
Una destilación actoral danesa llamada Mads Mikkelsen en Otra ronda Por Mariana Dimant

Lucimiento en Hollywood, excelencia en su tierra
La mayoría de los actores interpretan. Hay otros -más raros, más necesarios- que encarnan. Mads Mikkelsen es de los segundos. Su rostro, tallado por vientos nórdicos, puede ser una máscara que amenaza o un espejo para la redención. En Hollywood, ha sido monstruo, mártir y mente maestra: el refinado caníbal Hannibal Lecter en la serie homónima entre 2013 y 2015, el oscuro Kaecilius en Doctor Strange: Hechicero supremo (Doctor Strange, 2016), un gélido villano en Casino Royale (2006) de la saga Bond. En Rogue One (2016), aporta una inesperada carga emocional a un personaje secundario, en uno de sus escasos papeles positivos para el cine mainstream.
Allí, Mikkelsen se mueve con extrema precisión, regalando a la maquinaria de la industria una inquietante profundidad respecto a los estándares. Sin embargo, su espíritu artístico parece encontrar refugio verdadero en las obras junto a Thomas Vinterberg, como si en ese cine íntimo y humano- menos ruidoso, más honesto- pudiera desplegar otras maestrías. En La caza (Jagten, 2012), es un hombre acusado injustamente, sumergido en una espiral de sospecha y miedo; y Otra ronda (Druk, 2020), es el film que nos permite hoy acercar la lupa al desempeño interpretativo del actor danés. Así, en el cruce entre el cine comercial y el arte personal, Mikkelsen no elige bando: los habita a ambos. Pero es en las películas de Vinterberg donde no solo actúa, sino que encarna en movimiento.
Un premio como ofrenda
Cuando Otra ronda obtuvo el Oscar a Mejor Película Internacional en 2021, fue Vinterberg quien subió al escenario. Pero su discurso no fue una enumeración de agradecimientos. Habló de la pérdida de su hija, que con 19 años, falleció en un accidente, justo antes del rodaje. Y ahí, quedó clara la alquimia: ese filme fue un acto de amor, un homenaje y también una forma de duelo. Y Mikkelsen, y los otros tres protagonistas, fueron sus médiums. La cámara los seguía, pero era su rotunda entrega la que guiaba la historia.
Amigos que no pueden salir de la melancolía
Desde las primeras escenas del film, el actor nos entrega a un profesor de secundaria, que es una presencia hueca, un hombre suspendido en una inercia emocional, donde la vida parece haber dejado de latir.
Su Martin no habla: murmura. No camina: casi se arrastra. No mira, esquiva.
Y, sin embargo, en esa astenia cotidiana, en esa desafección callada, se gesta una de las interpretaciones más ricas y humanas de su carrera.
En su segundo protagónico con el director danés, Mikkelsen, junto a otros tres colegas de clases, decide realizar un experimento ingiriendo distintas dosis de alcohol, posiblemente como un modo de recuperar el disfrute, la energía y el entusiasmo de tiempos pasados. De alguna manera, una crisis de la edad madura los atraviesa, teniendo a sus vitales alumnos como espejo de una juventud perdida y quizás anhelada.
Aunque Otra ronda presenta a un cuarteto de protagonistas, Martin es el personaje central que impulsa la narrativa y afecta profundamente a sus amigos Nicolás Peter y Tommy. Su decisión de iniciar el experimento motiva al grupo a embarcarse en esta aventura, y su evolución personal influye en las experiencias y decisiones de los demás: la deriva de cada personaje resuena en el círculo cercano, generando cambios significativos en la dinámica.
Mikkelsen recorre la película con un cuerpo y un alma en transformación; es un ser en tránsito entre el letargo y la posibilidad. En la primera cena con sus amigos apenas gesticula; su rostro es una máscara de apatía y distanciamiento. Cuando la variedad de vinos y tragos hacen su efecto etílico, Martin derrama lágrimas al comentar sobre su crisis matrimonial. Pero no llora: No se permite mover casi ningún músculo de la cara y asumir su angustia. Al evitar el contacto visual y mantener la mirada perdida, evidencia su crisis y vacio interior: La falta de inflexión en su tono de voz transmite su desánimo existencial. El actor danés trabaja aquí desde la omisión: cada gesto que no hace, cada palabra que no dice, cada mirada que no sostiene, habla de una vida apagada, de un hombre que ha olvidado cómo habitarse.
Un profesor revivido
El experimento comienza, y con él, una transición actoral sutil: Mikkelsen introduce el alcohol no como una embriaguez farsesca, sino como un catalizador de identidad. En la primera clase tras beber, hay cambios físicos: su cuerpo se afloja, sus brazos se mueven con tímida autoridad; adquiere una postura más suelta; su voz recupera textura, sus tonos varían, habla y se expresa dinámicamente. Su mirada recobra el brillo.
El espectador no presencia una actuación sobria de un hombre ebrio; lo que ve es más bien, una sorpresiva transformación el retorno de alguien, asimismo. En este pasaje, el intérprete no exagera, no subraya. La embriaguez es apenas un matiz en su dicción, un cambio casi imperceptible en su centro de gravedad.
La vulnerabilidad como camino
Hay una escena crucial -el enfrentamiento con su esposa- en la que Mikkelsen despliega toda la hondura de su arte. No grita ni llora. Pero su voz se agrieta trasmitiendo dolor y desilusión. En sus ojos, que se llenan, pero no se desbordan, se abren interrogantes que el guion no enuncia. Podríamos nombrar estos recursos interpretativos como la evidencia de su vulnerabilidad emocional en combinación con la contención dramática. Expresivamente evita el desborde y manifiesta su crisis con pequeños temblores faciales, usando una voz quebrada y silencios o pausas, como herramientas narrativas que suman tensión al conflicto de la pareja. El actor trasmite el drama del hombre que se descubre perdido, en el mismo lugar donde creía haber echado raíces.
Danza final
La escena comienza después del funeral de Tommy- el amigo del grupo que no logró sobrevivir al experimento- y la tristeza es palpable pero no hay dramatismo excesivo. El grupo se reúne en el muelle y uno de ellos trae champán. Hay un brindis, una celebración melancólica del amigo que ya no está: la clave simbólica es que ninguno se hunde en la oscuridad, sino que logran honrar la vida y Martín en particular da un paso más allá. La música comienza y coincide con el momento en que el profesor observa a sus ex alumnos festejando su graduación allí mismo. Hay algo de envidia, algo de nostalgia, pero también una chispa de identificación.
La muerte de un amigo seguida de la fiesta de los jóvenes impulsa a Martin a beber, y a bailar. Llega el clímax: No es solo un baile: es un ritual de liberación, un grito físico, un acto catártico. La expresividad corporal se trasmuta en un canal emocional: pasa de la tristeza a la euforia compartida, solo con gestos y movimientos.
Allí Mikkelsen, que tiene formación en danza, lo entrega todo: gira, salta, se lanza al aire con la gracia salvaje de quien ha abandonado el miedo. Su cuerpo, durante toda la película rígido o torpemente animado por el alcohol, se vuelve ahora poesía cinética. En ese momento, el actor ya no interpreta: respira y se expande con todo el cuerpo. El baile como acto de duelo y celebración, utilizando la ambigüedad interpretativa: un equilibrio entre alegría genuina y melancolía necesaria.
En Otra ronda, su Martin es la encarnación del alma contemporánea: desorientada, nostálgica, necesitada de vértigo. Su interpretación es la del gesto mínimo, y su triunfo, está en hacernos ver -en nosotros mismo- esa llama que aún puede avivarse. Y ese, quizás, sea el más noble de los logros actorales.
