
El otro hermano: sobre esta tierra arrasada Por Claudio Marcelo Mion

“La idea era transformar el libro en una película y no hacer un apéndice visual del texto. Siempre hay que adaptar, no transcribir.” Esto decía Israel Adrián Caetano en un reportaje del diario Página 12 del 19 de marzo de 2017, pocos días antes del estreno en los cines de su película El otro hermano. Es una definición muy acertada ya que lo que hace Caetano es apropiarse y dar vuelta la novela “Bajo este sol tremendo” del chaqueño Carlos Busqued, publicada en el año 2009 por la editorial Anagrama y finalista del Premio Herralde de Novela del año 2008; manteniendo su idea central y la caracterización de sus personajes principales.
La novela de Busqued, de profesión ingeniero y fallecido repentinamente en 2021 a la edad de 50 años, fue un éxito de crítica y de ventas, y pesar de no haber ganado el premio fue publicada a pedido del propio Jorge Herralde, editor de Anagrama. Caetano la había leído unos años después de su publicación y siempre se sintió atraído por ese micro mundo en descomposición, plagado de personajes marginales y corrupción. También por esa mezcla de policial y western urbano tan afín al mundo de Caetano, uno de los iniciadores del Nuevo Cine Argentino con Pizza birra, faso (1998) y una carrera notable con obras como Bolivia (2001), Crónica de una fuga (2006) y sobre todo Un oso rojo (2002), con la que esta película guarda muchas similitudes estilísticas y de desarrollo.
Tanto la novela como la película parten de la misma premisa: Javier Cetarti (Daniel Hendler), una persona gris sin rumbo ni ambiciones, arriba el pueblo chaqueño de Lapachito por el llamado de Duarte (Leonardo Sbaraglia), una suerte de albacea y ex compañero del ejército de Molina, quien mató de dos escopetazos a su madre y a su hermano, que hace años no veía. Con la excusa del cobro de un seguro de vida, Cetarti, impávido y naturalizando de cierto modo la violencia que lo rodea, se ve envuelto en las actividades delictivas de Duarte, que incluyen secuestros extorsivos con la ayuda del hijo de Molina, Danielito (Alián Devetac), fruto de un antiguo matrimonio con Marta (Angela Molina).
“No vio nada lindo, casi todas las casas y edificios tenían la pintura descascarada y en muchas paredes se veían grietas y bastantes gruesas, producto del hundimiento desparejo de las construcciones”. Caetano logra, con el apoyo del director de fotografía Julián Apezteguia (El ángel, El clan) y la dirección de arte del uruguayo Gonzalo Delgado Galiana (Whisky), reproducir muy fielmente lo que el escritor refleja sobre Lapachito, el pueblo donde va a transcurrir prácticamente toda la historia. Todo es decrepito y abandonado, un lugar totalmente olvidado de la Argentina profunda. Calles polvorientas, bares decadentes, un paisaje rural totalmente empobrecido, que funcionan como escenario del deterioro social y moral de los personajes, un lugar sin ley. También es notable la ambientación de los espacios cerrados como las casas, la morgue, el crematorio, la comisaria y la acumulación de objetos de todo tipo en esos espacios (revistas y libros viejos, muebles derruidos, videocasetes, bicicletas, basura), pareciera que se huele la humedad y el sudor de las personas, con ese calor sofocante que impregna todo.
De las muchas diferencias entre el libro y la adaptación de Caetano hay una muy notoria y es el espacio en que se mueven los personajes de Cetarti y Duarte. Mientras que en la novela Cetarti va y viene desde Lapachito a Córdoba, en la película se queda en el pueblo a esperar el cobro del seguro y ocupar la casa que era de su hermano. Eso es un logro de la adaptación ya que esa cercanía permite sea más fluida la relación entre los personajes en ese mismo ambiente opresivo y sofocante. La película es mucho más condescendiente con el espectador que el libro, con un grado menor de perversidad presente en varios pasajes de la historia.
Tanto en la adaptación de Caetano como en la obra de Busqued es el dinero el que mueve la acción de los personajes, y constituye el único fin para su vida diaria. El llamado de Duarte a Cetarti para cobrar un seguro, ilegal desde un principio (“vamos a ir todos presos” dice en un momento el personaje de Hendler), las coimas (“palometas”) que debe dar Duarte para que se haga efectivo, el cobro bajo extorsión de secuestros exprés que rememoran épocas oscuras, vaciar una cuenta bancaria bajo amenaza, vender objetos de familia y todo lo que se pueda sin ningún sentimiento ni culpa a cualquier precio, incluido un auto en estado ruinoso sin documentación. Es ahí que aparece un personaje que no tiene muchas escenas y no está en la novela, pero importante para relacionar personajes y es Enzo, interpretado por Pablo Cedrón, el dueño de un galpón de compraventa donde cualquier transacción es posible de realizar. El dinero lo es todo, y puede guardarse en los lugares más insólitos, como en una heladera o dentro de una urna funeraria luego de tirar las cenizas en un inodoro.
Los animales son feroces y salvajes en la historia, una intimidación constante a los personajes, como si se tratara de un territorio inhóspito y cruel, y tanto en el libro como en la película son una amenaza a los humanos. Es claro también que esa animalidad, tarde o temprano, se va trasladar también al comportamiento de las personas. Los documentales que Cetarti y Danielito ven, o escuchan de fondo en algunas escenas, son de animales exóticos, crueles, como elefantes en apariencia tranquilos que matan personas (es brillante el detalle de la remera de Cetarti con un elefante a modo de premonición como en la tapa del libro). También los escarabajos, un buey enloquecido que rompe la puerta de la casa de Cetarti, los perros salvajes drogados con pastillas tranquilizantes que muerden al personaje de Angela Molina y el ajolote, ese pez de apariencia prehistórico, que Cetarti encuentra en la casa de su hermano asesinado y va servir como acercamiento con Danielito, en el único momento empático de la película, poco antes del final.
Leonardo Sbaraglia logra una interpretación perfecta, quizás una de los mejores de su carrera, en el papel de ese Duarte que “tenía una sonrisa amplia y una dentadura asquerosa, abundante en diente amarillentos comidos por las caries”, como lo describe Busqued. Es la representación del mal absoluto, sin ningún grado de redención. Lo de Daniel Hendler también es notable, un personaje abúlico, despedido de una oficina pública (“sos el único caso en la historia de la humanidad”, le dice Duarte), desinteresado de cualquier otra cosa que no sea ver documentales en la televisión, fumar porro todo el tiempo y juntar plata para irse a Brasil. A ellos se suman las destacadas actuaciones de Alejandra Flechner (víctima de uno los secuestros de Duarte, protagonista de la escena más arriesgada de la película), el Danielito de Alain Devetac (una verdadera revelación), y Pablo Cedrón, el chatarrero del pueblo, fallecido poco después del estreno de la película.
Lo político sobrevuela la novela, pero no lo hace en forma muy explícita. Si menciona que Duarte con Molina, ex suboficiales de la Fuerza Aérea, sirvieron en Tucumán durante la dictadura militar, y describe en detalle una acción con varios caídos “en combate”. En cambio, Caetano, en forma sutil, introduce elementos que hacen inconfundible que se trata de un feudo de nuestro interior, y donde el Estado está prácticamente ausente. El cartel de Morales intendente sobre la cabeza de Duarte en el primer plano de la película, la gorra de Danielito con la misma inscripción, el letrero de Presidencia de la Nación indicando la puesta en valor del barrio histórico, y la promesa de un Polo Científico, construcción abandonada en un lugar en el que suben las napas y se inundan las calles con materia fecal por la falta de cloacas.
Es en ese lugar donde ocurre el final de la película, muy distinto del libro. Es un viaje sin retorno y el director le da un final cerrado a la historia que el relato de Busqued no tiene. La novela enfatiza lo banal y vacío de la existencia humana en un entorno degradado y así llega a su final abierto. Caetano, en cambio, profundiza en la última media hora con su maestría habitual para la puesta en escena la total perdida de moral de los personajes como símbolo de una sociedad podrida. De la que, aunque parezca lo contrario en ese prolongado plano final, nadie se salva.



