
Desearás al hombre de tu hermana: Superficies de placer: erotismo y absurdo Por Martín Vecchio

En su diario personal, el pintor expresionista Edvard Munch escribió el motivo por el que le resultaba difícil explicar sus cuadros: “La razón por la que se ha pintado es porque no puede explicarse de otra manera”. Detrás de toda expresión artística hay un intento de plasmar una idea mediante un medio, una técnica y una forma de ejecución. Y aunque el resultado final debería ser el reflejo del concepto original, una vez que la obra se expone, la interpretación queda en manos del público. Toda forma de arte es subjetiva, y el cine no es la excepción.
Por más que una película intente ser clara con sus intenciones, siempre existe la posibilidad de que se produzca un cortocircuito entre ella y su audiencia. Desearás al hombre de tu hermana (2017) es uno de esos casos. A pesar de ser una propuesta distinta dentro del panorama del cine argentino, el cuarto largometraje de Diego Kaplan, basado en la novela homónima de Érica Halvorsen, fue recibido con frialdad.
Ambientada en lo que parece ser la década del 70, la película narra la tensa dinámica familiar entre las hermanas Ofelia (Carolina “Pampita” Ardohain) y Lucía (Mónica Antonópulos). Tras años sin contacto, se reencuentran en la casa de su infancia durante el casamiento de Lucía con Juan (Juan Sorini). Lo que parece ser una complicada reunión familiar se convierte en la excusa para que salgan a la luz una serie de secretos familiares que podrían destruir la vida personal de ambas.
Con un erotismo exagerado, una estética híperestilizada y guiños a las telenovelas argentinas de los años ochenta —como “Amo y señor”, mencionada como influencia por el propio director—, la película no oculta en ningún momento que se trata de una comedia. Desde el primer plano se permite cruzar ciertos límites, por más incómodos o alienantes que resulten. Parte de la crítica destacó a Desearás… como objeto atípico dentro del cine nacional. El público, en cambio, la ridiculizó casi de forma unánime.
Es imposible abordar esta película sin revisar su contexto de estreno. “La película de Pampita” —como aún se la recuerda— marcó el primer y hasta ahora único protagónico de la modelo en el cine argentino y llegó a salas poco después de su mediática separación de Benjamín Vicuña. Esto derivó en una cobertura de prensa inusual, donde los programas de chimentos hicieron foco en sus limitaciones actorales. Lejos de esconder esta fragilidad, Kaplan la transforma en un recurso narrativo: el personaje de Ofelia domina la historia a través de grabaciones de su diario íntimo, que aparecen en off como piezas clave del tono general.
Si bien el film guarda un parentesco espiritual con el cine erótico de Armando Bo, Desearás… apuesta por una forma más contenida. Hay menos desnudez y mayor estilización visual, con secuencias en cámara lenta, travellings precisos y una atmósfera por momentos onírica. Puede trazarse un paralelo con Fuego (1969), donde Isabel Sarli interpreta a una mujer impulsada por el deseo y la culpa, en un conflicto similar al que viven Ofelia y su prometido Andrés (Guilherme Winter).
La película abraza lo camp en todos sus aspectos: desde las locaciones —especialmente la casa donde transcurre gran parte de la acción— hasta los diálogos antinaturalistas, muchos de ellos doblados con la misma torpeza artesanal que un giallo o un eurowestern. Parte de lo que se puede ver en pantalla aparece en trabajos anteriores del director. Kaplan aborda las relaciones humanas entreveradas con el deseo sexual en Dos más dos (2012) y volvería a hacerlo con la serie “Felices los 6” (2024). El estilizado trabajo de arte puede ligarse tanto a sus años al frente de publicidades y videos musicales como a sus trabajos en televisión. De estos últimos destaca “Mosca y Smith en el Once” (2004-205), donde la estética del cine de los 70 y el humor bizarro son parte integral de la trama.
La clave de Desearás… es que no se toma en serio. El drama familiar se aproxima más a una película porno que a un film de Bergman: dos hermanas en extremos opuestos del deseo sexual, una madre (Andrea Frigerio, la MVP del reparto) que nunca tuvo reparos en exponerlas al placer desde la adolescencia, orgasmos confundidos con epilepsia, pastillas anticonceptivas llamadas “la píldora de la felicidad” y una boa que simboliza, literalmente, el falo de un marido muerto. En comparación, una película como Babygirl: Deseo prohibido (Babygirl, 2024), que pretendía ser un regreso a un cine con tintes de erotismo como los que se solían producir en Estados Unidos en las décadas del 80 y 90, fracasa en su objetivo y acaba resultando graciosa, aunque esa no sea su intención.
Pero, aunque es inteligente y absurda en dosis parejas, la de Kaplan no es una película perfecta. Su apuesta por el exceso exige del espectador una aceptación del código desde el principio. Si ese pacto se rompe —sea por prejuicio, desconcierto o desinterés—, la experiencia se convierte en algo ajeno y frustrante. Ocho años después de su estreno, y a pesar de que cada vez más personas comienzan a resignificarla, no está disponible en ninguna plataforma de streaming en Argentina, donde hay un público que todavía no sabe lo que se está perdiendo.
Nadie se propone hacer una película de culto o, mejor dicho, nadie quiere que su obra fracase en taquilla y recién sea valorada con el paso del tiempo por sus méritos artísticos. El cine es arte, sí, pero también es industria. Más aún en un país como Argentina, donde cada subsidio del INCAA se escruta con lupa. En 2017, cuando los títulos nacionales más vistos fueron Mamá se fue de viaje, El fútbol o yo y Nieve negra, la propuesta de Diego Kaplan parecía un OVNI: desconcertante, desubicada, fugaz.
Ocho años después, tal vez aún cueste explicar del todo por qué esta película puede considerarse una obra de arte. Pero tal vez —como escribió Munch— Desearás al hombre de tu hermana se filmó porque no podía explicarse de otra manera.


