
El Poder y lo abyecto, en La Cordillera de Santiago Mitre Por Elen Helen

Las películas de Santiago Mitre tienen un hilo en común: el poder y lo político. Las entrañas del poder, sus diferentes miradas y sus diferentes aristas es una de sus obsesiones. Director de La patota (2015), El estudiante (2011) y Argentina 1985 (2022), todas ellas películas donde la idea de poder está presente de manera notoria. La precisa mirada de la cámara de Mitre pone en escena a través de diferentes historias, un mismo leitmotiv. Más precisamente la idea de frontera, hay un espacio donde Mitre se siente interpelado y lo pone de manifiesto en sus películas, en sus films hay una frontera entre luz, y oscuridad, entre poder y sumisión, entre el bien y el mal, y es en ese límite en el que se mueve la acción dramática.
El estudiante del año 2011 es la ópera prima de Santiago Mitre, y puede considerarse como el germen de La Cordillera, en tanto construcción de poder. En El Estudiante, un joven (Esteban Lamothe) llega a Buenos Aires del interior del país para iniciar sus estudios universitarios, pero prontamente se da cuenta que lo que más le interesa es la militancia política. La Patota del año 2015 es una remake de la obra de Daniel Tinayre, una joven abogada que trabaja en una zona marginal es violada por una banda, pero se niega a quebrarse y marcharse de la zona, aquí las esferas de dominación y sumisión se alternan permanentemente.
La Cordillera, película estrenada en el año 2017, se estrenó de forma inicial en el Festival de Cannes, fue un éxito de taquilla y recibió críticas diversas. La película está protagonizada por Ricardo Darín (como el presidente Hernán Blanco), Érica Rivas, Gerardo Romano y Dolores Fonzi entre otros. La película tiene un in crescendo particular, de cáscara realista, el film poco a poco va ingresando en otro territorio, y a la hora ya estamos inmersos en otra historia dando lugar a lo fantástico donde gana en profundidad.
Al comienzo de la narración ingresamos de manera errática a la cocina de la Casa de Gobierno, con escollos absurdos estamos en el seno del poder, un mcguffin irrisorio, para luego dar lugar, ahora sí, a las entrañas, a lo doméstico de la política.
El eje gira en torno al desarrollo de una cumbre en la cordillera, en una cumbre de presidentes latinoamericanos en Chile, donde se trazan las estrategias geopolíticas y las alianzas para la región, muy al estilo de la serie americana House Of Cards (2013). La película tiene muchas capas de sentido. A medida que avanza el film todo parece ser una cáscara tras cáscara, para llegar en el clímax al corazón de la historia.
Bajo un encandilante manto blanco de la cordillera patagónica, se erige el más oscuro de los relatos, la música y la fotografía, contribuyen a crear una atmósfera enrarecida. La fotografía de Javier Julia plagada de contrastes, el juego permanente de sombras y el claroscuro expresionista nos remite directamente a un cuento de terror. La articulación que realizan Mitre y Julia en el contraste blanco, negro, parecen ser por momentos el test de Rorschach, específicamente en los planos generales de las montañas. Este test de manchas de tinta es un tipo de prueba desarrollada por la escuela de psicología proyectiva. Durante el test de Rorschach se somete al paciente a una serie de imágenes para analizar su personalidad. De esta forma, se conoce como test de las manchas debido a que las imágenes están caracterizadas justamente por ellas, y anticipa una película donde descubrir la personalidad o la verdadera identidad de los protagonistas es central en la diégesis.
Los planos generales cuando la comitiva nacional ingresa a la cordillera, recuerda a El Resplandor (1980) de Stanley kubrick, los laberínticos de sus caminos indican el ingreso a otra dimensión, donde ya nada es lo que parece, prima la suspicacia, el detalle y la ambigüedad en cada una de las acciones. El juego del fuera de campo y ese clima de conspiración es el mismo que en El Bebe de Rosemary (1976) del polaco Roman Polanski.
La escena que marca el punto de quiebre en el cambio de tono de la historia es la escena de la hipnosis. Dolores Fonzi o Marina, la hija del presidente Hernán Blanco es inducida a un trance mediante la hipnosis, es en este punto que los secretos del hombre común se van descubriendo y se corre el velo a los misterios mejor guardados. La actuación de Darín Y Fonzi interpela con un nivel de intimidad tal que traspasa la pantalla. Una película grandilocuente que poco a poco da lugar a los gestos, los primeros planos, la oscuridad y deformidad de la puesta nos acerca más y más a lo escondido.
En la cumbre de presidentes, no falta la presencia de los medios de comunicación y es una periodista española quien es la encargada de realizar las entrevistas, la actriz española Elena Anaya funciona como oráculo en la historia, cociendo a fuego lento al presidente argentino Hernán Blanco.
La Cordillera es una película sutil, sin estridencias pero de forma contundente nos envuelve en una atmósfera de misterio y sofisticación, luego de pasar por distintos andariveles, da paso al mal más primigenio, este se pone de manifiesto, y no necesita de tridentes ni de cuernos y emerge desde los subsuelos mismos de las tierras nevadas.


