
Candyman: Redefiniendo el horror slasher en un contexto adverso Por Marcos Giménez

Una leyenda urbana no es más que una renovación del antiguo mito transmitido de boca en boca, ahora adaptado a las realidades contemporáneas de la vida en las ciudades. Un hecho ficticio que desafía toda lógica posible pero que, apelando a los miedos y preconcepciones de la sociedad, logra perpetuarse en la memoria de muchos, quienes luego lo transmiten, transforman y resignifican. Al menos eso es lo que cree Helen Lyle (Virginia Madsen), la protagonista de Candyman: El dominio de la mente (Candyman, 1992), una estudiante de grado de la universidad en Chicago, EE. UU., que se encuentra escribiendo su tesis sobre una leyenda urbana en particular. La misma cuenta que un ser maligno mata a quienes lo llaman diciendo su nombre 5 veces ante un espejo. Así se presenta en los diarios a una serie de brutales asesinatos adjudicados al tal Candyman (Tony Todd) y ocurridos en Cabrini-Green, un barrio compuesto por complejos de vivienda pública dominado por el crimen y la guerra entre pandillas —el cual realmente existió en Chicago— en donde viven principalmente personas de bajos recursos de la comunidad afroamericana. Estos casos sirven a Helen como punto de partida para la hipótesis de su investigación: el horror planteado a través de historias ficticias es un método para ayudar a sobrellevar otro horror propio de una realidad dura y violenta. Para ella, es claro que los crímenes tienen a alguien más como responsable que un ente ficticio. No cree en Candyman y por lo tanto, no tiene miedo alguno en llamarlo delante del espejo. Sin embargo, la protagonista termina descubriendo que aquello es más que sólo un cuento para asustar a la gente.
Candyman: El dominio de la mente es reconocida por brindar una nueva perspectiva al cine de horror slasher que dominó las salas desde finales de los años setenta hasta ese momento con grandes exponentes como Halloween (1978), Martes 13 (Friday the 13th, 1980) o Pesadilla en lo profundo de la noche (A nightmare on Elm Street, 1984). Iniciados los años noventa, parecía que el subgénero se había estancado. El sinfín de secuelas que los estudios lanzaron en esos años terminaron por agotar el poco interés que le quedaba al público espectador. En una industria donde el horror había perdido impacto, y con ello, cuota de pantalla, se debía cambiar el enfoque de alguna forma. Pronto veríamos que ese cambio se daría principalmente con el éxito de thrillers psicológicos como El silencio de los inocentes (The silence of the lambs, 1991) u otros como Scream (1996), un slasher de tono jocoso y consciente de sí mismo, autorreferencial al subgénero. Asimismo, hubo lugar para otras pequeñas ideas como Candyman: El Dominio de la mente del entonces joven y principiante director Bernard Rose, quien también se encargó de escribir el guión, tomando como inspiración el relato Lo Prohibido, parte del quinto volumen de la antología de Libros de Sangre de Clive Barker, escritor y director británico conocido principalmente por ser la mente detrás de Hellraiser. Sin desmerecer el ingenio de Barker para crear universos de terror, el mérito de convertir a este filme en una historia capaz de trascender corre por parte de Rose, quien toma las ideas sólidas de la leyenda urbana presente en la historia de Barker y las expande cambiando el factor del clasismo en un escenario británico por uno estadounidense, y por consiguiente, la relación intrínseca entre el clasismo y el racismo en aquel país. Si bien la exploración de la discriminación racial en el terror se había visto en, por ejemplo, los problemas que afronta el protagonista negro de La noche de los muertos vivos (Night of the living dead, 1968) de George Romero, la presentación de la temática como elemento crucial de la trama mas que un subtexto o particular lectura era algo no explorado hasta la aparición del filme de Rose. Los vecinos del complejo de departamentos de Cabrini-Green, tanto en realidad como en ficción, viven siendo víctimas del crimen y la desidia de múltiples gobernantes locales, que no trabajaron para revertir la problemática habitacional, llevándolos a la marginalidad desde la década de 1960, luego de la implementación de la segregación racial.
Pero la introducción del conflicto social no es el único aspecto novel del filme. Lo es también el tratamiento de sus personajes. Que el antagonista y monstruo de esta película sea un hombre negro fue un cambio de paradigma. En el mito, Candyman era el hijo de un esclavo que logró prosperar y convertirse en un hombre culto y refinado, en un artista quien sufre una muerte horrible por haberse enamorado de una mujer blanca. En el otro extremo, tenemos a Helen Lyle, quien se sale de la típica representación de la protagonista del slasher: la adolescente temperamental, la joven virgen o la damisela en peligro quien debe ser rescatada son dejadas de lado para dar paso a la historia de una mujer adulta tratando de hacerse valer en un ámbito académico en el cual no es apreciada y como su compromiso con ello la lleva a los peores lugares. Aunque su intención de colaborar en un contexto adverso para intentar darle solución constituya un acto noble, el personaje de Madsen es ingenuo, no termina de comprender la problemática ni de escuchar a la comunidad que la sufre. Al ser una mujer blanca de clase media, completamente ajena a esta situación, se vuelve un blanco fácil para que Candyman la seduzca, pueda actuar a través de ella y alterar el curso de su vida dramáticamente.
Helen tiene su primer contacto con Candyman apenas en el minuto 44 del filme, un poco antes de la mitad de su duración total, algo sin dudas inusual y que hasta podría considerarse anticlimático para el género. Resulta extraño pero gratamente sorprendente que este encuentro y otros momentos de gran tensión se den a plena luz del día, en lugares abiertos o públicos. En conjunto con una atmósfera construida a partir de un excelente aprovechamiento del urbanismo decadente, se define una narrativa diferente, de ritmo pausado y con un crecimiento de tensión paulatino.
Todos estos elementos son proezas a cargo de un director que supo combinar un guión sólido y, dando indicios en su anterior trabajo, la ópera prima Sueños alterados (Paperhouse, 1988), nutrir a la narrativa de elementos visuales bien aprovechados, gracias al trabajo de fotografía de Anthony B. Richmond. Junto a la gran química entre personajes, y gracias a la personificación de Todd, quien con su increíble semblante y profunda voz, logra dotar de misterio, peligro y elegancia al monstruo, que logra estar a la altura de otros monstruos del horror de características góticas y envueltos en tragedias, como los clásicos Frankenstein o Drácula.
Recepción, contexto social y legado
En los comentarios incluídos en el material adicional de la versión en DVD (2004) del filme, Rose comentó que la productora temía que la recepción de la película fuera aversiva. Es que aquellos miedos no eran infundados. El contexto social vivido en Estados Unidos en aquel año en el que estrenó ayudó a reafirmarlos. Los disturbios de Los Ángeles de 1992 sentaron un precedente en la historia de la violencia racial de aquel país cuando, mediante un dudoso juicio por jurado dónde sus miembros eran mayoritariamente de origen caucásico, absolvieron a un grupo de policías, también blancos, acusados de haber golpeado salvajemente a Rodney King, un taxista de ascendencia africana, cuya paliza fue oportunamente filmada por un vecino videoaficionado y difundida a través de los medios de comunicación de ese país . Este hecho no fue algo aislado y excepcional, sino que funcionó como disparador ante una situación de abusos y tensión racial entre la comunidad blanca, negra y coreana de la ciudad —la cual ya había sido retratada unos pocos años antes en Haz lo Correcto (Do the right thing, 1989), el filme del director Spike Lee— que se fue acrecentando a lo largo de los años. Incluso, en el mismo material adicional, el director comentó que tenían una proyección de prueba en esa ciudad el día que se desató el hecho que finalmente, luego de días de disturbios, dejaría decenas de muertos y miles de heridos.
Pese a los esfuerzos del estudio por minimizar controvercias, como organizar reuniones con representantes de NAACP —sigla en inglés de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color— a quienes Rose consultó para detectar posibles conflictos, como la decisión de elegir a Tony Todd como el antagonista, según admitió en una entrevista con el escritor Kevin Jackson, la película finalmente tuvo una respuesta mixta. Si bien gozó de un éxito moderado en las salas, principalmente porque el presupuesto para realización del filme era muy bajo, no logró llegar a las audiencias masivas hasta la aparición de los formatos de video hogareños y la televisión por cable. Aunque la recepción del público afrodescendiente fue generalmente positiva, la crítica de la época tenía opiniones más duras. Poco después del estreno, el diario The Chicago Tribune publicó un artículo en donde expresaba sus principales preocupaciones sobre la representación de la comunidad negra y sobre cómo la película podía perpetuar algunos de los estereotipos más comunes. Como el hecho de que el monstruo sea un hombre negro, la creencia de que la gente negra es más susceptible a la superstición, el retrato de un barrio convertido en ghetto que jamás va a mejorar, la idea de que los hombres negros están obsesionados con las mujeres blancas, entre otros. Estas preocupaciones nombradas por el medio no son burdas ni exageradas, sino que pueden ser fácilmente identificables dentro de la idiosincrasia del filme, contrastando con las ideas más progresistas que también logra transmitir. Contrario a lo que el sentido común nos dicta, este choque de ideas no desmerece ni descalifica el trabajo realizado en el filme, sino que enaltece su figura, la cual ha servido de inspiración para otros exponentes del horror con componentes sociales y raciales como los del director Jordan Peel, ¡Huye! (Get Out, 2017) o Nosotros (Us, 2019). Por eso es que el valor a nivel cultural de Candyman: El Dominio de la mente yace en poder debatir o reflexionar sobre sus contradicciones y la ambigüedad a la hora de enfrentarse a las diferencias de clase, género y raza.


