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“PORNO SI, PORNO NO”. Por Maria José Rossi

PRIMER PUBLICACIÓN DEL DOSSIER DE TEXTOS CRÍTICOS PRODUCIDOS EN EL MARCO DE LOS ENCUENTROS SOBRE:

“EL LENGUAJE DEL EROTISMO EN LA NARRATIVA FEMENINA”

Se suele presentar a Las hijas del fuego (2017) como la primera película porno argentina dirigida por una mujer. De Albertina Carri no puedo dejar de evocar Los rubios (2003); el porno me lleva a escenas de sexo sobreactuadas y artificiosas, miembros de proporciones generosas, acompasada repetición: el dichoso acto se repite una y otra vez, apenas acaba vuelve a empezar. Las dudas despuntan apenas comienza el filme. ¿Las hijas del fuego, porno?

La estética de los planos, los paisajes, el road movie que hilvana los episodios, la pequeña historia del comienzo, la voz en off, los textos que se recitan a la manera de manifiestos lésbicos y feministas, el hecho de que una de las protagonistas filme pornografía —ese grado de autorreflexividad o mise en abyme no parece congeniar con la pobreza argumentativa, la linealidad y la literalidad propia del porno… ¿No se trata, más bien, de erotismo? Allí tenemos, por caso, a La lección de piano (1993), de Jane Campion. O incluso, a La niña santa (2004), de Lucrecia Martel. La contraposición parece clara: veladura contra desnudez, deseo contra sexo explícito. La insinuación, la demora, la mirada (no el “ver” a secas, sino el mirar-mirar), el in crescendo en la intensidad de los afectos, límites que se corren, interdictos que se desafían, terceros que espían, reflejos,  son elementos que se hurtan en todo film que se precie de porno. De ahí que un espectador bien pueda sentenciar, a los cinco minutos de iniciada Las hijas, “esto no es porno”.

Sin embargo, más o menos por la mitad del film, cuando comienza a adivinarse que nada demasiado diferente a lo que viene transcurriendo, pasará (todo en el porno es pasajero); que si a las dos primeras protagonistas se les sumó una tercera, y luego, en el transcurso del periplo que sirve de coartada, otras dos más; cuando todo parece augurar que el número seguirá creciendo (la magnitud extensiva en el género supera con creces la intensiva), entonces la duda cede a la certeza: se trata, efectivamente, de una porno. Pero una porno acometida por otras líneas de fuerza que la tensan y la llevan a un territorio extraño a su legalidad. Que la convierten en un producto que no termina de decidirse, gobernado por lógicas renuentes a establecer cualquier tipo de conciliación. Lógicas esquivas entre sí, antagónicas, inconmensurables.

El porno es casi ascético, a sus protagonistas no los muerde el deseo de la carne ni la duda ni la culpa; el que una y otra vez se reanude el acto sexual es parte de su atractivo, para el que poco importa que una narrativa oriente las expectativas del espectador hacia algún tipo de nudo o conflicto. ¿Para qué perder el tiempo? ¡Vayamos a los hechos!

Parte de ese ascetismo reside en la desnudez. Es verdad que En las hijas no siempre los cuerpos aparecen completamente descubiertos, que ciertos planos se empecinan en mostrar apenas fragmentos (el porno admite que el cuerpo se fragmente en penes o vulvas, cuanto mucho, no en hombros, cuellos o rostros). Pero confrontar al espectador con una escena en la que dos o más personas están completamente desnudas realizando una y otra vez el mismo acto sin veladuras, escamoteos o penumbras, lo ubica claramente donde tiene que estar. Vestir y desvestir parece propio de otro tipo de lógica, aquella que sienta las diferencias, no sólo entre los sexos, sino entre las clases. Me viene a la mente Orlando dirigida por Sally Potter (1993): para Virginia Woof, en cuyo libro se inspira, la identidad es cuestión de disfraz.

Cuerpos completamente desnudos remiten a una igualdad en la que toda diferencia se esfuma. Salvo por el color de piel, cuando varios cuerpos desnudos se amontonan, las distinciones sociales ordinarias se amortiguan; no hay elementos que permitan inferir diferencias de clase o de rango —evoco al pasar los cuerpos al servicio de la Legión extranjera en el film Bela Tarea, de Claire Denis (1999). La repetición nos pone cerca de la muerte, es un tic tac que, como un reloj, nos recuerda que la única certeza con la que contamos, mucho más segura que el ansia, la duda o la inquietud punzante a que nos arroja el deseo, cuando no el amor, es que vamos a morir. En filmes más alegóricos (no hay alegoría alguna en el porno), el reloj es el artefacto que evoca la presencia del tiempo, no el traqueteo rítmico de los cuerpos. Cierto que eludimos aquí aquellos elementos que permiten fantasear, esas imágenes con la que el porno llena de combustión los cuerpos y los prepara para la acción. Pero son imágenes de consumo, no pretenden encender la imaginación, llegar al corazón, estimular el pensamiento, perturbar las certezas.

Las hijas del fuego quiere emular ese espíritu (la escena quizá, más explícita, es la que transcurre en la iglesia, en el que sexo, sacrificio y muerte se anudan), pero fracasa por cuanto las imágenes que nos entrega no se prestan al consumo sino, precisamente, a este tipo de análisis que sobraría en caso de que se tratase de una porno pura. Es su impureza lo que consterna. Y es lo que hace a su valor, no sólo a la temeridad del intento, sino al hecho de procurar iniciar una exploración que lleva al borde de los géneros, al límite del éxtasis y también del vacío. La cuestión no es perder el tiempo (el tiempo siempre se pierde) sino cómo lo perdemos. 

Eros contra thanatos, entonces. En ese par podría condensarse la diferencia que separa los géneros si no fuese porque, como dice Bataille en El erotismo, eros tiene también una profunda conexión con la muerte. Pero es una muerte que se mete en los intersticios de la vida, que la recorre en sus desmayos, en sus ansiedades y desvelos. De lo que el porno preserva es del deseo y sus acicates angustiantes. De sus interrogantes, sus incertidumbres, sus finales abiertos. Porno sí, porno no, depende de qué tipo de muerte elijamos.  

Habilidades

Publicado el

8 abril, 2020