Depredador: En la selva se escuchan tiros Por Martín Vecchio

“¿Cuál es la ley de la selva? Golpea primero y pregunta después”.
Rudyard Kipling
Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos construyeron su identidad nacional en oposición a la amenaza constante de un enemigo externo. El nombre de esta otredad cambiaba: podía ser el comunismo, el narcotráfico o el terrorismo, pero la narrativa que predominaba era la de vigilar, intervenir y, de ser necesario, hacer la guerra. Esta lógica se filtró en el cine de acción de los años ochenta, donde el soldado se convertía en un emisario que debía luchar contra todo lo que alteraba el orden del llamado “mundo libre”.
Es en este contexto donde el estreno de Depredador (Predator, 1987) se presenta como una anomalía, subvirtiendo las convenciones del género para crear un monstruo único, de forma tanto literal como figurada.
El juego más peligroso
En este film, escrito por Jim y John Thomas y dirigido por John McTiernan, un escuadrón estadounidense de élite es convocado por la CIA para llevar a cabo una operación encubierta en la selva de un país de Centroamérica. Pero pronto deberán enfrentarse a un enemigo que intentará cazarlos uno a uno.
Dutch (Arnold Schwarzenegger), el líder del grupo, se presenta como un faro moral. Durante su encuentro con Dillon (Carl Weathers) para conocer los detalles de la misión, revela que no aceptó un trabajo en Libia por integridad: “Somos un equipo de rescate, no asesinos”. Esto entrará en conflicto cuando, luego de arrasar con el campamento guerrillero, se revele que la supuesta extracción de un funcionario secuestrado era en realidad una excusa para impedir una invasión a un país aliado de los Estados Unidos. Dillon, como agente de la agencia de inteligencia, traiciona los ideales de Dutch y deberá pagar por eso.
Hasta aquí podría ser la trama de una película de acción de la época, al estilo de Rambo II (Rambo: First Blood Part II, 1985) o Comando (Commando, 1985), pero es apenas un punto de giro. A partir de ese momento, el relato muta hacia lo monstruoso: un otro, sin ideología ni conflicto político, desarma la lógica del heroísmo que los Estados Unidos de Ronald Reagan habían construido, en una suerte de versión extrema del cuento “El juego más peligroso”, de Richard Connell.
Para esta tropa, lo monstruoso del depredador es que no respeta ninguna regla del combate. Su presencia —anticipada por los cuerpos desollados de otro grupo de tareas— es representada en buena parte del metraje mediante el punto de vista de una cámara térmica, lo que genera una tensión que comienza en el espectador y, una vez que los personajes empiezan a sentir su presencia, se traslada hacia ellos.
De origen desconocido
Lejos de presentar una historia de origen —algo que harán las posteriores secuelas— la criatura extraterrestre no tiene nombre y su procedencia es desconocida. No ataca por venganza, ni por dinero, ni por ideas políticas: su objetivo es estudiar a su presa, cazarla y recolectar su cráneo como trofeo.
Homi K. Bhabha propone que “el monstruo aterroriza con la lógica del doble, mimetiza al colonizador y devuelve su mirada”. Así como esta tropa no tiene reparos en agotar su escasa munición cuando cree ver al monstruo mimetizado frente a ellos, la respuesta que reciben será igual de letal.
Pero, a pesar de sus actos de violencia extrema, esta criatura no ataca primero ni dispara a quienes no portan armas. Al entender esta lógica, Dutch “salva” a Anna (Elpidia Carrillo), la única sobreviviente del campo de guerrilleros, al decirle que no tome un arma y corra hacia el helicóptero ubicado en el punto de extracción.
La habilidad del extraterrestre para camuflarse con la selva dota al escenario de una carga tanto geográfica como simbólica. No solo representa el terreno de la lucha contra la guerrilla, sino que remite también a la guerra de Vietnam, donde las tropas estadounidenses se enfrentaron y perdieron contra un enemigo que, al igual que aquí, podía volverse “invisible” en su entorno. Como afirma Jeffrey Jerome Cohen, “el monstruo nace en esta encrucijada metafórica, como encarnación de un determinado momento cultural: de un tiempo, un sentimiento y un lugar”.
Los últimos héroes de acción
Además de Schwarzenegger y Weathers, el grupo es interpretado por Billy (Sonny Landham), Blain (Jesse Ventura), Poncho (Richard Chaves), Mac (Bill Duke) y Hawkins (Shane Black, antes de convertirse en el guionista mejor pago de Hollywood). A excepción de estos dos últimos, el resto simboliza el ideal del héroe de acción de la década: hombres hipermasculinizados, con cuerpos esculpidos hasta el exceso, que cargan armas pesadas con una facilidad imposible para el resto de los mortales.
A la hora de hablar del cine de acción en tiempos de Reagan, Susan Jeffords afirma que “los cuerpos duros funcionan como prueba de control, del orden sobre el caos, del triunfo de la masculinidad sobre el desorden del mundo”. El monstruo, en cambio, es alto y no muestra una musculatura trabajada. Interpretado por Kevin Peter Hall, la criatura utiliza el entorno y tecnología de avanzada para dividir y vencer a sus enemigos de forma precisa, otra de las subversiones que presenta McTiernan.
Si bien este paradigma del héroe de acción empezaría a cambiar con Arma mortal (Lethal Weapon, 1987) y Duro de matar (Die Hard, 1988), el fin de los tanques cinematográficos iniciados en esa época no llegaría hasta la década siguiente.
Volver al barro
Cuando el enfrentamiento se reduce a uno contra uno, Dutch ya no es el comandante de un escuadrón ni el brazo armado de los Estados Unidos. Es solo un hombre cubierto de barro, obligado a desprenderse de todo aquello que representaba poder. No tiene armas, no tiene aliados, no tiene superioridad tecnológica. El barro no solo lo vuelve invisible ante el monstruo: lo regresa a un estado primitivo, anterior a la guerra, a la máquina, incluso a la identidad.
Este último acto anticipa, más de tres décadas después, el planteo central de Depredador: La presa (Prey, 2022). Allí, Naru (Amber Midthunder), una joven de una tribu comanche, se enfrenta a otro extraterrestre bajo una lógica similar: no puede vencerlo desde la fuerza ni con armas de fuego, pero sí mediante el conocimiento del entorno, la estrategia y la comprensión de las reglas del cazador.
A diferencia de Aliens: El regreso (Aliens, 1986), donde Ellen Ripley (Sigourney Weaver) debe recurrir a un exoesqueleto para destruir a una criatura tan primal como violenta, en Depredador el héroe debe despojarse para sobrevivir y, a diferencia de la criatura, que cuenta con un traje especial, debe volverse uno con el entorno. A diferencia del espacio exterior, la selva —sea en América Central o en las Grandes Llanuras de los Estados Unidos— impone sus propios códigos, y lo verdaderamente letal no es siempre lo que irrumpe desde otro mundo, sino aquello que, confiado en su fuerza, es incapaz de comprender el mundo en el que pisa.
Muere monstruo, muere
Tras la muerte de la criatura, no hay catarsis. Dutch es rescatado con el cuerpo aún cubierto de barro, pero sus ojos parecen vacíos y su rostro está aún más endurecido. La cámara no lo muestra épico ni triunfante: lo encuadra como un sobreviviente, despojado de todo lo que lo hacía reconocible como soldado. Ha triunfado solo porque el monstruo prefirió inmolarse antes que ser atrapado y, aun así, no existe la certeza de que otros como él no regresen para continuar la cacería, como sucederá en las secuelas de la franquicia.
El silencio dentro del helicóptero no es de paz, sino de agotamiento. Ya no hay discurso posible, ni causa, ni bandera. La selva, escenario de la cacería, no ha sido conquistada: simplemente lo ha dejado ir. Tras desprenderse del uniforme, del lenguaje y de la tecnología, la figura del héroe quedó hecha añicos.
En Depredador no hay redención ni transformación gloriosa, solo despojo. Lo monstruoso no desaparece con la muerte del alienígena, sino que permanece como rastro, como pregunta sin respuesta. Dutch sobrevive, pero ya no representa al soldado que lideró la operación ni al hombre que cuestionaba los excesos de sus superiores. Lo que queda es alguien que ha sido cazador y presa a la vez. En el fondo, tal vez él también se haya vuelto monstruoso. O peor aún, tal vez el monstruo al cual enfrentó solo era un espejo.



