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“Mia Madre” por María José Rossi

“Mia Madre” por María José Rossi

Nada es tan Real como una madre.

Las luchas obreras en la Italia contemporánea parecen haberse acabado. Como episodios del pasado, sólo pueden ser materia de ficción, convertirse en tema de un film. De eso trata, de un modo aparentemente lateral, Mia madre, la última película de Nanni Moretti,estrenada en mayo de 2015. No es que el título del film sea engañoso: la madre será, para Margherita (interpretada por MargheritaBuy), la piedra de toque de su vida. Y también alucinación, fantasma, pesadilla.

Un auténtico Real, en el sentido lacaniano del término.Pero el film comienza con una toma que se mete de lleno en un conflicto sindical que incluye palos, carros hidrantes, golpes, fricción. De pronto viene el corte y entramos de lleno a un set de filmación. Aparecen las cámaras, los micrófonos, la gente que trabaja “de verdad para que ocurra eso que llamamos ficción.

 

El recurso del film adentro del film para aludir al desdoblamiento y a la puesta en abismo que implica toda ficción es bien conocido. Pero aquí vuelve a utilizarse para tratar de un tema que seimbrica directamente con la vida: el trabajo. Todas las formas posibles de la relación del trabajo con la vida se dan cita en este film: el trabajo por el que se lucha, el trabajo al que se renuncia voluntariamente, el trabajo asumido sin demasiado compromiso y casi en solfa, el trabajo que acompaña una vida entera, como si no pudiese distinguirse de ella. El trabajo como responsabilidad, pero también como alienación.

 

Esa alienación es precisamente la que describe a Margherita, cuyo hermano está encarnado por el propio Moretti, esta vez, en un rol secundario. Ambos asisten a su madre Ada (GiuliaLazzarini) en sus últimos días, y de quien nos vamos enterando, con cierta morosidad, que fue profesora de latín. No es un dato menor que Ada ayude a su nieta (Livia) hasta el último momento de su vida agonizante en la traducción de la lengua que fue madre del italiano y de otras lenguas romances. Hija de una lengua madre, madre de la madre de Livia, Ada se revela como un personaje poderoso en la vida de los hermanos. Pero la inminencia de su muerte los conmueve de modo desigual. Y también los interpela acerca de la manera en que están llevando adelante sus vidas: uno renuncia a su trabajo para dedicarse plenamente a su cuidado y a la tramitación emocional de un momento penoso para cualquiera.

 

Para Marguerita, en cambio, esa muerte se convierte en un Real que pone en crisis y amenaza inundar su realidad (con minúscula), en la que cada cosa está en su lugar. Su intrusión en la vida cotidiana bajo la forma de alucinaciones y sueños se resuelve formalmente a través de planos que se incrustan sin solución de continuidad en el hilo del relato. Ninguna marca anuncia que estamos ante un recuerdo, una fantasía, un sueño.Los cortes entre los planos se suturan en modo casi invisible.Sólo la música pone énfasis en aquellos momentos en que es necesario subrayar el estado de suspensión en que se encuentra la protagonista. La cámara tampoco persigue con insidia el rostro de esta mujer que duda, vacila, que está y que no está, que se mantiene siempre en guardia, que jamás se relaja.

 

“Debes mantener siempre la actriz al lado del personaje”, le susurra a la actriz principal en su carácter de directora de la película que se está rodando mientras la madre se está muriendo. Y lo mismo le dirá a Barry Huggins, interpretado por John Turturro,­su extremo, su opuesto cómico, aquél para quien nada es demasiado serio, que dice haber trabajado con Kubrik y soñado con Kevin Spacey. Las caras de estupor indican bien a las claras de que no saben bien de qué hablala regista.  Ella misma admiteno saber muy bien de qué habla. Pero esta es sin duda la claveque permite entender cómo se lleva adelante una vida para la que el trabajo y la acción se han convertido en algo ajeno. Cómo al lado del personaje que actúa en la vida hay siempre otro que no se entrega, que permanece lejano, sin fundirse por completo.

 

Margherita no está del todo compenetrada con su película, el mandato de hacer filmes con contenido social es sólo eso, un mandato que se sigue con responsabilidad pero también con inercia. El trabajo para el cual se entrega la vida, que nos acompaña hasta la muerte, es cosa del pasado, algo que muere con nuestros padres. De ahí que las luchas obreras en el mundo contemporáneo (o al menos en la Europa del siglo XXI) sean ya materia de ficción. Por eso, en los ojos azules de Margherita que cierran el film, podemos leer cómo una vida entera puede también escapar de lo real, como puede volverse ajena y extraña para sí misma.

Cómo la muerte de una madre puede poner abruptamente, ante los ojos de su hija, la inanidad y el vacío que bordean sin lágrimas el entramado de la propia existencia.

Habilidades

Publicado el

19 octubre, 2015