
Anette: Nuestro condenado amor musical Por Martin Vivas

A pesar de que se lo catalogue como un género en vías de extinción, el musical sigue teniendo la vigencia que otros ya han perdido. Prueba de ello es que, cada año, podemos disfrutar de varios musicales en el cine o en las plataformas. Si bien claramente no está en su apogeo, el género se ha sostenido durante décadas y, últimamente, ha tenido su reconocimiento en festivales y premiaciones alrededor del mundo.
En el comienzo de La noche americana (La Nuit Américaine, 1973) del cineasta François Truffaut se revela ostensiblemente que toda película implica una coreografía. Los personajes principales, los automóviles, los extras, todo tiene su recorrido prefijado ante la cámara. Como espectadores no lo reconocemos porque lo que vemos se parece bastante a la realidad, a ese caos rutinario de la vida en la ciudad.
Pero el musical expone más que cualquier otro género este artificio. Así, el baile y el canto surgen de forma espontánea, incluso en las situaciones más inesperadas. En El show debe continuar (All That Jazz, 1979) de Bob Fosse la canción «Bye Bye Life» nace en el lecho de muerte de Joe Gideon (Roy Scheider). Más cerca en el tiempo, el tema que da inicio a la extraordinaria La La Land: Una historia de amor (La La Land, 2016) de Damien Chazelle se da en el medio de un embotellamiento vial.
Annette (2021) de Leos Carax lleva el artificio al campo de la extravagancia. La música aparece en el medio de una sala de partos, en la cubierta de un barco que naufraga debido al temporal, incluso los personajes siguen cantando aún cuando están siendo asesinados. Sin embargo, que la historia sea contada a través del género permite la aceptación de lo inadmisible. Hasta no desentona el hecho de que la hija de la pareja protagonista sea una muñeca que canta con una voz fuera de lo común. Es decir, el film logra progresivamente su propia legitimación a través de los minutos.
La película se inscribe en el subgénero opera rock. Originalmente aparecido en el ámbito musical, fue readaptado al cine hacia la década del 70. Obras como El fantasma del paraíso (Phantom of the Paradise, 1974) de Brian de Palma, The Rocky Horror Picture Show (1975) de Jim Sharman o Tommy (1975) de Ken Russell, con música de The Who, significaron un verdadero renacer para el género.
Desde sus inicios el cine musical fue tratado como un género evasivo, esto es, como un producto meramente comercial diseñado solo para entretener y ofrecer al consumidor una vía de escape de la realidad. Este errado tratamiento implica un verdadero desconocimiento de los temas que desplegó el musical en sus primeras décadas como la independencia de la persona, la exploración de lo masculino y lo femenino, la sexualidad, entre otros.
Las óperas rock además llevaban a la pantalla cuestiones de índole social, cultural y política. Partieron de la necesidad de crear un nuevo tipo de espectáculo cinematográfico para atraer al público juvenil de esa época, con gustos y conocimientos particulares, que se estaba convirtiendo en el principal cliente de las salas de cine.
El productor musical y teatral australiano Robert Stigwood manifestó que la idea era atraer al cine a la gran cantidad de jóvenes que ya asistían a los conciertos de rock, y de esa manera unir ambos mundos. Asimismo, estos films rompieron con el modelo preestablecido, y en lugar de importar coreógrafos, bailarines y otros profesionales del teatro, permitieron el ingreso de músicos de rock que componían las canciones y actuaban en sus films.
Junto con Carax, los hermanos Ron y Russell Mael, integrantes de la banda Sparks, le dieron forma a Annette. Tras varios intentos de hacer una película, primero con Jacques Tati y luego con Tim Burton, se encontraron con el director francés en Cannes, a quien le comentaron su proyecto. Finalmente, tras ocho años de trabajo aproximadamente lograron crear el musical que les había sido esquivo durante toda su carrera. Una ópera rock totalmente novedosa. “Anette es una reinvención de los musicales” dice Ron Mael en una entrevista. Hay piezas rockeras, orquestadas, algunas casi habladas.
En el film la música es el verdadero motor de la historia, así en el comienzo los intérpretes parten del estudio de grabación hacia la calle, en un auténtico movimiento que exhibe la intrínseca conexión de ambos espacios. El diálogo lo constituyen las propias canciones de la película. Se trata de un verdadero musical sung-through, esto es, cantado de principio a fin, donde la voz de los personajes adquiere una importancia significativa.
Annette es esencialmente una tragedia debido al destino inevitable de los personajes. Cuando aquellos se encuentran en la cima del éxito es cuando más cerca están de caer. Es ahí mismo donde comienza la destrucción del matrimonio que desencadenará sucesos fatídicos: un romance que ya estaba condenado, la deshumanización y cosificación de la niña, lo que importa un trato no afectivo sino meramente utilitario. Una subjetividad que la propia Annette reclama y consigue al final de la película.
La obra de Carax ha logrado poner en tensión las convenciones del cine musical clásico. Se diferencia claramente de films como La La Land: Una historia de amor, que se apoya en estructuras previamente aceptadas, y se acerca más a películas como Emilia Peréz (2024) de Jacques Audiard. No obstante, a diferencia de ésta última, Annette logra crear un estilo propio, tiene un tono claro, con grandes canciones que apuntan su dimensión trágica, culminando en un final coherente: el castigo físico y espiritual del padre y la liberación de la hija.



