
La luz incidente: El duelo que arrasa…y un después Por Mariana Dimant

1-Una foto misteriosa
El director Ariel Rotter confiesa, en varias notas en relación al estreno de su film, que le costó mucho alejarse lo suficiente del material reunido para su película, ya que estaba ligado a sus pertenencias. La idea original parte de unas fotos de su familia de las que nadie quería hablar, y producían angustia e inquietud cuando intentaba averiguar la historia detrás.
La capacidad del arte, – y en este caso, el cine-, de distanciarse, para inventar ficciones posibles para lo no develado, es la pulsión humana en su meta más noble: la sublimación.
2- El duelo como encrucijada
Una de las posibles definiciones de parte del proceso de duelo sería, el pasaje al fuera de campo de algo que fue visible y, su resurrección imaginaria a través de los recuerdos. Lo que muere o se pierde, quedará como fantasma de la memoria, o percepciones distorsionadas de una presencia ya imposible.
La tercera película de Ariel Rotter (Sólo por hoy, 2000 y El otro, 2007) muestra la pausada progresión dramática, a través de la cual Luisa, transita su sorpresivo duelo y el intento de rearmado de su vida.
Ha quedado viuda recientemente, a causa de un accidente donde murieron su marido y su hermano. Su madre y una amorosa mucama, la ayudan con la crianza de sus dos bebas mellizas, ya que Luisa está habitada por la angustia y la desolación de las pérdidas. El director se ocupa de hacernos intervenir en el espacio privado de la familia, un ambiente íntimo, marcado por el dolor y la añoranza.
Gracias al ritmo aletargado, los silencios sostenidos y los sutiles movimientos de cámara, nos vemos inmersos en una atmósfera propia de un hogar marcado por la falta. El contexto histórico es la década de 1960, época donde las pautas sociales y especialmente los mandatos, determinaban que una viuda joven debía “rehacer su vida”. Esta particular frase implicaba conseguir un segundo esposo, que cubra el espacio vacío, y funcione como figura paterna y sostén económico para la madre y sus hijos.
El pretendiente se corporiza en Ernesto (el excelente Marcelo Subiotto), un encantador soltero que rápidamente ansía tener un lugar definitivo en el deseo de la mujer y sus nenas. La madre (genial Susana Pampín), representando la pauta socioeconómica patriarcal, verbaliza que Luisa y sus nietas “necesitan una estructura» y parece querer apresurar la decisión de su hija y la finalización del duelo.
El núcleo dramático – que Érica Rivas interpreta con admirable solvencia-, es un deseo que empuja en direcciones opuestas: perderse en el duelo y la remembranza del marido ausente, o reprimir el dolor y acercarse a la propuesta de una reconstrucción familiar.
3- El deseo detenido
Es de destacar la cámara del director de fotografía Guillermo Nieto, que captura las escenas como si la mirada de un espectador fuera un ojo presente, pero no visible. Más que un voyeur, se podría pensar que es la manera en que el esposo perdido (¿la presencia “incidente”?) se materializa, desde algún lugar.
El espacio se configura entonces, en interiores de ambientes cerrados, con encuadres dominados por los marcos de puertas y ventanas, -o paredes y pasillos-, que parecen limitar los movimientos de los personajes, en una paleta de suntuosos tonos de blanco y negro.
A su vez, la concepción del tiempo parece estática o cíclica; como si Luisa estuviera detenida en un limbo entre objetos, que la llaman desde el deseo de su pasado, evocando a su marido, a través de su ropa, sus pertenencias: el recuerdo aferrado a una dimensión de atemporalidad.
Sin embargo, el tiempo real le impone la lucha de la voluntad de aceptar el presente, apareciendo en la forma de visitas sorpresivas de su candidato, que obsesivamente irrumpe como una propuesta casi obligada, que insiste y avanza con curiosas estrategias de seducción.
4- El sonido de la pérdida y la música del presente
A partir de lo anteriormente mencionado y otros logros que mencionaremos, el film es una pieza de efectiva sugestión: hay un sutil equilibrio entre el penoso clima de pérdida -más el reclamo de Luisa por su derecho al duelo-, y los breves pasajes de un humor incómodo, a causa de la ansiedad conquistadora del nuevo pretendiente. Gracias a ello, la película respira y se aliviana, pero también revela el profundo desconcierto y la inadecuación de todos, frente a una tragedia inesperada. A la puesta de cámara ya aludida, se suma un especial tratamiento del sonido: no hay ruidos ajenos a la trama; los diálogos son casi susurrados, y los silencios, -siempre en consonancia con el clima introspectivo general-, construyen el espacio sonoro del duelo, de manera más contundente que otras manifestaciones.
La notable música de jazz acompaña las dos fiestas de casamiento, únicos eventos sociales de toda la película. Estilísticamente impecable, se destaca una elegancia virtuosa en todos los rubros técnicos, que ayudan a que la narrativa, esté puesta al servicio de lograr expresividad en la imagen, más que en la explicitación de los diálogos. Dicho de otra manera, un bello entendimiento de las posibilidades de significación que surgen a partir del intercambio entre los personajes, los objetos y la cámara.
Es un film inteligente, una gema rara, con una delicadeza clásica, – especialmente en su puesta en escena-, que la aleja de la espectacularidad pretensiosa que, ya en la pasada década, invadía las carteleras de cine propio y extranjero.


