Claudio Rissi en 76 89 03 Magia blanca: Rudy el rey de la noche Por Martín Vivas

“Elegí la cocaína
porque era la droga de los reyes” *
Sin lugar a dudas, Claudio Daniel Carro (1956 – 2024), más conocido como Claudio Rissi, se ha vuelto popular estos últimos años gracias a su aparición en la serie El marginal (2016, Sebastián Ortega) en el papel de Mario Borges, líder carcelario de la prisión San Onofre. Tampoco se puede dejar de lado otros personajes interpretados por el actor, de menor repercusión, como Bernardo Galván para Los simuladores (2002, Damián Szifrón) o el comisario Filpi en El puntero (2011, Adrian Suar). No obstante ello, para muchos otros, Rissi fue y será por siempre “Rudy, el rey de la noche”, figura sobresaliente del film intitulado 76 89 03 (2000) de Flavio Nardini y Cristian Bernard.
La película cuenta la historia de tres amigos: Dino, Paco y Salvador (Sergio Baldini, Diego Mackenzie y Gerardo Chendo respectivamente) que, en la despedida de soltero de uno de ellos y tras el hallazgo fortuito de una bolsa de cocaína, deciden venderla para, con el dinero recaudado, lograr un encuentro íntimo con la extraordinaria Wanda Manera (Sol Alac), símbolo sexual de la época. Rodado en blanco y negro, el film exhibe el lado oscuro, críptico y vehemente de la Ciudad de Buenos Aires.
Se halla inspirado fundamentalmente en el cine norteamericano de los setentas y ochentas, en largometrajes como Taxi Driver (1976) o Después de Hora (After Hours, 1985), ambas de Martin Scorsese. Pero probablemente haya tenido más peso el estilo que John Cassavetes (1929 – 1989) hizo trascender con largometrajes como Rostros (Faces, 1968) o Maridos (Husbands, 1970), entre otras. Con ésta última hay sobradas coincidencias como el hecho de que la historia verse sobre un trío compinche que escapa de su vida rutinaria para vivir algunos momentos de libertad y evasión, apelando a cumplir sus inminentes deseos.
Rudy, el rey de la noche hace su aparición en el minuto 31, como si toda la película fuera una excusa para que él se luzca. Su manifestación dura solamente 12 minutos, pero se nos queda impregnado en la cabeza, ya no durante el tiempo que resta del film sino en nuestra vida cinéfila, es definitivamente un momento cinematográfico memorable que guardaremos por siempre. Rudy emerge del fondo de la escena en calzones, con la camisa entreabierta y ese bigotito de actor porno a lo Ron Jeremy, con el pelo rizado cortito y las manos que acompañando sus aseveraciones como una montaña rusa. Y es también el magnífico pretexto por el cual la merca se transforma en el dinero que precisa el particular grupete para cumplir con el regalo de Paco.
Tras el intertítulo que le da nombre a la escena (el film está dividido en segmentos separados por intertítulos), aparece Rudy teniendo relaciones sexuales con una menor de edad que se halla alojada en una inmensa jaula. Ante la sorpresa de la llegada de los tres amigos, que ingresan timoratos al privado, el rey sale a recibirlos haciendo alarde de la situación, en un estado de excitación propio de la ingesta de ciertas drogas. Sin respiro, comienza su monólogo que, entre otras cosas, incluye una diatriba en contra del sistema policial, concluyendo al grito de: ¡Cobanis de mierda!
Pero automáticamente su actitud cambia, su humor se vierte abruptamente ante el ofrecimiento que le hace Dino, aceptando con júbilo la frula y convidándola a su pareja sexual, que lo anoticia de las bondades del producto. Rudy aspira la cocaína y el ambiente lo acompaña en su experiencia. Por arte de magia se sube el volumen de la música y la luz estroboscópica se intensifica. Seguidamente el soliloquio vuelve a comenzar, en este caso para detallar los beneficios del estupefaciente, envalentonándose hasta asegurar que la cocaína no hace mal porque ya no sería una droga, invitando a los demás a una orgía con mujeres.
Ante el rechazo al convite por parte de los visitantes, Rudy se alarma, se siente amenazado y saca un revólver. Nuevamente su genio vuelve a trocarse, surge un delirio persecutorio y la paranoia aparece en su rostro. Así, Salvador por el mero uso de mocasines sin medias se convierte a sus ojos en policía. Pero una vez más, el rey modifica su temple ante la mención del nombre Wanda Manera, alias “sifoncito”. Se acaba la música y Rudy comienza a vestirse de gala mientras cuenta, ahora sí calmado, una anécdota que incluye a la sex symbol. Sin embargo, habrá un último cambio de temperamento cuando no es convocado a la salida en grupo. El desconsuelo oprime su alma y pide que lo dejen solo.
Indudablemente, estos cambios de registro en tan poco tiempo no sólo nos pintan a un personaje con un trastorno de personalidad amplificado por el consumo de cocaína. Es que efectivamente la droga tiene una clara incidencia en su naturaleza que lo aleja de personajes como Floyd (Brad Pitt) en Escape Salvaje (True Romance, 1993) de Tony Scott, borrachín y ávido consumidor de marihuana, disociado de la realidad pero apacible, y de cómo los alucinógenos fueron representados por nuestro cine en films como Los Drogadictos (1979) de Enrique Carreras o Humo de Marihuana (1968) de Lucas Demare.
Pero lo acerca a personajes como Tony Montana (Al Pacino) de Caracortada (Scarface, 1983) de Brian De Palma, a Raoul Duke (Johnny Deep) y al Dr. Gonzo (Benicio del Toro) en Pánico y Locura en Las Vegas (Fear and Loathing in Las Vegas, 1998) de Terry Gilliam, pero sobre todo al interpretado por Alfred Molina en Juegos de Placer (Boogie Nights, 1997) de Paul Thomas Anderson. En este último caso el influjo es indiscutible, así se repite el tríptico de amigos que van a ofrecer un paquete de droga a un sujeto bastante desquiciado, que atraviesa distintos registros de personalidad y que juega a la ruleta rusa mientras escucha algunas baladas rock de los 80s.
Rudy es un personaje nefasto, pedófilo entre muchas otras cualidades negativas. Cristian Bernard, uno de los directores de 76 89 03, señala que la idea no fue glorificarlo. Sin embargo, y por alguna antipática razón, nos resulta atractivo como Frank Booth (Dennis Hopper) en Terciopelo Azul (Blue Velvet, 1986) o Ramos (Arturo Goetz) en El Asaltante (2007) de Pablo Fendrik. No son villanos en el sentido preciso del concepto cinematográfico, esto es, no hay un héroe al que se enfrentan, pero comparten muchas de sus características estereotípicas: su intención primera está signada por el mal más que por hacer el bien, son brutales ante el inocente, con impunidad trasgreden las reglas impuestas por la sociedad, son inmorales. Pero también son salvajes y misteriosos, sus acciones muchas veces son injustificadas, en otros casos tienen una sensibilidad especial hacia el arte, y quizás la explicación radique en algo más simple, esto es, se trata de personajes que se parecen más al espectador que el héroe incorruptible siempre victorioso.
La figura interpretada por Rissi reduce a lo mínimo todo lo que se encuentra y sucede a su alrededor. Los demás quedan avasallados y sujetos a su obrar. Es un dictador, influye miedo, lo inesperado de su siguiente paso da lugar a una inestabilidad en la atmósfera, transita un recorrido que atraviesa casi todas las emociones humanas: tristeza, alegría, depresión, euforia. La falta de seguridad se apodera del resto, que acata subyugado las ideas que tenazmente teje Rudy, una tras otra, a veces dando un insólito vuelco. Su cuerpo se mueve como un poseso, los brazos y las manos se agitan más de lo debido para acentuar sus palabras. Representa uno de los arquetipos de la noche porteña, que se vuelve palpable y adquiere forma y volumen a nuestros ojos.
La poca iluminación que acompaña la escena es propia del escenario bolichero, recreado en esta ocasión para ornar el VIP de Rudy. Pero además simboliza los claroscuros de Rudy, un perro salvaje que se mueve mejor en las sombras. Y no sólo la luz estroboscópica favorece los cambios de ritmo del personaje, sino que el montaje abrupto de planos cortados intermitentemente, como alguno de esos videos actuales de YouTube donde el orador parece que no respira, le da una velocidad intempestuosa asequible en la pantalla. No obstante ello, este ajuste no fue la primera idea de los cineastas, sino más una necesidad al encontrarse obligados, por falta de material de rodaje, a recortar el balbuceo del actor, que tuvo que hacer la escena en una sola toma.
Finalmente, vale la pena resaltar que Claudio Rissi ganó el premio Cóndor de Plata al mejor actor de reparto en el año 2001 por su interpretación en 76 89 03. Tras los agradecimientos de rigor, el actor planteó una correspondencia entre los obligados a emigrar a punta de fusil durante la última dictadura militar y aquellos argentinos que en el 2001 eran forzados a irse del país “porque les estaban matando los sueños”. También instó al gobierno a aflojar con el “costo de la política” que se estaba llevando puesto a los viejos, a los trabajadores de Aerolíneas y al cine argentino. Parece un discurso que hoy valdría lo mismo y se nos llena el corazón de desesperanza. Aun así, gracias Rissi, Rudy, actor, rey de la noche, Marito Borges, mi capitán, un grande en y fuera de la pantalla.
* Dennis Hopper, sobre el guión de su película Busco mi destino (Easy Rider, 1969) para “Moteros tranquilos, toros salvajes” (2000) de Peter Biskind. –
