo largo de la película. La voz en off, del director se encuentra casi siempre presente, mientras nos va contando su relato. Un relato de corte documental, con tintes de “docu-ficción” que se explicita de forma poco convencional, comenzando con escenas que podrían parecer de “tiempo real”, en las que se ve al director en persona  en lo que sería la actualidad, y que luego sigue con imágenes sucesivas de archivo, de pinturas,  y de fragmentos cinematográficos. Se destacan varias fotos “móviles” de lo que serían planos generales de París, siempre haciendo foco, en el mítico museo.

Si bien son varios los tópicos que trata, hay una historia que resalta. Dentro de la Segunda Guerra Mundial, que es uno de los enfoques del film, nos contarán  lo que sucede con dos personajes que se unen por una circunstancia particular, además de contarnos varias de las vicisitudes de dicho enfrentamiento bélico (También hace mención a la Primer Guerra), y nombra a varios sujetos importantes de ese tiempo histórico, siendo uno de los principales, el nefasto Hitler , que al principio del largometraje, lo vemos en una escena irónica, con un “humor” casi mórbido, debido a lo que representó ese hombre y todo lo que iba a suceder.

Es precisamente en las secuencias de la Segunda Guerra, donde aparecen los dos personajes ya mencionados, en las que se puede vislumbrar como el formato fílmico va mutando, y el cuadro de escena se ve más comprimido, y los colores menos nítidos, con esa “suciedad” representativa de rodajes antiguos, de épocas de cine mudo y similares, como si el director quisiera que el espectador se sienta parte de esa escena, como si estuviera siendo rodada en esa misma época. Y a esto se le suma la presencia omnipresente del director mostrando en algunos momentos cuando realiza los cortes y las tomas, volviendo así a ese concepto de realidad documentalista. Los dos hombres en cuestión son el conde alemán Franz Wolff-Metternich, y Jacques Jaujard, francés, director de Louvre en aquel entonces.

No es fácil realizar un film de estas características, sin que en algún momento produzca una pizca de tedio, y vale la pena repetirlo, pero en la casi hora y media que dura, con la excepción de alguna pequeña meseta, no hay ningún desperdicio que produzca que el espectador se aburra, sino todo lo contrario, quienes observen el film tendrán cada vez más interés en ver como se van componiendo y construyendo las piezas de la historia.

El Louvre es un sitio maravilloso. Dicen que en la intimidad del mismo, cuando las luces se apagan, los cuadros cobran vida, y los personajes históricos salen a pasear. Evidentemente, mas allá de algún que otro supersticioso, eso no ocurre en la vida real, pero vale la pena dejar volar la imaginación observando el arte del museo, ya sea estando en persona o no, para poder lograr el grato cometido de sentirse inmerso en un gran pedazo de la historia mundial.

 

FRANCOFONIA : “No sería Francia, sin el Louvre ”

Por Gladys Saá

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Este film de Sukorov, despierta en mí, la tensión que hay, hubo y siempre habrá, entre el arte y  la política, o lo que es lo mismo,  entre el arte y  la representación  del poder , presentada en este film a través el Museo del Louvre.

Llena de símbolos, en plena guerra, parece pelearse la realidad y la belleza, el nazismo y la salvación del Louvre.  Lo bello despojado del horror, lo puro de lo impuro, el amor del odio, lo bueno de lo malo.

¿Qué hay que salvar o preservar? ¿Lo bueno que representa el arte a pesar de lo sucedido? ¿Estará el arte por sobre la acción  humana?

La película discurre y se sobrepone a esa pregunta, porque el Louvre esta aún hoy erguido en pleno París a pesar de las guerras.

El desarrollo de la película se construye en diversos planos  y desde distintas representaciones: registro documental, ficcionalización, fotografías y distintas filmaciones del Louvre , que nos llevan de la mano para atravesar esta historia sobre la  preservación del Louvre en la ocupación nazi, usando como hilo o nexo la voz en off del realizador Alexander Sokurov.

El Louvre, símbolo de Francia, cuidado por el jerarca nazi Wolff-Metternich, y  por Jaujard, un atildado director del museo y guardián férreo que parece trascender el holocausto  para dejarlo como representante de la belleza ante el horror y negociando así continuamente por ese fin,  a pesar de ser enemigos.

La imagen del barco que se hunde con las obras de arte sobre silueta y la voz de Sokurov intentando salvarlas, nos alertan del peligro en el presente sobre historias del pasado. Y quien dice también nos protegen en el futuro evocando la memoria.

Los personajes que aparecen salidos de los cuadros jugando e ironizando a Francia y a sus representantes, parecen tomar vida en los pasillos vacíos del Museo.  Los rostros vivientes de las obras de arte dialogan con nosotros desde ese marco pictórico, recordándonos que fueron personajes de otras realidades.  Representaciones que están hoy para atestiguar el pasado.

También el Hermitage de Sant Petersburgo es presentado, como otro Museo, ícono de la Revolución Rusa, entre el hambre y la muerte con la misma dialéctica que es mostrado el Louvre.

Reflexiona Sokurov “No sería Francia, sin el Louvre ”, y es ahí donde se manifiesta la necesidad de preservarlo… como tampoco sería el hombre, auténticamente hombre sin el arte.

 

Habilidades

Publicado el

26 octubre, 2016