
“Un presente que pesa más que cualquier alianza” Cuatro bodas y un funeral (Four Weddings and a Funeral) (1994) Por Lucas Soto

Carolina y Mauro se cruzaron en algún momento del 2008 y se entregaron al amor. Al poco tiempo, ella descubre que está embarazada, por lo que deciden ir a vivir juntos y casarse. El sueño idílico de cualquier enamorado.
Pero las responsabilidades laborales y cuestiones personales hicieron que la pareja se divorciara luego de tres años.
Tiempo después, con otras personas de por medio y sosteniendo un régimen de visitas con su hijo, el fuego de la pasión renació de aquella chispa que había quedado escondida. Es así que, en el 2016, habiendo vuelto como novios en casas separadas, la pareja decide tener otro bebé.
Con Margarita en brazos, al año siguiente Carolina y Mauro vuelven a dar el “sí, quiero”, completando la experiencia con una luna de miel que incluye a sus dos hijos.
A pesar de que esta historia terminó con anillos en ambas manos, las estadísticas en relación al entregarse a los votos matrimoniales dicen otra cosa.
Tan solo en Buenos Aires, en los años ‘90, se casaban cerca de 22.000 parejas al año. Las cifras en 2019 no llegaban a las 13.000. Esto también es comparable con la edad promedio en la que los novios toman la decisión, si así lo hicieren, de casarse. Hoy es más probable que los pretendientes decidan semejante compromiso entre los 33 y 35 años de edad, entre 5 y 6 años más grandes que aquellos que se casaban hace 30 años.
Y para confirmar que dicho compromiso no es tomado a la ligera, el 22% de los que se casaron en 2019 fueron reincidente, ósea, ya habían experimentado el divorcio, cómo Carolina y Mauro.
Son cada vez más los jóvenes que deciden experimentar el amor sin las ataduras de este compromiso que dota de miles de años. Sea por evitar la presión social o tan solo por no querer involucrar los sentimientos en cuestiones materiales y económicas, las parejas tienen una visión diferente del “felices para siempre”, en dónde el presente juega un papel mucho más importante que el futuro.
Esto, llevado a la cinematografía, se refleja en múltiples comedias románticas actuales, en donde contamos con personajes treintañeros que poca preocupación tienen por casarse, ya que la aparición de ese interés amoroso es lo suficientemente disruptivo para la zona de confort que presentan inicialmente.
Desde Virgen a los 40 (The 40-Year-Old Virgin, 2005) hasta El lado luminoso de la vida (Silver Linings Playbook, 2012), los personajes llegan a un clímax en donde comprenden que el amor que sienten hacia ese otro no es más que la demostración del amor propio, aceptan su compromiso con el entorno que los rodean y se vinculan con él, transformados.
Lejos están las escenas finales de casamientos, en dónde parece que la festividad es el punto de inflexión obligatorio para que los personajes festejen su amor.
De todas formas, hace 29 años, época en la que casarse era el objetivo mayor de cualquier enamoradizo, Richard Curtis y Mike Newell nos presentan a Charles, y con él una mirada tan avanzada para su año de estreno que incluso hoy, en 2023, podemos revisionar y analizar con una mirada actual, sin la necesidad de ubicarnos temporalmente en el pasado.
Desde la primera boda de Cuatro bodas y un funeral (Four Weddings and a Funeral, 1994), presenciamos el despiste y poco compromiso de Charly, un veinteañero que refleja su personalidad despreocupada con sus recurrentes olvidos y llegadas tarde.
Aún así, al depositar su mirada en Carrie, una amiga lejana de uno de los invitados, deja salir un enamoramiento adolescente, tan puro y sincero como inexplorado. Rodeado de festividades que celebran el amor en su máxima expresión, a Charly le es imposible separar aquel sentimiento de todos compromisos matrimoniales que presencia durante la película. Es esa la balanza que Charly intenta equilibrar durante el film, y es ese obstáculo el motor de su accionar: ¿Podrá Charly transformar sus actitudes despreocupadas, erráticas e inmaduras en un compromiso serio y duradero?
A pesar de que el primer encuentro entre ambos es más que placentero, las responsabilidades de ella como la distancia que los separa hace de esa noche una que quedará en el recuerdo. Pero el repentino reencuentro entre ambos en la segunda boda de la película hace que Charly se despierte inmediatamente de aquella somnolienta rutina. Se muestra involucrado con la situación, atento y hasta entusiasmado, pero la realidad del compromiso de Carrie con otro hombre pone en jaque al soltero, haciendo que se pregunte por qué los casamientos que lo rodean no son el suyo. ¿Existe la chica ideal que cumpla esas expectativas, o acaso sus relaciones pasadas fueron esas oportunidades que no supo ver?
Es así que Charly, teniendo la posibilidad de retornar con Henrietta, una ex novia que aún lo aprecia, o pudiendo cruzar el umbral hacia los brazos de Carrie, que sigue con su vida pero no sin dejar migas de pan para que el despistado por fin las tome, lucha por comprender cómo dará ese siguiente paso hacia ese futuro idílico, moldeado por una urgencia social más que por lo que él decida para sí mismo.
Cumpliendo con la normativa de sus seres más cercanos, el soltero se casa con Henrietta, pensando así que encontrará la respuesta a esa pregunta inicial. Pero la presencia de Carrie, ese amor desmesurado, desprolijo e inentendible lo desequilibra hacia el punto de dejar plantada a su ex en el altar.
Debajo de una lluvia tan dramática como romántica, Charly cruza el umbral hacia Carrie, confesando qué quiere hacer, aunque más precisamente que no quiere hacer.
Entregándose a la pasión luego de un “si, acepto”, ambos se aceptan el no casarse, ya que acceden a una responsabilidad aun mayor; estar enamorados plenamente, sin la necesidad de clasificar aquellos sentimientos en una festividad que no haría más que limitar el frenesí.
Con el tiempo, Charly y Carrie tienen un hijo, dejando la puerta abierta a la unión de sus votos en un futuro matrimonio, como Carolina y Mauro, pero esa decisión corresponde únicamente a un futuro que lejos está del presente que los hace infinitos.


