
Peeping Tom: No soy un voyeur, soy un fotógrafo Por Luciano Cundino

Peeping Tom, también llamada “El fotógrafo del pánico” fue un rotundo fracaso al momento de su estreno y el principio del fin de la carrera de su director Michael Powell (1905-1990), quien había logrado un éxito rotundo mediante su asociación con Emeric Pressburguer (1902-1988), codirigiendo clásicos como Narciso Negro (Black Narcissus, 1947) y Las Zapatillas Rojas (The Red Shoes, 1948). Algo que en cierta forma que pudo haber opacado la recepción de Peeping Tom fue el estreno ese mismo año de la obra maestra de Alfred Hitchcock (1899-1980), Psicosis (Psycho, 1960). Una película que comparte rasgos muy similares con la de Powell en cuanto a la figura del hombre atravesado por un padecimiento mental severo.
El fotógrafo del pánico nos introduce en la vida de Mark Lewis (Karlheinz Böhm), un introvertido fotógrafo y operador de cámara que trabaja para una compañía cinematográfica. Su pasión absoluta es la fotografía y desde que tiene memoria, Mark fue objeto directo de crueles experimentos por parte de su padre, un científico que lo filmaba en situaciones aterradoras para estudiar el miedo en el ser humano, traspasando todo limite posible. Esto evidentemente lo marcaria para siempre ya que ese trauma lo ha convertido en una especie de “Monstruo” que no puede controlar sus impulsos y que incluso utiliza su trípode como arma asesina, previamente captando el miedo en cámara de sus víctimas. Pero su objetivo no es solamente matar por matar, el necesita infundir miedo en sus víctimas, necesita observarlas lentamente, paralizarlas. Tal como lo hacía su propio padre.
Ese entorno, marcado por la vigilancia constante y la ausencia de afecto sembró en él una fuerte asociación entre la sensación del miedo y el acto de filmar. Mark no nació siendo un asesino, sino que fue moldeado de esta manera, posiblemente ignorando el daño irreparable que causaría en él, esto se presenta de manera explícita en un momento en el cual podemos observar a la par que el protagonista, algunas situaciones a la cual fue sometido en su infancia.
Michael Powell nos invita a convertirnos en ese monstruo al momento de construir la puesta en escena de los asesinatos que se presentan. Desde el primer momento, nosotros somos la cámara y el asesino y al mismo tiempo somos víctimas del horror. Nos situamos en la mirada del asesino. Un recurso narrativo que traspasa metafóricamente el límite entre el monstruo y quien lo observa, invitándonos a apreciar el pavor. Un sentimiento que invade a la víctima en paralelo, la fascinación que se presenta en el monstruo materializado en Mark. No a nivel físico como los monstruos clásicos de la historia del cine. Un monstruo involuntario.
Un monstruo de dos dimensiones: la externa, visible en sus actos homicidas, y la interna, marcada por un trauma que lo carcome y que determina su forma de relacionarse con el mundo y su imposibilidad de llevar una vida en lo posible convencional. Lo mencionado anteriormente se ve reflejado en su relación con uno de los personajes, Helen Stephens (Anna Massey), vecina que vive junto a su madre ciega exactamente en la misma casa en donde Mark lleva a cabo sus perturbadoras filmaciones.
La enfermedad del protagonista nació del trauma y se expresa a través de un deseo incontrolable de mirar y registrar La película nos enfrenta a un monstruo que es, al mismo tiempo, víctima, victimario y espejo del propio espectador, haciendo que el concepto de “monstruo” deje de ser algo que se observa desde afuera para convertirse en algo que llevamos dentro. Tal como sufriría Norman Bates en Psicosis.
Powell nos invita a interpelarnos, a cuestionar nuestro acto como espectadores, adelantándose varias décadas a debates sobre la violencia en pantalla. Su fracaso inicial y posterior reconocimiento muestran cómo el tiempo puede transformar una obra que resulto una herida autoinfligida en su creador, para posteriormente ser una película revalorizada y citada como referencia indiscutida.



