
Argentina, 1985: la justicia como thriller, memoria y tensión democrática Por María Cabrera

Santiago Mitre no filma solo una película histórica: filma un thriller judicial profundamente argentino, donde el juicio a la Junta Militar se convierte en el corazón narrativo. La tensión no viene del veredicto —que el espectador ya conoce— sino de la posibilidad misma de que ese veredicto exista. Esa es la verdadera intriga del film: ¿puede un Estado naciente juzgar a su propio aparato represivo? ¿Puede una democracia incipiente resistir el peso del pasado sin quebrarse?
La película se inscribe dentro de una tradición de thrillers jurídicos que elevan el juicio a símbolo: de un conflicto social, de una moral colectiva, de una fractura institucional. En ese camino, Argentina, 1985 dialoga inevitablemente con otras piezas del género, como The Trial of the Chicago 7 (2020) de Aaron Sorkin, que también convierte un juicio real en campo de batalla ideológica. Pero lo que las une —el juicio como drama central— también las separa en estilo, visión política y estrategia narrativa.
Dos formas de contar un juicio: Sorkin vs. Mitre
Tanto The Trial of the Chicago 7 como Argentina, 1985 parten de casos reales que marcaron a fuego sus respectivas democracias. Sin embargo, las decisiones de dirección de Sorkin y Mitre revelan concepciones muy distintas sobre cómo debe contarse un hecho histórico.
Sorkin, que también escribe el guión, elige la confrontación dialéctica. Su cámara es inquieta, los diálogos son veloces y afilados, y los personajes están dibujados con claroscuros morales que favorecen el dramatismo. El juicio es un show ideológico donde cada réplica busca ovación. Se estiliza el conflicto, se empuja el ritmo, y se construye una narrativa con ecos del presente: el mensaje es claro, los héroes están bien delineados, y el veredicto —aunque absurdo— no impide que el espectador salga con la sensación de victoria moral.
Mitre, en cambio, opta por una estética de la contención. Aquí no hay discursos incendiarios ni montaje frenético. La tensión crece en el silencio, en las miradas, en los testimonios que cortan el aire. El juicio no es el clímax, es un proceso. Lo que se dramatiza no es el veredicto, sino el desgaste, el riesgo, la resistencia burocrática. La figura del fiscal Strassera (Ricardo Darín) se presenta no como un cruzado ideológico, sino como un hombre común enfrentado a una tarea extraordinaria.
Una diferencia clave es la representación del pueblo: en Chicago 7, los acusados se convierten en íconos; en Argentina, 1985, son los testigos —las víctimas— quienes ocupan el centro emocional. El testimonio no es solo prueba, es acto de memoria y verdad. Lo colectivo supera lo individual.
Una justicia frágil, pero posible
Lo que propone Argentina, 1985 es una versión de justicia que no es espectacular ni vengativa, sino precaria, difícil, y profundamente humana. Una justicia que se construye con miedo, con dudas, con burocracia, pero también con ética. Esa justicia aparece hoy como una rareza luminosa en un país donde el sistema judicial ha perdido legitimidad frente a la opinión pública.
La reciente condena a Cristina Fernández de Kirchner por corrupción en la causa «Vialidad» es paradigmática. No importa desde qué vereda ideológica se la mire: lo cierto es que el fallo no logró generar una sensación de justicia compartida. Para sus simpatizantes, es un caso claro de lawfare; para sus detractores, es la prueba de que finalmente se hace justicia. En ambos casos, subyace una misma conclusión: no hay acuerdo sobre qué es “justicia” hoy en Argentina. No hay Strassera posible porque no hay verdad común. Y sin esa verdad, la democracia tambalea.
Frente a ese presente, Argentina, 1985 opera como una contradicción dolorosa. La película no solo reconstruye un momento de justicia efectiva, sino que expone, por contraste, lo anómalo de ese triunfo. El juicio a las Juntas fue —y sigue siendo— un caso único en el mundo: un país juzgó a sus propios genocidas con jueces civiles, en democracia, sin intervención extranjera ni tribunales especiales. No fue producto de una revolución, ni de una ocupación, ni de una guerra perdida. Fue el resultado de una voluntad política extraordinaria y un consenso democrático incipiente.
Pero ese gesto no fue el comienzo de una tradición, sino una excepción gloriosa. Y al ser contada hoy, cuando el sistema judicial es visto como uno de los poderes más desacreditados del país, la película interpela doblemente: ¿Qué hicimos con ese legado? ¿Cómo sostener una democracia sin una justicia que funcione?
Dramatizar el pasado para interpelar el presente
La fuerza de Argentina, 1985 no está solo en lo que cuenta, sino en cómo elige contarlo. Mitre evita la grandilocuencia y apuesta por la acumulación lenta del coraje. Frente a la épica verbal de Sorkin, elige el testimonio. Frente al juicio como espectáculo, el juicio como reconstrucción de la dignidad.
Ambas películas son válidas y poderosas. Pero donde The Trial of the Chicago 7 busca emocionar desde la elocuencia, Argentina, 1985 emociona desde la verdad. En un país donde la justicia es cada vez más vista como terreno de disputa y manipulación, el film de Mitre recuerda que hubo una vez —una sola vez quizás— en que el poder se sentó en el banquillo, y el pueblo habló.
Y esa memoria, en tiempos de descreimiento, sigue siendo un acto político.


