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“Nuestro secreto” por Monique Lumiere.

TEXTO PRODUCIDO EN EL MARCO DE LOS ENCUENTROS SOBRE EL LENGUAJE DEL EROTISMO EN LA NARRATIVA FEMENINA.

Algunas charlas no cambian nunca, hasta que sucede una magia verde y por fin todo se revoluciona. Las profundidades del verano, muchas veces, son aquellos lugares que más nos sirven para que lo místico se convierta en realidad: lograr el postergado objetivo de nuestras tetas al desnudo en alguna pileta de hogar, bajo el sol y entre amigas. Objetivo que va acompañado de infinidad de emociones que eso implica en un cuerpo-territorio que ya está libertado, pero todavía no está “liberado”.

Si hablamos de símbolos, las tetas tal vez sean de las partes femeninas más controversiales y condicionadas, divinizadas, con altos grados de pretensiones de toda la anatomía de la mujer. En una primera instancia del cuerpo de las mujeres, la teta que comienza a crecer deberá ocultarse hasta la llegada de la segunda instancia, que abrirá permisos para la seducción de otras y otros, y tendrá su límite difuso en el escote. Ni hablar de la teta que amamanta.

Ahora bien, entre la primera y segunda instancia hay un espacio bastante confuso que tal vez podría llamarse media instancia, donde muy pocas mujeres no se sienten intrusas. Ese lugarcito pequeño como una uña, contiene la autorización para las tetas que se pueden exponer mientras sean comercialmente aceptables y dentro de convenciones estéticas masculinas. Ya para esas alturas habremos crecido, nos habremos vuelto locas, taciturnas y obsesivas. A esas alturas lo natural de nosotras ni existe, ni se nombra. Ni hablar de la teta que amamanta. Esa directamente pertenece a las hijas y los hijos, es mucho más divina que la portadora misma. Enunciado que se encargó de adoctrinar y validar un sacramento que no está explícito, pero que lleva milenios de buen gusto y decoro.

Entre todo ese caldo estaba yo, durante todo el verano, necesitando como nunca mostrarles mis tetas a mis amigas y que ellas me mostrasen las suyas, aunque sea en un contexto relajado.

Pensaba intensamente en todos los sentimientos encontrados que conviven en mí. ¿Qué sucedería mientras? ¿Sería bueno mirarnos para exorcizar? ¿Cómo nos veríamos después de que el gran acontecimiento por fin se realizara? “Por favor, ¡son tetas, nada más!” pensaba. El dramatismo me superaba. Pero al final no eran “solo tetas”, el fantasma de la cultura y la opresión seguía incrustado en mi chip interno y en el de ellas.

Caer en la frase trillada de que con “máscaras” o en situaciones específicas es mucho más fácil  ubicar nuestra desnudez, es incómoda, porque se percibe un larguísimo camino que todavía nos toca recorrer, pero de alguna manera me da un pie interesante para sondear en una reflexión que discurrió después de haber participado de talleres de directoras de cine y sus visiones del cuerpo, del erotismo, y cómo lo llevaron a la pantalla grande.

Para hacerlo necesité volverme un poco metódica, por lo que no quise privarme de categorizar a las tetas para dar una entidad explicativa a todo esto.

La indispensable visión femenina que aprendí a distinguir y a reconocer en el cine, no es más que la misma que tenemos todas en lo cotidiano, la misma que encierra acciones como despojarnos del corpiño cuando llegamos a casa y así respirar mejor. O prescindir de él directamente cuando estamos entre pares.

La primera película que se sitúa en esa visión es El Piano (1993), de Jane Campion. A ella le pertenece la categoría de “teta culpable”. Con maestría Campion describe la sutileza de un cuerpo, de un pecho envuelto en prendas ajustadas que habla más del erotismo que un torso expuesto. Que es más o menos lo que aprendemos a la hora de gustar, y que acaso va también con algunos top 5 aconsejables para la construcción de lo eróticos. De hecho, la piel se muestra en porciones en toda la película, y cuando por fin el sexo se consuma en sus dos protagonistas, ella está de espaldas. La desnudez no lo es todo, es cierto, pero igual quiero sentirme su dueña para poder elegir.

Después me zambullí en una literalidad de tetas desnudas, naturales, en primeros planos, gozadas por las mismas portadoras y las otras protagonistas. Esas son las tetas de Albertina Carri en Las hijas del fuego (2019). Las “teta liberada” es su categoría. Carri entrega una intención de libertad tan desfachatada, tan deseada por la mayoría de nosotras, que resulta fascinante antes de cualquier crítica. El cine contemporáneo levantó como trofeo ese anhelo antes de que nosotras pudiéramos sentirnos parte moral de dicha desnudez. Es la antípoda perfecta y peligrosa de una piel envidiable.

Por último, me encontré con la teta que más duele, la “teta maldita”, esa que lleva el peso de un dolor que será transmitido a las hijas a través de su alimento, y aquellas hijas cargarán a su vez con todas las heridas que no pudieron sanar sus madres. La teta asustada (2009), de Claudia Llosa, es el reflejo del estigma del miedo, la violencia y el silencio.

Esas tetas son las que más hicieron replantearme en qué posición están las mías. No tardé en aceptar que es una bastante superficial, porque está signada por el estereotipo de la belleza occidental de la que nos hablan desde que tenemos memoria. En definitiva, así es mi contexto y mi forma, pero no por eso dejo de estar interpelada por las demás realidades. Como en el nudo de la película, todas las mujeres nacemos un poco sin alma y asustadas.

Si la leche de mi madre no me trasladó el miedo a que pudieran ultrajar mi cuerpo, sí lo hicieron las palabras, las voces gruesas de los hombres, las voces susurradas de otras mujeres, como esas que observaba desde abajo, de niña, y que recalcaban los cuidados para no mostrar mi pecho porque o bien era desagradable, no era femenino, era de mujeres ligeras o bien era algo “nuestro”. Entonces el pensamiento crítico se volvía salvaje a medida que crecía. Si es mío, ¿por qué otros tenían potestad sobre él? Si es privado, ¿inexorablemente debía convertirse en un estigma aquella privacidad? Si lo mío era privado, ¿por qué lo de ellos no lo era? Algo no cuajaba.

Cada película posee el planteo de un universo paradigmático distinto, que nos encierra de alguna manera y nos constituye. Claro, es la realidad ficcionada. Sin embargo, tan distintos que parecen, el camino elegido de estas directoras tiene una misma dirección.

Todas esas mujeres finalmente lograron encontrar la libertad del yugo impuesto. El mensaje es contundente en el goce natural de los cuerpos de Carri, y es más conmovedor en la lucha de las protagonistas de Campion y Llosa.

¿Qué final entonces alcanzaría la idea no tan superficial de mostrar mis tetas en un contexto seguro como el de una pileta junto a mis amigas? Parece un cuestionamiento plagado de esnobismo, pero quiero hacérmelo y encontrar la respuesta.

Las perspectivas evolutivas de esta época nos regalan la posibilidad como una condición emergente, se instala y nos resguarda, cuando en otros momentos la sola decisión inquebrantable era el motor para el cambio. Qué hace falta hoy, donde muchas cosas se facilitan, se naturalizan, legalizan, legitiman.

Las protagonistas de Llosa, Campion y Carri creyeron en ellas mismas. El contexto existía y oprimía, en mayor o menor medida, pero todas creyeron en sus motivaciones y las llevaron a cabo.

Me parece que en un gran porcentaje, esa es la mejor respuesta a la que puedo llegar. Creer en nosotras mismas es el puntapié inicial para que los veranos sean distintos, para que nuestra vida, al final de cuentas, sea lo que deseamos que sea.

Habilidades

Publicado el

27 abril, 2020