
“La sutil diferencia entre película y film” (Bowfinger, 1999) Bowfinger, el director chiflado Por Martín Vivas

Como en todas las décadas, los noventas no han sido la excepción en ofrecer una serie de películas que tratan sobre el mismísimo quehacer del cine. Directores reconocidos como Joe Dante y Wes Craven hicieron su aporte con Matinee (1993) y La última pesadilla (Wes Craven New´s Nightmare, 1994) respectivamente; la primera con una historia que rememora el nacimiento del sci fi cómo categoría auténtica y su ligazón con el macartismo, mientras que la segunda es considerada un ejemplo de meta-terror, esto es, un film que coloca al género en evaluación manifiesta.
Entre estas películas se inscribe Bowfinger, el director chiflado (Bowfinger, 1999) de Frank Oz, con guión del comediante Steve Martin, quien encarna al protagonista, un productor de cine que aprovecha al máximo su bajísimo presupuesto para el rodaje, incluso con el desconocimiento de su principal estrella, un actor de largometrajes de acción interpretado por Eddie Murphy.
Se trata de una obra que sería difícil de filmar hoy, y luego de exhibir en salas. La era de la cancelación y de contentar a la totalidad de los espectadores genera películas que no se permiten los tonos grises, decantando en una actitud forzosamente maniqueísta. Pero también es verdad que la comedia ha sido históricamente el género más apropiado para tratar cuestiones que de otra manera hubiera sido difícil de mostrar en la pantalla. Incluso sigue gozando en la actualidad de cierto permiso que misteriosamente aun se le concede. Una suerte de lugar donde se permite la liberación de nuestros demonios para poder enfrentarlos a la cara.
Bowfinger, el director chiflado se ríe abiertamente de los estereotipos. En primer lugar, se burla de la producción misma, no es lo mismo hacer una película que un film, dice Jefferson Ramsey (Murphy), dándole a la segunda un status museístico, mientras la otra estaría dirigida al entretenimiento del público en general. Asimismo, se mofa de los Oscars, anticipándose con criterio a la casi nula relevancia que ha sido el signo de las premiaciones en las últimas décadas. Tampoco se olvida de llevar la historia a un escenario cinematográfico por excelencia, el Observatorio Griffith, y utilizarlo para una escena absurda que desborda de patetismo.
A su vez, pone el acento sobre la inmigración y sus arquetipos, la diferencia entre el blanco estadounidense y el afroamericano, y especialmente en los elementos que componen una película: las dificultades de presupuesto que habilitan la astucia de los productores para continuar con la filmación, el elenco dispuesto a todo para lograr tener más escenas, el concepto de duplicidad en el cine y la figura del director, acercándolo al espíritu de Edward D. Wood Jr., retratado por Tim Burton en Ed Wood (1994).
Finalmente, es indudable la influencia que puede haber tenido Bowfinger en el ánimo de Damián Szifron para componer Los simuladores (2002 – 2003). Los ilustres impostores comparten características con el director interpretado por Martin, que prepara una apariencia en la que parte del elenco participa conscientemente, mientras que otros ignoran por completo tal disposición, siendo para ellos la vida misma y ya no una reproducción artificiosa de la realidad.


