Con ganas de triunfar – El suplente
La buena educación
Por Matías Carricart
El cine es un medio donde la juventud es abordada de muchas maneras. El crecimiento físico y emocional de los jóvenes, conocido como el subgénero coming of age, es uno de los más explorados. En este tipo de películas, las figuras paternales suelen ser cruciales para sus protagonistas. Boyhood. Momentos de una vida (Boyhood, 2014), Lady Bird: Vuela a casa (Lady Bird, 2018) y Eight Grade (2018) fueron algunas de las más famosas en los últimos años. También está la situación inversa, la de los padres que deben criar a sus hijos. Algunos de los ejemplos más conocidos en las últimas décadas son Kramer vs. Kramer (1980), Papá por siempre (Mrs. Doubtifre, 1994) y Capitán Fantástico (Captain Fantastic 2016). Sin embargo, hay otra figura explorada y que también es importante en la educación de un infante: la de los profesores. Son estas personas que estudiaron y decidieron ponerse frente a un grupo de alumnos para impartirles una enseñanza. Claro que esta enseñanza no es solo informativa, sino que muchas veces involucra lo emocional y atraviesa las paredes de las aulas.
Muchas son las películas que retratan esta situación. La sociedad de los poetas muertos (Dead Poets Society, 1990) y Música del corazón (Music of the Heart, 2000) son algunas. Hay dos de ellas que tienen muchos puntos en común: Con ganas de triunfar (Stand and Deliver, 1988) de Ramón Menéndez y El suplente (2021) de Diego Lerman. La primera es una película estadounidense de 1988 producida de manera independiente por American Playhouse, responsable de otros títulos como The Thin Blue Line (1988) y A salvo (Safe, 1995), y que cerró en 1997. Por su parte, El Suplente es una película argentina de 2021, del director de La mirada invisible (2010) y la multipremiada Refugiado (2014). Entonces, ¿en qué coinciden una película que transcurre en Los Ángeles con otra que lo hace en el conurbano bonaerense? ¿Es la figura del profesor lo que viene a asimilarlas? No precisamente.
Con ganas de triunfar está basada en la historia de Jaime Escalante, interpretado por Edward James Olmos, un profesor boliviano que llega al Garfield High School en el Este de Los Ángeles, un área en el que su población hispanoamericana llega al 95%. Menéndez, a través de los ojos de Escalante, muestra que es una zona sin lujos, habitada por gente de clase trabajadora. Vendedores de verduras al costado de la calle, hombres trasladados al trabajo en una camioneta, food trucks de tacos, y hasta pintadas con la cara del Che Guevara en el que rezan “No somos una minoridad” (we are not a minority!!) indican el tipo de población que encontrará el profesor en el colegio. Una vez allí, Escalante está anotado para dictar Ciencias de la Computación, pero no obtuvieron los fondos suficientes para las computadoras, por lo que termina enseñando Matemática. Al rechazo burocrático se le suma el de sus alumnos: unos pandilleros lo desafían y hasta le roban partes del auto. No es un comienzo auspicioso para Escalante. Sin embargo, lejos de amedrentarse, no duda en enfrentarlos. Desde el primer día, deja en claro que dentro del aula no habrá lugar para métodos coercitivos.
El suplente, por su parte, no está basada en hechos reales. Juan Minujín es Lucio, un profesor suplente de Literatura. En las primeras escenas, asiste a la presentación de un libro, en el que se incluye un cameo del escritor Martín Kohan. Entre varios personajes, discuten sobre concursos docentes junto a copas de vino. Lucio está en un círculo limitado, al que no cualquiera puede acceder. Como en Con ganas de triunfar, llega en su auto a la nueva escuela. Los planos de la autopista, el Riachuelo, el transbordador y el puente Nicolás Avellaneda indican su nuevo destino: la Isla Maciel, ese barrio de clase trabajadora de Avellaneda que no es técnicamente una isla. Una colega lo recibe diciéndole “bienvenido a la barbarie”. La clase no muestra ningún tipo de interés. Hasta hay un alumno que duerme porque trabaja de noche. “La literatura no sirve para nada” le dice otro. No hay, dentro de esa aula, una agresividad como la que recibió el profesor Escalante. Sí hay un desinterés absoluto, como si el contenido no sirviera. Está claro que, tanto los alumnos del Garfield como el del colegio bonaerense, sienten que la matemática y la lengua no le brinda utilidad en sus vidas. El colegio no es el principal interés de sus vidas. Las necesidades del presente son más urgentes que las ventajas que le puede dar la educación en un largo plazo. La escuela no es vista como una herramienta para conseguir una mejor situación socioeconómica.
Dentro del aula, tanto Escalante como Lucio empatizan rápidamente con sus alumnos. No es la personalidad de los profesores lo que funciona como hipnosis, sino la adaptación de los contenidos pedagógicos a su realidad social. Escalante pone como ejemplo las cuentas que hace una alumna suya que trabaja como empleada. Por su parte, Lucio habla de novelas policiales relacionándolo con el asesinato del hermano de una alumna. Ambos saben cómo tener a la audiencia cautiva sin la necesidad de abandonar los contenidos curriculares.
Pero hay otro punto que une a ambas películas y, por lo tanto, a ambos profesores. Esto es la relación que tienen con sus alumnos fuera del colegio. Los directores ya mostraron que los barrios donde están ubicadas las escuelas son de clase trabajadora. Muchos de esos mismos alumnos deben salir a trabajar y mantener a su familia. En el caso de Escalante, una estudiante abandona para trabajar en el restaurante de su padre. Él se acerca hasta el lugar para hablar y explicarle lo inteligente que es su hija y que hasta puede llegar a la universidad. El padre lo rechaza. No hay lugar para estudiar, solo para trabajar. No hay que dejar de lado que el sistema universitario estadounidense es, en su mayoría, arancelado, a diferencia del argentino y que es motivo de orgullo. Porque cada persona que ingresa a la universidad no lo hace únicamente como un deseo individual, sino como un proyecto de la sociedad. No se debe ver únicamente al alumno en términos económicos como si diera ganancias y pérdidas. Ni la universidad ni el Estado son empresas.
El proyecto colectivo siempre será mayor que la aspiración individual. Por su parte, Lucio también sufre el abandono de dos alumnos. En este caso, los motivos son otros: hay alguien que está vendiendo droga dentro de la escuela. Las internas políticas del barrio se metieron dentro del colegio y Gendarmería pasa a controlarlo. Es una situación que interpela a todos los profesores. En una reunión, uno de ellos se remite a la autoridad ética para estar “con los pibes, con sus familias”. Lucio va a la casa de Mayomi (Amely Mejía), una de sus mejores alumnas. Habla con los padres, que la retiraron por la situación peligrosa. Les habla del futuro que puede tener. Los padres, aceptan el regreso. Por otra parte, también va a buscar a Dylan (Lucas Arrúa), el mismo que dijo que la literatura no servía para nada y que está metido en las peleas internas del barrio. Lerman retrata esta batalla entre bandas con un estilo semidocumental, apelando a la cámara en mano y a los sonidos fuera de plano cuando hay un tiroteo. Habla con su propio padre, el Chileno (Alfredo Castro) para que le dé protección. Dylan no vuelve al colegio y debe emigrar del barrio. Si bien Lucio no pudo hacer que regrese a clases, no deja de apreciarse su involucramiento con sus alumnos, más allá de lo estrictamente educativo y rendimiento de cada uno. No importa si era la mejor alumna o el peor alumno, el profesor está presente, lo que hace que más que diferenciarlos, los iguale.
Finalmente, las notas son exitosas. Escalante logra que sus alumnos aprueben el examen de cálculo y Lucio que todos aprueben Literatura. En Con ganas de aprender se sigue apreciando la diferencia de clase, pues los alumnos sufren la estigmatización de la secretaría de educación que sospechan que se copiaron, ya que tuvieron casi los mismos (y mínimos) errores. Escalante apela y les dice a las autoridades que sabe que esa situación no se repetiría con un colegio de Beverly Hills o si no tuvieran un apellido latino. Finalmente, no queda otra opción que volver a rendir. En esta nueva oportunidad, supieron diferenciarse, por lo que las sospechas se terminaron. Esos alumnos, a los cuales siempre se los subestimó y que se los veía únicamente como mano de obra, ahora pasaban a tener entrevistas para asistir a las universidades. Escalante logró, de alguna manera, insertarlos en una sociedad que los invisibilizaba.
Con ganas de triunfar y El suplente son dos buenos ejemplos de la función de la educación en la sociedad. Una herramienta que permite crecer, más allá de todo tipo de estigmatización que puede recibir. Claro que esa educación debe ser acompañada por dos profesores dedicados, como se nota en las películas mencionadas, tanto dentro como fuera del aula. Porque nadie se salva solo.


