
Colossal: Monstruo del espacio interior Por Matías Carricart

Las películas de monstruos han estado presentes en el cine desde sus inicios. Películas como Drácula (Dracula, 1931) y Frankenstein (1931) fueron algunas de las adaptaciones de obras literarias que realizó Universal Pictures. Pero Estados Unidos no fue el único país que se encargó de producir este nuevo subgénero. En la década del 50, Japón todavía estaba viviendo los efectos de la Segunda Guerra Mundial, finalizada unos años antes. Las bombas atómicas trajeron un nuevo miedo originado en la deformación de los seres vivos. Fue así que aparecieron los kaijus, un nuevo tipo de monstruos que representaban la amenaza externa. De esta manera, se estrenaron algunas películas como Godzilla (Gojira, 1954) y Rodan (Sora no daikaijû Radon 1958) que simbolizaban los traumas de una población aún herida.
Colossal (2016) es la cuarta película del director español Nacho Vigalondo. Narra la historia de Gloria (Anne Hathaway), una escritora que vive en Nueva York junto a su novio Tim (Dan Stevens). Sin embargo, su vida está barranca abajo debido a su alcoholismo, lo que obliga a su pareja a echarla del departamento. Esto hace que ella regrese a Mainhead (New Hampshire), su pueblo natal. Allí se reencuentra con Oscar (Jason Sudeikis), un amigo de la infancia que regentea un bar y se convierte en una especie de contención: la ayuda con su casa amoblándola y le ofrece trabajo en el bar.
Paralelamente, un monstruo gigante aparece en Seúl causando destrozos y muertes en la ciudad coreana. ¿Qué une a Gloria con este monstruo? Que este ser extraño es ella. Cuando se presenta en un determinado parque, el monstruo replica sus movimientos en Corea. Lo que en principio era una amenaza lejana y ajena se revela como una extensión de ella, multiplicando su malestar interno que ahora perjudica a otros. De esta forma, Vigalondo utiliza al monstruo como un vehículo del daño que puede causar una persona aún sin intenciones de hacerlo.
A medida que avanza la película, la relación entre Gloria y Oscar empeora. Él comienza a mostrarse más agresivo con ella, quizás frustrado porque no hay una correspondencia afectiva o porque Gloría sí pudo salir del pueblo, mientras que él se quedó estancado en ese entorno. Las frustraciones de Oscar permean su vínculo con Gloria, lo que lo hace tener actitudes oscuras y manipuladores con ella. Sin una manifestación clara, la relación es un caos de tensiones no articuladas ni resueltas. Esto provoca la aparición de un monstruo: un robot gigante que es Oscar y que también se hace presente en Seúl cuando va al parque. Colossal se traslada del drama personal de Gloria al control y la violencia de Oscar. El nuevo monstruo (que es mecánico, no natural) no es una manifestación del desequilibro emocional, sino una extensión de las relaciones tóxicas. A diferencia del monstruo de Gloria, nacido del desorden emocional, el robot de Oscar es mecánico y calculado. Oscar funciona como un Dr. Jekyll que tiene su Mr. Hyde, una identidad desdoblada, donde no pierde el control, sino que lo ejerce. Él es el verdadero monstruo del film, y no Gloria.
Vigalondo resignifica la figura del kaiju en Colossal. El monstruo ya no refleja un terror externo, sino uno interno. Lo primero que se rompe está en el interior de Gloria, convirtiéndola en alguien vulnerable, y luego el interior de Oscar. El monstruo vuelve tangible la situación inestable de Gloria y la manipulación de Oscar. Las consecuencias de su relación, aunque parezcan insignificantes, tienen un efecto devastador en los habitantes de Seúl.
Sobre el final, Gloria decide enfrentar sus problemas y toma control del monstruo, utilizándolo como un vehículo para vencer el terror de su amigo. Actúa con plena consciencia y revierte la amenaza de Oscar. La carga que para ella representaba ser ese monstruo es una herramienta para salvarse a ella misma y a los demás. De esta forma, Colossal propone que los monstruos internos se pueden enfrentar y utilizar para revertir las relaciones de poder.


