
El gran showman: El show debe continuar Por Camila Arjemi Alvarez

El musical es uno de los géneros más antiguos del cine y se caracteriza por explorar la relación entre narración, música y coreografías como forma de exteriorizar emociones, conflictos y construir mundos a través del movimiento y la voz. Desde el Hollywood clásico hasta los jukeboxs contemporáneos, pasando por el musical pop contemporáneo y el biográfico, el género ha sabido reinventarse sin perder su esencia: convertir lo emocional en espectáculo cinematográfico.
El Gran Showman (The Greatest Showman, 2017) se sitúa dentro del musical pop contemporáneo inspiracional. Combina elementos del musical clásico: grandes coros, números espectaculares, coreografías grupales con una puesta en escena que adopta una estética moderna cercana al videoclip comercial. Canciones como “This Is Me”, “A Million Dreams” o “Rewrite the Stars” funcionan como piezas independientes de gran valor emocional, sostenidas por una producción musical que prioriza el hit, la potencia vocal y el mensaje motivacional.
La ópera prima de Michael Gracey se basa en la figura de Phineas Taylor Barnum, pionero del entretenimiento circense del siglo XIX, aunque suaviza aspectos más controvertidos de su historia: la explotación laboral, el uso de personas consideradas como “fenómenos” y diversos engaños para atraer al público. Esta decisión narrativa convierte a Barnum en un símbolo aspiracional que busca dar espacio a los marginados, celebrar la diversidad, promover el reconocimiento y alcanzar los sueños. El enfoque responde a la lógica del musical moderno, donde se prioriza lo emocional por encima de la crítica social.
En contraste, La La Land: La ciudad de los sueños (La La Land, 2016) usa los códigos del musical clásico para reflexionar sobre el costo de perseguir los sueños y la tensión entre éxito profesional y plenitud afectiva. El gran showman en cambio, se inclina por un optimismo sin fallas: la diversidad y la autosuperación se integran en un relato de armonía emocional que evita los matices trágicos y apuesta abiertamente por la celebración.
En relación con Moulin Rouge! (2001), comparte el gusto por el exceso visual, las coreografías multitudinarias y la estilización como regla estética. Sin embargo, la obra de Luhrmann tiene un enfoque posmoderno, barroco y trágico apoyado en reversiones de canciones populares, Gracey opta por la claridad narrativa con canciones originales para transmitir un mensaje universal de motivación, accesible y directo.
Con The Rocky Horror Picture Show (1975) coincide en su reivindicación de la diferencia, pero se diferencian en su tono, ya que The Rocky Horror Picture Show celebra la “rareza” desde la transgresión, el exceso y la ruptura social, mientras que, El Gran Showman, ofrece una visión conciliadora de la diversidad, integrada con discursos actuales de inclusión y pertenencia.
En la última película de Gracey refuerza esta perspectiva. Better Man (2024), biopic musical sobre el cantante Robbie Williams, vuelve a explorar la construcción de personalidades públicas a través del espectáculo. Aunque adopta un tono más introspectivo, mantiene una lógica similar: las canciones funcionan como confesión emocional y como arquitectura narrativa.
En El gran showman la estructura dramática sigue un arco de ascenso, crisis y redención. Barnum aparece como un visionario cuya ambición entra en conflicto con su origen humilde y con su necesidad de pertenencia. Los “freaks” del circo son representados como una comunidad que encuentra en el espectáculo de identidad y hogar.
La banda sonora compuesta por Benj Pasek y Justin Paul, también responsables de las canciones de La La Land: La ciudad de los sueños, es central en la construcción narrativa: las canciones no solo expresan emociones, sino que marcan transiciones dramáticas y sustituyen al diálogo tradicional. Las interpretaciones vocales de Keala Settle, Hugh Jackman, Zac Efron y Zendaya aportan la fuerza performativa que consolida el tono emocional y motivacional del filme, donde la identidad se construye tanto por la voz como por el cuerpo.
La producción de la película atravesó casi 10 años de desarrollo debido a que los estudios dudaban en financiar un musical original sin respaldo teatral, sin canciones conocidas y dirigido por un realizador nuevo. Esta dificultad resuena con los temas centrales del filme: insistir en un sueño hasta lograrlo.
El gran showman es un ejemplo representativo del musical pop del siglo XXI: un cine que combina espectacularidad visual, emocionalidad expansiva y un mensaje de autoafirmación destinado a un público amplio. Su fuerza no radica en la fidelidad histórica, sino en su capacidad para generar, a través del artificio, el movimiento y la música, una experiencia de diversidad, pertenencia y celebración que continúa renovando el potencial del género musical en la cultura actual.



