
The Host: Muere, gwoemul, muere Por Alejandro Reys

Miércoles 27 de septiembre de 2006, 2:35 p.m., Washington D. C. Henry J. Hyde, republicano recalcitrante y presidente del Comité de Asuntos Exteriores de EE.UU., inaugura la segunda sesión de la audiencia titulada “Alianza Estados Unidos-República de Corea: ¿Una alianza en riesgo?”. Está preocupado. Considera que, como el nombre de la audiencia anticipa, el vínculo entre los dos países atraviesa una serie de desafíos que no pueden ser ignorados. Su discurso de apertura condensa estos asuntos en cuatro puntos básicos. Los tres primeros son de orden militar e involucran la relocalización de las tropas estadounidenses estacionadas en Seúl, la necesidad de un nuevo campo de entrenamiento para sus pilotos y la restitución a Corea del Sur, después de más de medio siglo, del control sobre sus propias fuerzas militares. El cuarto y último sin embargo, sorpresivamente, hace foco en una película. Una película que, a exactamente dos meses de estrenada, ya fue vista por 13 millones de coreanos; más de una cuarta parte de los habitantes del país. Una película a la que Hyde acusa de querer conseguir un rápido beneficio económico, incitando un flagrante sentimiento anti-estadounidense. Una película a la que parece querer bajarle el precio, al describirla como una reversión libre de El monstruo de la laguna negra (Creature from the Black Lagoon, 1954). Pero, sobre todo, una película que está por darle a Bong Joon-ho el reconocimiento internacional que se merece: The Host (2006).
En la morgue de una base militar de Seúl, un médico estadounidense ordena a su asistente coreano tirar por el desagüe varios litros de formaldehído, ignorando las protestas y señalamientos de este sobre la prohibición de arrojar químicos tóxicos al río Han. Dicha situación, que comprende la primera escena de la película, le basta a Hyde para afirmar que el monstruo que posteriormente surge está pintado con rayas y estrellas, en referencia al supuesto sesgo anti-norteamericano de la historia. Lo que el republicano intencionalmente omite, sin embargo, es que esos primeros minutos retratan detalladamente un hecho real ocurrido seis años antes, conocido como el incidente McFarland, que provocó un gran escándalo y consistió en la inspiración original del guion. La aparición de la criatura, no obstante, representa apenas el punto inicial de la trama, centrada en Park Gang-du, un irresponsable e inepto vendedor de comida rápida, y su disfuncional familia: cuando el monstruo rapta a Hyun-seo, hija de Gang-du, éste debe aunar esfuerzos con sus hermanos y su propio padre para intentar rescatarla. Pero, como es habitual en la filmografía del director (y en gran parte del cine coreano), esta premisa inicial va mutando, combinando géneros y tonos en una amalgama extraña pero fascinante entre humor negro, película de monstruo, comedia slapstick, drama familiar y sátira social. Un universo donde pueden convivir sin conflicto un momento de comedia absurda con otro de terror puro, donde la criatura vomita huesos humanos.
Si aceptamos la hipótesis de Robin Wood sobre el cine de terror como una suerte de pesadilla colectiva, donde se trasluce aquello que la sociedad reprime, podemos pensar que la secuencia inicial de The Host resume magistralmente las principales preocupaciones de la película. La ya mencionada primera escena retrata la incidencia estadounidense. La segunda presenta a dos pescadores metidos en el río Han serenamente, hasta que encuentran a la criatura (aún desarrollándose) y un plano abierto revela la tremenda polución de la ciudad. La tercera y última muestra un suicidio, la principal causa de muerte en Corea entre los 10 y 39 años, siendo el 4to país a nivel mundial. Es decir, esos primeros minutos siembran sutilmente el temor a la influencia foránea, la degradación ambiental y las problemáticas sociales. Lo relativo a lo social es un aspecto que atraviesa toda la obra de Bong, presente ya desde su primer cortometraje. La cuestión ecológica, en cambio, resulta una novedad en este punto de su carrera, aunque es una temática que retomaría en Snowpiercer (2013), Okja (2017) y la reciente Mickey 17 (2025). La figura del monstruo aparece entonces como el catalizador perfecto de estas cuestiones medioambientales; no sólo surge como consecuencia directa de la contaminación, pone también en evidencia muchas actitudes de la gente al respecto: cuando Gang-du arroja una lata al río para ver si la criatura la atrapa, todos los presentes lo imitan, llenando el Han de basura.
Según Wood, la otra característica fundamental de cualquier monstruo, junto con su capacidad para encarnar y evidenciar lo reprimido en su sociedad de origen, radica en su condición de otredad; aquello que resulta ajeno a la cultura imperante y esta, por tanto, rechazaza. Aunque puede presentarse también en forma humana, suele ser esta característica la que determina su apariencia, evidenciando su monstruosidad y provocando una repulsión inmediata. En ese aspecto el de The Host, cuyo título original coreano, Gwoemul, significa literalmente monstruo, representa uno en el más tradicional de los sentidos. Y Bong lo aclara desde el vamos; apenas si espera a presentar a la familia protagonista para introducir a la criatura. Oponiéndose a la tradición iniciada en la segunda mitad de los ‘70 por Tiburón (Jaws,1975) y Alien – El octavo pasajero (Alien, 1979), continuada en los ‘80 y ‘90 por películas como Depredador (Predator, 1987), Terror bajo la tierra (Tremors, 1990) o Mimic (1997), e introducida al nuevo milenio por Jeepers Creepers: El terror existe (Jeepers Creepers, 2001), de no mostrar explícitamente al monstruo hasta avanzada la trama, a los 12 minutos lo vemos en todo su esplendor y a plena luz del día. E inmediatamente después desata el caos, atacando y matando a la población. Rápidamente resulta evidente que, como en toda historia de este subgénero del terror, para que lo reprimido vuelva a estarlo y la sociedad recupere su status quo, la otredad debe ser eliminada.
En el epílogo de la película, un vocero del senado estadounidense anuncia por televisión las conclusiones del comité investigador sobre el incidente: “La reciente crisis en Corea del Sur ocurrió como resultado de un error… Finalmente el virus no fue descubierto… Concluimos que la causa de esta crisis puede y debe ser atribuida únicamente a la desinformación”. En definitiva, la justificación del ejército norteamericano para intervenir, la criatura como portadora de un virus letal, resulta ser una mentira. Una referencia muy poco velada a la guerra de Irak. Lo cual, no obstante, no responde tanto al flagrante sentimiento anti-estadounidense que escandaliza al congresista Hyde, como a la sumisa actitud del estado coreano ante su intervencionismo. Una más de las tantas facetas de aquello reprimido por la sociedad que el monstruo pone de manifiesto. Y que Bong satiriza. Así como la torpeza e incompetencia generalizada de las instituciones, que deriva en un completo desinterés por el bienestar de la población. O la dificultad de los profesionales universitarios para conseguir trabajo o pagar el resumen de la tarjeta. O la actitud absolutamente acrítica de los medios de comunicación ante lo que sucede. Nada nuevo. Gang-du estira la pierna para apretar el botón del aparato con el dedo gordo del pie. El estado de las cosas fue restaurado y ninguno de los malestares sociales que el monstruo puso de manifiesto fueron siquiera cuestionados. Mejor fingir demencia, apagar la televisión y cenar en paz.


