
El legado de Jonathan Larson Por Matías Carricart

Adaptaciones de musicales del teatro al cine hay muchos. Sin embargo, hacía falta una que cuente la historia de la persona que redefinió el género en la escena de Broadway: Jonathan Larson. Y quien se hizo cargo para contar la historia fue nada menos que Lin-Manuel Miranda, el famoso director teatral que, de esta manera, debutó en la misma labor a nivel cinematográfico. Para esto, se adaptó “Tick, Tick… Boom!”, la obra autobiográfica de Larson en la que narra su vida en Nueva York a principios de la década del 90, atravesado por diversas presiones: la económica, la de pareja, la generacional y, principalmente, la creativa.
Tick, Tick… Boom! (2021) se estrenó en Netflix en noviembre de 2021. La película comienza con la narración de Larson en el escenario. Allí cuenta cómo era su vida cuando estaba por cumplir los 30 años: trabajaba en una cafetería que le alcanzaba para alquilar un departamento en el SoHo con su amigo Michael (Robin de Jesus); su novia Susan (Alexandra Shipp) buscaba un mejor trabajo para tener un futuro más estable y, mientras, él se dedicaba a escribir su musical “Superbia”, una obra de ciencia ficción tan ambicioso como difícil de adaptar. Además de las canciones del musical, Miranda agrega otras que sirven para la narración de la historia intensificando las emociones y los sentimientos y ordenando los recuerdos.
Hay un elemento destacado en la narración de Larson: el paso del tiempo. Él ve como su amigo y su novia consiguen un mejor trabajo, mientras apuesta que “Superbia” sea la obra que lo destaque como un autor. A esto hay que sumarle la presión de su productor Ira (Jonathan Marc Sherman) que le pide el musical finalizado para mostrar a otros productores de la escena, en tanto que Larson pide recursos que no puede justificar. Su vida artística parece ir en otra dirección a la de su vida personal o, al menos, en velocidades distintas que no se pueden sincronizar.
Miranda elige mostrar cómo la creatividad del artista sin romantizarlo ni convertirlo en un bohemio. Los vínculos emocionales se deterioran al tiempo que se van yendo las oportunidades. Las canciones funcionan como el vehículo de narración construyendo otra capa. “Therapy” contrapone una discusión con su novia Susan, al mismo tiempo que el número musical expresa lo que Larson no puede decirle. Otro ejemplo es “Swimming” que muestra el bloqueo creativo que sufre Larson y cómo lo que ocurre a su alrededor lo determina. Para esto, Miranda también se apoya en los actores propios de Superbia: Karessa (Vanessa Hudgens) y Roger (Joshua Henry).
Al ambiente personal de Larson, hay que sumarle el contexto social de esa Nueva York de principios de los 90. El artista narra cómo algunos de sus amigos se enferman y mueren. Sin subrayados, se muestra cómo esta generación fue marcada por la crisis del sida. A esto hay que sumarle que uno de los que contrae la enfermedad es Michael, el mejor amigo de Jonatan. El tiempo que lo apremia pasa de ser una experiencia individual a ser una colectiva. Esto se ve con la canción “Why”, en la que narra su amistad desde la adolescencia, compartiendo sueños y que lo reconecta luego de una discusión. Con solo el piano acompañando el canto, la canción funciona para procesar lo ocurrido y cantar las emociones que no pueden decirse de forma normal.
Tick, Tick… Boom! opera no solo como el retrato de un artista en crisis generacional, sino también como el retrato de su época que marcó el teatro musical estadounidense. “Superbia” no fue adaptado, pero Larson escribió “Rent” en la que narra la historia de unos jóvenes neoyorquinos de fines de los 80 luchando contra la pobreza y el SIDA. Su experiencia personal se transforma en un musical, lejos de las naves especiales del musical que soñaba. Miranda recupera la teatralidad de la obra “Tick, Tick… Boom!”, expandiéndola con el montaje y llevando a las emociones y el espacio urbano a los primeros planos. Los números musicales no son una interrupción del relato, sino una continuidad. El director utiliza una filmación Súper 8 del unipersonal (pero interpretado por Garfield) y la aparición del texto en pantalla como borrador de la creatividad del artista.
En última instancia, Tick, Tick… Boom! funciona de diversas maneras: como musical, como biopic y como clima de su época. El talento de Jonathan Larson (y la mirada de Lin-Manuel Miranda) sirven para demostrar que la música sirve para catalizar las emociones pero que, además, el arte si bien puede tener un original individual, es una experiencia colectiva.



