
Balzac y la joven costurera china: El poder del lenguaje como motor de la transformación por Marcos Giménez

Poder hallar un haz de luz dentro de las vivencias más oscuras es una habilidad que el autor y director de cine Dai Sijie sabe manejar con gran precisión y delicadeza. No resulta extraño que sus narraciones logren tal efecto cuando tratan precisamente sobre los dolores y alegrías de las historias cotidianas propias. Las experiencias vividas durante sus años clave de formación y crecimiento marcaron la vida de Dai y sus obras literarias son un reflejo de ello. Tal es el caso de El Evangelio según Yong Sheng (2019), donde cuenta la dura vida de su abuelo y su relación con la religión cristiana, o su novela estrella, Balzac y la joven costurera china (2000), en la cual se narran las vivencias —de naturaleza semi-biográfica— durante sus años de reeducación Maoísta y que, gracias a su éxito, tendría su propia adaptación cinematográfica apenas dos años después.
Aunque está radicado en Francia desde hace más de 40 años, Dai Sijie nació en la provincia de Fujian, República Popular China en 1954 y desde muy joven su vida se vio marcada por la Revolución Cultural del presidente Mao Zedong: a los 12 años presenció cómo las tropas del Gran Timonel entraban en su casa y se llevaban a golpes a sus padres, quienes fueron encarcelados por ser «médicos burgueses que gozaban de cierta reputación en su labor a nivel provincial». Él consiguió huir, cruzó China a pie y sin dinero para reencontrarse con su abuelo pero acabó siendo capturado. Las campañas de «reeducación» comenzaron a finales de 1968 con un plan que incluyó el cierre de las universidades y el envío de jóvenes “intelectuales” —en realidad, aquellos que habían finalizado los estudios secundarios— al campo para ser reeducados por los campesinos pobres. Así, entre 1971 y 1974, fue enviado a reeducarse en un pequeño pueblo de montaña en la provincia de Sichuan, cerca de la frontera con el Tibet. Este no sólo es el punto de partida para la novela, sino también para filme Balzac y la joven costurera china (Xiao cai feng, 2002), co-escrito y dirigido por el propio Dai.
De la pluma a la pantalla
Sería muy injusto para ambas obras ser comparadas cuando sus formas no son del todo compatibles, con diferencias naturalmente inherentes a sus respectivas disciplinas, la literatura y el cine. No obstante, sí existe un elemento de común presente en ambas casi sin diferencias: la mirada, mente y experiencia de quien vivió la historia de primera mano. Rara vez se ve una historia personal escrita, reescrita como adaptación al cine y, luego, dirigida por la misma persona. Esto resulta ser un factor único digno de ser analizado, es decir, intentar comprender la intención detrás de las decisiones creativas tomadas para cada caso nos ayuda a dar sentido y apreciar las obras con un mayor nivel de detalle.
El filme comienza con la presentación de sus personajes principales: subiendo, paso a paso, por la montaña del Fénix del Cielo desde hace dos días, el protagonista (Ye Liu) y su amigo Luo (Kun Chen), otro joven hijo de padres reaccionarios encarcelados, cargan con su equipaje esperando pronto llegar al pueblo que se encuentra en la cima, donde se llevará a cabo su reeducación. Una vez allí, el jefe del pueblo y el resto de la gente se reúnen en la estancia para revisar las pertenencias de Luo y Ma, quien nos revela su nombre cuando el jefe, al no saber leer, le pregunta qué hay escrito en el estuche de su violín. Esto es un punto a resaltar porque, en contraposición, la novela está narrada en primera persona omitiendo el nombre de su protagonista, lo que sugiere una identificación implícita con el propio Dai. Tampoco se conoce el nombre de la mayoría de los personajes, ya que el autor se toma la libertad de referirse a ellos utilizando epítetos: la sastrecilla, el cuatrojos, el jefe, el viejo molinero, etc. En ocasiones, este hábito puede considerarse como una limitación a la hora de narrar, al obligar al autor a tomar cierta rigidez repetitiva para lograr una interacción clara y natural en los diálogos entre personajes. Sin embargo, en la novela, resulta ser una herramienta de expresión beneficiosa porque permite darle personalidad al relato, al estar enteramente condicionado por las opiniones y experiencias del protagonista. En cada descripción de apariencias, movimientos, vestimentas y peinados hay una gran carga personal que nos permite conocer cómo piensa el narrador y cómo este define al mundo que lo rodea. El mismo tampoco teme a dirigirse directamente hacia sus lectores, rompiendo la cuarta pared en algunas ocasiones, reconociendo su omnisciencia con cierto grado de humor.
Con ese antecedente, la película es capaz de tomar la esencia del personaje en la novela como base fundacional para la personalidad de Ma, quien es presentado como un chico de 17 años, hábil músico, de personalidad reservada, observador y de buen corazón. Junto con Luo, de 18 años, carismático, energético y con un talento especial para contar historias, son reeducados a través del sometimiento a realizar duros trabajos en la mina de carbón del pueblo, cargando en sus espaldas barriles de excremento para fertilizar y arar los campos de arroz y maíz, entre otros trabajos forzados.
En este lugar perdido entre las montañas donde también se pierde la noción del tiempo, ambos conocen a la joven costurera, una chica de un pueblo cercano, hija del único sastre en la zona, quien se encuentra muy curiosa por conocer más sobre los chicos de ciudad recién llegados. Juntos, los tres jóvenes descubren, poco a poco, un mundo más allá de las montañas, repleto de poesía y pasiones desconocidas, a través del robo de una serie de libros prohibidos por el régimen, pertenecientes a otro joven reaccionario, que les abrirá la puerta para exponerse a la vida de los personajes de Balzac, Cervantes, Bronte, Dumas, entre otros autores de occidente.
Con un delicado balance entre crudeza y cierta cuota de humor e ironía, la película logra aproximarse al relato dinámico y ligero, casi como una fábula, de la novela de Dai Sijie. Sin embargo, decide tomar una ruta alternativa en su método de abordar la narrativa al centrar sus esfuerzos en un enfoque donde el despertar del amor adolescente y el nacimiento del deseo innato de libertad se convierten en los elementos predominantes, relegando el duro contexto definido por un régimen conservador y hermético a un lugar secundario, desde donde lo observa con una mirada más nostálgica y melancólica que crítica.
Sobre lo visual y lo simbólico: Luz y oscuridad; libertad y coacción
Si algo debe de ser destacado es que el haber podido rodar la película en China, con el trabajo de fotografía a cargo de Jean-Marie Dreujou, resultó ser un punto focal para que el componente visual de este filme brillara. A Dai Sijie le costó múltiples visitas al Ministerio chino, rondas de comités con profesores y cineastas del país, hasta que por fin pudo convencerlos y conseguir los permisos necesarios. A través de planos amplios, el aprovechamiento de los vastos y majestuosos paisajes de montañas, senderos, campos y ríos logran acentuar no sólo la insignificancia de los personajes frente a tamaños escenarios, sino también su aislamiento del resto del mundo, de la realidad. Resulta paradójico pensar que lugares tan abiertos, vivos y libres funcionen también como una cárcel para la vida de Ma, Luo y la joven costurera. Ese sentimiento de opresión también está presente en las locaciones opuestas, en aquellos lugares sucios, inertes y oscuros como las minas de carbón en las que Ma y Luo son forzados a trabajar, la vieja y deteriorada estancia en la que viven. La dirección de Dai busca, de manera inversa, concentrarse en aquellos detalles pequeños e íntimos. Rostros y miradas en primer plano para intentar desnudar las emociones al espectador; planos de unas manos tocándose con otras o pasando las páginas, los rostros de Ma y Luo débilmente iluminados por una lámpara de aceite durante las noches que pasan en vela leyendo; el uso de la música, los instrumentos musicales e incluso otras obras cinematográficas como La chica de las flores (1972) —una película propagandista norcoreana— como símbolos de expresión son ejemplos comedidos pero satisfactorios de cómo dotar de vida las escenas y sus personajes.
Con todas estas proezas, ciertos matices asociados a la construcción de los personajes que se han perdido en la transposición, lo que debilita en parte las intenciones dramáticas del filme previamente establecidas. La imposibilidad de explorar las emociones más complejas en contextos, tanto adversos o bellos, entorpece la construcción de personajes con cierta tridimensionalidad, verosimilitud. La incertidumbre de no saber si algún día van a poder reinsertarse o si se encontrarán con su familia nuevamente, describir la belleza de la joven costurera cuando el brillo de la proyección de cine ilumina su semblante o expresar fascinación con el aroma de una flor son algunas de las formas en que la novela construye la complejidad de sus personajes. En el filme, esta clase de ejemplos no prolifera, generando un desarrollo deficiente de las relaciones entre Ma, Luo y la joven costurera. Un ejemplo de ello son las expresiones frívolas y casi robóticas de Luo y la costurera cuando este le informa que se va a ir del pueblo por dos meses. En esta situación, el espectador se percata de aquello que los personajes sienten más por lo expresan de forma explícita, que por lo demuestran a través de sus emociones y reacciones.
No obstante, existen otros alejamientos de la obra original que valen la pena. Quizás el más interesante sea el epílogo, el cual no forma parte de la novela. En los últimos minutos del filme hay un abrupto salto de algunas décadas en la línea temporal. Ma narra cómo es su vida en la actualidad, habiéndose convertido en un violinista profesional en Francia. Al anunciarse que la zona de montañas donde pasaron sus años de reeducación será pronto inundada para darle paso al desarrollo de una presa hidroeléctrica, Ma regresa a China en busca de aquel lugar antes de que se pierda para siempre, con la esperanza de volver a encontrarse con la costurera. En un interesante ejercicio con forma casi documental, gracias al uso de fragmentos de programas de TV y filmaciones tomadas por el propio Ma, los amigos se reencuentran para rememorar con melancolía el pasado que está a punto de ser sumergido. En esta escena son capaces de sincerar su amor por la costurera, a quien jamás volvieron a ver luego de que ella siguiera su deseo de abandonar el pueblo.
El lenguaje como emancipación
Aunque Dai Sijie sea representado con el personaje de Ma o del narrador y protagonista de la novela, también es posible verlo reflejado de forma involuntaria en la identidad de la joven costurera. Quizás esta idea se ve potenciada porque, en la novela, se desconoce el nombre de ambos personajes. De todas formas, resulta factible pensar que Dai es alguien que descubrió la literatura por accidente en las circunstancias menos esperadas y que, aquel hecho, se convirtió en un punto de inflexión que lo llevaría a transformarse en una persona diferente, tal como la joven costurera reveló a Luo antes de marcharse del pueblo para siempre, citando la frase de Ursule Mirouët de Balzac: “La belleza de una mujer es un tesoro que no tiene precio”, utilizándose no como una expresión de vanidad, sino de autodescubrimiento. De igual manera, Dai abandonó China para buscar aquello que lo cautivó —el cine, en especial el de Luis Buñuel— en Francia y, como la costurera, jamás regresó, al menos no en alma o esencia. Así lo dejó en claro en una entrevista para La Vanguardia, donde aseveró que “cuando me fui, China era un país comunista donde nadie tenía una propiedad y ahora es lo contrario, una sociedad de consumo. Sigo sin encontrar mi lugar allí; y no les intereso, para mí eso ha sido difícil”. En palabras de Aristóteles, el lenguaje y la escritura nos permite hablarles a los ausentes. Para Dai Sijie y la costurera, la lectura no solo fue un puente hacia el otro, sino también una vía de escape. El cine, la literatura, la belleza, todos representan lenguajes distintos, pero con un mismo poder transformador y liberador.



