
Los tonos mayores: La presencia de una ausencia Por Laura Díaz

Crecer es hacer un duelo: es dejar atrás algo para transformarse en otra cosa. Eso es en parte la adolescencia: descubrir quiénes somos y quiénes vamos a ser. Ahora, ¿qué pasa cuando eso se solapa con otras pérdidas?, ¿cuándo el duelo también es el de alguien como una madre? Esa ausencia, real y simbólica, se empareja y se hace necesario encontrar un porqué.
Eso le ocurre a Ana (Sofía Clausen) en Los tonos mayores (2023), la ópera prima de Ingrid Pokropek, directora y guionista. A sus 14 años, la joven recibe en la placa metálica de su brazo (secuela de un accidente) unas frecuencias que intenta decodificar. El largometraje relatará la búsqueda de un significado para ese significante enigmático.
En ese camino, Ana indagará diferentes posiblidades. Ya el título remite a una: la música como medio de comunicación alternativo y universal. Esta referencia a Encuentros cercanos del tercer tipo (Close Encounters of the Third Kind, 1978) no está solo allí: ella ve esta película con su padre. Ahí los tonos mayores son la secuencia compuesta por cinco notas que usan los protagonistas para entablar diálogo con los extraterrestres.
Porque si bien la historia tiene cierta pretensión realista (plagada de detalles caros a quienes vivimos en el conurbano como el taxi que no cruza General Paz, o las menciones al saldo negativo de la SUBE), esa búsqueda la asemeja a uno de los géneros más predominantes de la ficción rioplatense, el fantástico. En la tradición urbana de Julio Cortázar (cuentos como “Casa tomada” u “Ómnibus”) o Samantha Schweblin (Pájaros en la boca), las calles son las reales de la ciudad de Buenos Aires, pero irrumpe algo que produce un extrañamiento. Y, como en todo relato fantástico, hay que darle un sentido a ese misterio.
Ese vínculo con el fantástico tiene también su correlato con películas que abrevan de lo literario como Trenque Lauquen (2022), en la que además Pokropek fue productora. En ambos casos, el misterio es lo que guía la trama y permite que la realidad se entrelace con lo fantástico.
La vacilación ante la falta de respuestas refuerza otro punto clave de la película: los problemas de comunicación. Su padre (Pablo Seijo) está enfocado en su trabajo y en rehacer su vida amorosa, y pierde a Ana un poco de vista. De hecho, esta desconexión se ilustra en la escena en que miran la película: ya no le prestan atención a las mismas cosas. Lo mismo ocurre con su mejor amiga, Lepa (Lina Ziccarello). La acompaña en su recorrido inicialmente, y juntas componen “La canción del latido”, pero ante lo inevitable de los primeros escarceos románticos, se desencuentran. Dejan de hablar el mismo idioma. Una pérdida más.
Eso la lleva a Ana a sentir que debe enfrentarse sola al mundo. Y así, gracias al aporte del joven militar Pablo (Santiago Ferreira) ella recorre la ciudad a través de un mapa creado a base de estatuas, monumentos y lugares icónicos. ¿Y encuentra lo que busca?
Tzvetan Todorov en su clásica taxonomía del género fantástico señala que lo puramente fantástico es aquello sobre lo que no hay una explicación definitiva. Y si bien a lo largo del filme se ensayan interpretaciones variadas, no se nos da una certeza. ¿Qué es lo que pasaba? ¿Era realmente la placa captando frecuencias de radio? ¿Cómo coincidían con el código Morse? ¿Y el encuentro en el bar es casual?
Dentro del cine argentino, Ana es parte de una genealogía de adolescentes diferentes, especiales. Abreva de protagonistas de Lucía Puenzo en películas como XXY (2007) y El niño pez (2009): sensibilidades distintas. Y esto lleva a pensar en también un linaje femenino para la directora.
Más allá de su trabajo en la productora El Pampero con Laura Citarrella y Laura Paredes, coincidió el estreno de Los tonos mayores con Alemania (2023) de María Zanetti y Vera y el placer de los otros (2023), cuya codirectora es Romina Tamburello. Otros relatos de iniciación, también enfocados en jóvenes mujeres. Incluso las tres se presentaron en la 38° edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata.
Eso es consecuencia de una búsqueda, pero también nos plantea un nuevo enigma. Cada uno de estos filmes es heredero de una época, de un auge feminista. Un momento en que mujeres y feminidades decidieron hacer escuchar su voz, sus historias, sus problemas; y había ojos y oídos dispuestos a hacerlo. Pero los tiempos han cambiado y los vientos ya no están tan a favor.
Otro cambio lo marca la situación actual del INCAA. Si bien Los tonos mayores es una producción independiente (y esto se nota en lo acotado de ciertos recursos), las otras cuentan con apoyo de la institución. La disminución de incentivos económicos para la producción nacional conducirá, indiscutiblemente, a una merma de relatos cinematográficos. Y, sin lugar a dudas, más allá de la pretensión de futurología, a un menoscabo de historias más ingenuas, intimas y “menores” como la de la cinta de Pokropek.
Será una incógnita que revelaremos en estos años. Y, a diferencia del de Ana, tendrá una respuesta (aunque probablemente nos guste menos que la que ella encuentra). Nos quedará siempre tejer redes, conformar círculos donde hallemos los signos, los significados y, especialmente, los espacios de comunicación que habiliten estas conversaciones. Porque si algo aprendió Ana es que el olvido es un ejercicio activo y no debemos permitir que eso ocurra.


