
La muerte no existe y el amor tampoco: Ir, volver, morir y ¿renacer? Enfrentar el pasado y el presente por Marcos Giménez

Existe una realidad compartida por muchos jóvenes estudiantes provenientes del interior de nuestro país que define su crecimiento y formación como personas: abandonar el pueblo para asistir a la universidad. Las limitaciones en el ámbito educativo llevan a muchos al éxodo hacia las grandes urbes, en búsqueda de oportunidades en la construcción de un porvenir. Intentar hacer camino en otro lugar implica irremediablemente dejar el de origen, y con ello, detener una vida. Tarde o temprano, con o sin el deseo, la vuelta es inevitable.
El regreso al pueblo natal y el reencuentro con un pasado inconcluso es entonces una temática potenciada por un contexto con gran cuota de realismo que el cine ha sabido retratar en numerosas ficciones. La muerte no existe y el amor tampoco (2019) es un exponente nacional de cómo abordarla brindando una perspectiva distinta de la más convencional. En vez de intentar mostrar la evolución y cambio de los desterrados, busca rememorarles con crudeza que se encuentran más atados a un pasado de lo que les gustaría y que lo pretérito ha logrado seguir adelante pese a su ausencia. Esta es la situación de Emilia — interpretada por Antonella Saldicco en su primer papel protagónico — para quien irse del pueblo significó una vía de escape más que una oportunidad de crecimiento. Ahora vive en la Ciudad de Buenos Aires, lugar donde estudió, se recibió de psiquiatra y actualmente trabaja en un hospital, pero es oriunda de un pueblo en Santa Cruz. A pedido de la familia de Andrea (Justina Bustos), su amiga de la infancia, Emilia decide volver para conmemorar el aniversario de su fallecimiento. Luego de varios años de espera, la familia tiene permitido exhumar el cuerpo y han decidido esparcir las cenizas. Su regreso resulta más un compromiso que un deseo propio. La familia de Andrea la acogió y le dio el cariño que no tuvo en la suya durante su niñez y adolescencia, por lo que se siente que debe ayudarlos a cerrar esta etapa, a poder finalizar el duelo. Emilia cree no tener mucho más que esperar de su lugar natal. Su única familia es su padre (Fabián Arenillas), con quien nunca tuvo demasiado vínculo debido a estar siempre ausente. Aunque tampoco se siente entusiasmada por la realidad que vive en la capital federal. Está de novia con Manuel (Francisco Lumerman) pero no puede dimensionar el futuro de la pareja. Para Emilia, el enamoramiento es algo pasajero. Dura un tiempo y después se desvanece. Sin embargo, su llegada al sur y su reencuentro con Julián (Agustín Sullivan), un antiguo amor frustrado, le hará cuestionar sus creencias.
La película del director Fernando Salem es una libre adaptación de “Agosto”, novela de Romina Paula, quien incluso participa en el filme en un papel pequeño. En la novela, la construcción del relato se hace totalmente a través de la óptica y voz de su protagonista en forma de epístola, dirigiéndose a su difunta amiga en una recapitulación de hechos que, por momentos, parecen ser tan cercanos y sensibles debido a la vorágine emocional que expresan sus palabras. En otras ocasiones, esas vivencias se narran como recuerdos vagos y pasajeros, pareciendo casi ajenos a la experiencia de Emilia. Esta ambivalencia es tal vez uno de los elementos más atractivos de la novela. Poder explorar la complejidad, lo consecuente, lo incongruente de los pensamientos de la protagonista y la manera en la que interpreta lo que ocurre a su alrededor la vuelven humana, natural y digna de toda empatía.
Si se tratase de lograr fidelidad a la verborrágica versión de “Agosto”, el filme, tal vez, debiera recurrir a una voz en off que lo explicite todo, en un uso casi constante hasta el hartazgo. Sin embargo, la Emilia de La muerte no existe y el amor tampoco está plagada de silencios, miradas y expresiones que son capaces de exteriorizar los pensamientos y conflictos de la melancólica protagonista — de una Saldicco sutil pero certera — obteniendo así una narrativa más dinámica y, a su vez, menos condescendiente con el espectador. El guión, coescrito por el propio Salem y Esteban Garelli, es también capaz de diferenciarse de la novela reemplazando esta comunicación constante de Emilia hacia Andrea a través de un elemento clave: la introducción de esta última como un personaje más. Con la salvedad de mostrarse como un espíritu — o casi un ángel — perceptible sólo para la protagonista y que, sin tener ningún diálogo, la acompaña a lo largo de muchas escenas, siendo su cómplice y confidente. La construcción de estos personajes introspectivos, caracterizados por el silencio externo pero dominados por el ruido interior, representan uno de los elementos distintivos de la corta pero prometedora filmografía de Salim. Es fácil señalar las similitudes que guardan con otros personajes presentes en su producción anterior y ópera prima Cómo funcionan casi todas las cosas (2015), la cual también comparte el mismo dúo de guionistas.
Con una dirección que sabe aprovechar la inmensidad del esteril paisaje estepario, en una ciudad lejana y alejada de todo, con un clima frío y hostil, se crea una disonancia perfecta con sus habitantes. Son ellos los que dotan de calor y vida al relato. A través de las risas y lágrimas de Úrsula — encarnada por Susana Pampín en un papel desgarrador — la madre recordando a Andrea; en un padre arrepentido por no poder dedicarle tiempo a Emilia pero que hoy tiene otra oportunidad con una nueva familia; en los amigos y sus preguntas incisivas y reflexiones incómodas; en el amor que pudo haber sido pero que no fue. La gente, los lugares y los objetos devuelven la vida a algo que ya no la tiene. Por eso, la muerte no existe, porque Andrea sigue viva en la memoria de todos los que la amaron, pero el amor tampoco existe, porque no hay forma de recuperar el tiempo. Ni de enmendar lo roto. Ni de revivir a los muertos.
Las primeras palabras con las que comienza “Agosto” son capaces de sintetizar la emoción que también abraza a la película: “Tanto libro, tanta película en la que todo se resuelve con amor, por amor. Donde el amor salva. Y, acá en el mundo real, en esto que conozco como real, el amor no solo no salva, si no que ni siquiera es suficiente”.
La muerte no existe y el amor tampoco tuvo su estreno en el marco del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata de 2019 y en el primer trimestre de 2020 fue proyectada en múltiples salas de todo el país logrando una buena recepción y convirtiéndose en el segundo estreno argentino más visto justo antes del comienzo de la pandemia de COVID-19. La interesante propuesta de la banda sonora a cargo de Santiago Motorizado, integrante de la banda “El mató a un policía motorizado”, y el acompañamiento del propio director en muchas de las proyecciones, lograron un mejor alcance y desarrolló un contacto más estrecho con el público. Actualmente la película se encuentra disponible para ser vista de forma gratuita en la plataforma de CINE.AR PLAY.


