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“La mirada erotizada” por Ana Rubiolo

En su libro, «El espectador emancipado«, Jacques Rancière acuña el término de la «paradoja del espectador». Esta paradoja se puede formular así: no hay teatro sin espectador. ¿Qué sentido tendría cualquier obra plástica, película o actuación musical si nadie estuviera para percibirla, para sentirla e interpretarla?.

Schopenhauer reivindicó el papel protagónico que tiene el espectador en la obra de arte, para ello extendió el concepto de inspiración (antes exclusiva al artista) a dos planos: el productivo y el receptivo. Para que pueda darse el proceso creativo, tanto el artista como el espectador tienen que producir un momento de inspiración que le permita a este último entender al autor.

La posterior teoría artística de Marcel Duchamp, llegará a afirmar rotundamente que “contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores los que hacen los cuadros”.

Dos películas para ver: “Las hijas del Fuego” de Albertina Carri y “Retrato de una mujer en llamas” de Céline Sciamma, dos películas que apelan fuertemente a la mirada.

En “Retrato…” la mirada del espectador/a está unida a la pintora y a su vez a la cámara de la directora que buscan captar con detalles el rostro, los rasgos, los gestos más significativos de la protagonista para hacer de ella un retrato. Una mirada que siguiendo la belleza de quien se siente mirada genera un erotismo inquietante de ida y vuelta…

Esto sucede durante la primera parte de la película. En un segundo momento la protagonista hace un giro y se coloca en el lugar de la pintora invitándola a que se ponga en su lugar… Por este recurso somos los espectadores/as también invitados/as a tomar conciencia de cómo miramos y de cómo hemos sido también erotizados/as al identificarnos con la pintora. Entonces esa culpa por el engaño que veníamos sintiendo al compartir la mirada de Marianne se transforma en un desafío a nuestra honestidad, ¿qué pasa con nuestro deseo? ¿nos enamoramos nosotros/as también junto a Marianne de la bella y perturbadora Héloïse?

Luego el relato fluye y se va complejizando hasta llegar a un final de máxima empatía, apelando a nuestra mirada y a nuestros deseos frustrados en sintonía con la Marianne que mira y en conjunción con la cámara de la directora que filma, todos/as vemos conmovidos/as a esa bella mujer llorando por un amor erótico interrumpido…

En “Las Hijas del Fuego” no hay intermediaria, debemos seguir la mirada de la directora a través de su cámara que desde un primer momento nos interpela… Interpela nuestra mirada, interpela nuestro erotismo. ¿Nos seduce lo que vemos? ¿Nos erotiza? ¿Nos asombra? ¿Nos repele? ¿Nos avergüenza? ¿Nos da miedo?

La cámara va siguiendo a un grupo de lesbianas que viajan por el Sur. Son jóvenes lesbianas que dejan fluir su sexualidad a través de escenas pornográficas, escenas que derraman sus fantasías eróticas en propuestas extravagantes, escenas que construyen mundos paralelos con libertades eróticas que desafían los códigos del erotismo heteronormativo, homonormativo, lesbonormativo.

Nuestra mirada es intervenida por la mirada de la directora, ella nos interroga en todo momento. Nos interroga sobre nuestra sexualidad, nuestros códigos de belleza, nuestras ideas sobre las parejas de lesbianas, sobre la monogamia, el sexo en grupo, lo orgiástico dionisíaco y en definitiva sobre la libertad.

Una libertad que en el relato de Carri se expresa a través del derecho a circular por el país sin impedimentos y siendo un grupo de lesbianas “diferentes” “raras” “desobedientes”.

¿Cuál es nuestro límite de tolerancia a la transgresión?

Y Carri nos seguirá interpelando hasta el final… un final que no busca empatía sino un máximo desafío.  Carri quiere saber qué tan honestas somos… y si de verdad aceptamos hasta las últimas consecuencias la proclama feminista: “Mi cuerpo es mío”

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Publicado el

22 abril, 2020