
Tangos, El exilio de Gardel: el musical del desarraigo Por Claudio Marcelo Mion

Apenas iniciada la dictadura de 1976, Fernando “Pino” Solanas sabía que debía irse del país. Había dirigido dos películas que iban a resultar muy incómodas para la época oscura que se avecinaba. La hora de los hornos (1968), el documental que realizó con Octavio Getino sobre el neocolonialismo y la violencia política en el país y en América Latina, circulaba en forma clandestina por sindicatos y centros universitarios como material de debate político, y uno de sus primeros films de ficción, Los hijos de Fierro (1972), una reinterpretación de la obra de José Hernández como un relato político sobre la resistencia popular argentina a lo largo del siglo veinte, que recién pudo estrenarse en el año 1984. Para evitar su secuestro, se exilia primero en Madrid y luego en París, donde permanece durante gran parte del período represivo. Es en esa ciudad donde logra, con el apoyo de directores como Bertrand Tavernier, productores franceses y más tarde del INCAA, filmar Tangos, El exilio de Gardel y estrenarla en Buenos Aires en el año 1986.
En el documental Como se hizo “El Exilio de Gardel” (Fernando Martin Peña, 2010), el director da una definición precisa: “El exilio es una salida forzada de tus afectos y de tu mundo”. Con un guion que Solanas cambiaba constantemente en el momento de la filmación y provocaba el desconcierto entre los productores y los actores, la película, protagonizada por Marie Laforêt, Miguel Ángel Solá y Philippe Leotard, cuenta la historia de un grupo de argentinos exiliados en Paris que ensayan un espectáculo denominado Tanguedia (neologismo que proviene de la combinación de tango, tragedia y comedia), con la intención de sobrevivir económicamente en el exilio y curar de alguna forma la nostalgia de haber abandonado el país.
Solanas siempre tuvo en su cabeza la idea de realizar una película musical, pero alejada de la forma canónica del modelo hollywoodense, y que la banda de sonido fuese parte esencial de la narración, no un mero fondo sonoro. Para llevarla a cabo Astor Piazzolla fue siempre la primera opción. El acercamiento previo al musico fue el guion de una película que se iba a llamar “Adiós Nonino”, la historia de un bandoneonista del interior que llegaba a Buenos Aires para acercarse a Piazzola, que incluso iba a ser uno de los actores principales. Después de los desencuentros que tuvo con el musico durante los primeros años de la dictadura, sobre todo por lo posición que había tomado respecto a lo que sucedía en el país y sus comentarios respecto a los exilados, Piazzola y su quinteto finalmente se hicieron cargo de la banda sonora junto a José Luis Castiñeira de Dios y el propio director. El tango es el vehículo emocional del film, y no hay género musical que mejor pueda representar la angustia y el dolor del exilio, la nostalgia y el paso irremediable del tiempo. Lo notable de Piazzolla como compositor y orquestador hace que el tango pueda, no solo funcionar en conjunto con lo visual, sino también impulsar a todas las escenas y a las emociones que se buscan generar con ellas. Las coreografías de los tangos, algunas de ellas filmadas en el majestuoso Palacio San Martin de Buenos Aires, estuvieron a cargo de Margarita Bali y Susana Tambutti, figuras reconocidas de la danza contemporánea y directoras del grupo Nucleodanza,
Para la creación de las letras y la música en las escenas coreografiadas en las calles y en los escenarios improvisados, Solanas y Castiñeira trabajaron un modelo de comedia musical en un tono que remite a la música teatral de Bertolt Brecht y Kurt Weill (autores de La ópera de los tres centavos), como los tangos del expresionismo alemán. Para las partes en que los actores cantaban Solanas prefirió un tono natural, no profesional, como se aprecia sobre todo en las canciones que interpretan Solá y Gabriela Toscano, parte de los “hijos del exilio”, que ensayaban en las calles parisinas y en la cúpula de la estación de trenes Gâre de Lyon otro espectáculo que hablara también de sus historias, con letras como “Un país que me ayude a vivir y ante todo te respete, aunque lleves un chupete. Un país donde pueda elegir y que valga tu opinión, aunque seas un ratón”.
La figura emblemática de Carlos Gardel aparece como un símbolo espiritual que recorre toda la película, tanto en su presencia física como en las figuras dibujadas por Hermenegildo Sabat y que adornan los departamentos de los personajes. También se presentan dos figuras emblemáticas del tango argentino: Osvaldo Pugliese y su orquesta interpretando La yumba, y la inconfundible voz de Roberto Goyeneche en dos tangos escritos por el propio Solanas: Solo y Tangos de papel.
Solanas no le teme al riesgo, y así se intercalan en una narración deliberadamente fragmentada escenas de gran belleza plástica y otras que pueden orillar en lo grotesco. Con la ayuda del mítico director de fotografía Félix Monti, logra imágenes muy logradas en los exteriores de Paris y en la iluminación de las coreografías y de los espacios cerrados, donde la influencia del teatro y la ópera es explicita. En cambio, siendo un artista siempre proclive a los excesos, un poco a lo Favio, pero sin su lirismo, introduce varios pasajes controvertidos, sobre todo en los que se acerca a lo onírico, como en los que el regisseur interpretado por él mismo literalmente se desarma o el personaje de Miguel Ángel Sola que se “desinfla” en un sillón. Sobre el final, introduce la escena más audaz de su cinematografía. Protagonizada por el gran Lautaro Murua, en lo que parece ser un sueño, junta a Carlos Gardel, viejo y empobrecido, con San Martin en su exilio francés, lejos del bronce y tomando mate, con frases como “Hace 150 años que espero ver la Patria que soñamos, grande, unida”, todo con el fondo del tango “Volver”.
Premiada en el festival de Venecia de 1985, parte de ese grupo de obras que en la década del ochenta reflejaron durante la transición democrática las consecuencias de la dictadura en el país y su gente, como La historia oficial (Luis Puenzo, 1985), La noche de los lápices (Héctor Olivera 1986), e incluso Sur (1988), su trabajo posterior, la película combina el cine político, el teatro, el musical y el documental, logrando una obra donde el absurdo y la poesía conviven con la reflexión histórica. Como todo el cine de Solanas anterior a esta obra y lo que vino después (El viaje, La nube y los documentales, entre otros Memoria del saqueo, La dignidad de los nadies, La próxima estación), es apasionadamente política. Sin embargo, su verdadero poder proviene de la precisa representación de los argentinos en el exilio. Físicamente en un lugar, pero emocionalmente en lo que dejaron atrás, y como el recuerdo de un país al que no puedes regresar poco a poco puede quebrar tu alma.



