Liza Minelli en Cabaret Divina decadencia: cuando la vida es el espectáculo por Laura Díaz

Cuando Bob Fosse -que venía del fracaso en taquilla de Dulce caridad (Sweet Charity, 1969)- logró la dirección de la adaptación del musical Cabaret (que llevaba tres años exitosos en Broadway) los roles protagónicos ya estaban definidos. El maestro de ceremonias sería Joel Grey y Liza Minelli, parte de la realeza de Hollywood, su protagonista. A ella la precedía el reconocimiento obtenido con la obra teatral Flora the Red Menace (1965), que la hizo merecedora de un Tony con solo 19 años, pero sobre todo su linaje que la ubicaba en la línea de los grandes musicales de la época dorada de los estudios. Fue, sin embargo, Cabaret (1972) con la que Minelli se consagró.
La película retrata la Berlín de comienzos de 1930. En una ciudad donde el partido nazi está en ascenso, en el Kit Kat Club prevalecen la música, el sexo y la diversión. Allí el maestro de ceremonias (Grey) dirige el espectáculo del que participa Sally Bowles (nuestra Liza). Entre canción y canción, ambos subvertirán el orden establecido en el afuera.
Como espacio, en el cabaret se produce lo que Mijaíl Bajtín denomina carnavalización: el mundo del revés se hace posible y se invierten las reglas. Cada noche, en cada número y en cada mesa, lo que afuera está prohibido, se permite: homosexualidad, poliamor, travestismo. Y también las críticas en forma de parodia y risa son posibles: al orden político, al capitalismo e incluso al nazismo. La ridiculización y exageración que afuera no se acepta, allí es ley.
Esto alcanza la composición del personaje de Sally que se convierte en una mezcla constante de mundos. Combinación de la estética de los años setenta de la filmación (la sombra azul y las grandes pestañas) y los años treinta diegéticos (el lunar y un corte bob -con un flequillo particular-), el aspecto tan exagerado (que no llega a caer en el ridículo) enfatiza su carácter ambivalente: atuendos extravagantes y alegres, pero una expresión triste en los ojos. La inspiración para crear este look fue la misma que guía al personaje: Hollywood. Mezcla de las icónicas flappers Louise Brooks –La caja de Pandora (Die Büchse der Pandora, 1929)- y Theda Bara – Había un tonto (A Fool There Was, 1915)-, la apariencia no solo es un gran diferencial, sino que se convirtió en su marca registrada.
En su primera entrada en el largometraje, Sally aparece como una más en la bienvenida a este mundo que da el maestro de ceremonias en “Willkommen”. Su vestuario nos indica que ella es diferente: más cubierta, más delicada, no tan caricaturizada como el resto de las coristas. Todo un signo de que su talento es real, de que no actúa por necesidad, sino por el arte.
No obstante, su verdadera presentación se da con “Mein Herr”, su primer número musical, canción original de la cinta. Una voz abatida, grave (que contrasta con el tono más agudo al hablar), lamenta el fin de una relación, pero se reafirma. Ella es una mujer independiente, que desea más, que quiere elegir: “Necesito el aire abierto”, dice.
Ese retrato de Sally se reforzará en su relación con Brian Roberts (Michael York) y luego con Maximiliam (Helmut Griem). Ese trío sexual y amoroso permite que la que está fuera del cabaret sea, aunque despojada de prejuicios, más insegura y sensible, que la que está sobre el escenario. A fin de cuentas, no es el romance lo que la mueve, sino su objetivo: convertirse en actriz y ahí es donde ella se desenvuelve con más facilidad.
Si bien intenta representarse convencida y segura, en “Maybe this time”, a modo de monólogo interior, se expone de manera más sincera. Hay esperanza de que algo bueno venga, pero sin dejar de lamentar el hecho de que no haya ocurrido (“Algo está destinado a comenzar / Tiene que pasar alguna vez / Tal vez esta vez ganaré”). La mezcla de espacios sigue sucediendo: algo real permea en la frivolidad del cabaret, aparecen los sentimientos.
Esa lucha interna entre los sueños y el amor choca con un mundo inestable a su alrededor. Sally vive en la República de Weimar donde el dinero escasea (“El dinero hace girar al mundo / De eso estamos seguros los dos / ¡De ser pobres!”) y los crímenes de odio empiezan a proliferar. Y ese desencanto le llega a Sally y se hace carne en su última canción, “Life is a Cabaret”.
Después de que Maximiliam deba viajar a Argentina (¡mi país, mi país!), Sally se entera de que está embarazada. Frente a esto, su primera opción es abortar: ¿qué haría como madre soltera? Brian, sin embargo, le propone un plan b: casarse, convertirse en una familia y volver a Inglaterra. Una vida muy lejos del submundo al que ella está acostumbrada. Y esto dura un breve momento: entiende que su estilo de vida es parte de ella, y elige, como al comienzo en “Mein Herr”, reafirmar su deseo.
Por eso, “Life is a Cabaret” es al mismo tiempo una canción de desamor y de alegría: la mezcla de mundos que propone Cabaret. La actuación final de Sally propone un triunfo: viste de color y ya no de negro como en el resto de sus apariciones en escena, con su vientre al aire y sus brazos abiertos frente a un futuro que considera feliz.
Por supuesto, lo dramático es lo que ella no sabe, pero nosotros como espectadores sí: en muy pocos años esos crímenes de odio no serán esporádicos, y Alemania caerá no solo en manos de los nazis, sino que entrará en una cruenta guerra. Entendemos que el personaje de Liza Minnelli no alcanzará sus propósitos, que seguirá en ese escenario, con una audiencia nazi que, como se muestra en el final de la película, se multiplicará y crecerá sin parar.
Este personaje le valió un premio Oscar a Mejor Actriz y la convirtió en una estrella. Si bien cuenta con grandes hitos como el especial para televisión Liza with a Z (1972) dirigido también por Fosse, nunca logró repetir el éxito alcanzado con Cabaret. Su rol en la comedia Arthur, el soltero de oro (Arthur, 1981) quizás sea el más aclamado, e incluso el que tuvo mejor suerte comercial. Pero lo que ha subsistido en el imaginario popular fue su participación en el musical de Martin Scorsese, New York, New York (1977), a pesar de ser un fracaso en taquilla.
Fue también Sally Bowles la que la convirtió, como sucedió también con su madre, en un ícono gay y una referente de lo camp. Susan Sontag menciona en “Notas sobre lo camp”, artículo de Contra la interpretación (1966), que lo que define a la sensibilidad camp es el amor a lo no natural, y la interpretación de Liza lo tenía todo: puro artificio y exacerbación, teatralidad y ambigüedad. En un mundo post Stonewall, dio vida a una mujer de mente abierta que participa en un triángulo amoroso poco convencional: vivía libre y dejaba vivir. Su estética decadente, andrógina y exagerada fue abrazada e imitada hasta el hartazgo. Y sobre todo su actitud: celebrar siempre y ante toda adversidad, enfatizando la importancia de encontrar con quienes formar comunidad.
Y así como se convirtió en un ícono, Liza también fue, en cierta forma, como Sally. Su estilo de vida fue el del cabaret, donde el espectáculo es el centro. Fue una mujer libre, que vivió entre amores, adicciones y tablas. Nació entre estrellas, brilló en cada escenario que tocó, luchó contra sus demonios y lo sigue haciendo.
Con apariciones esporádicas -como su papel en la serie Arrested Development (2003-2005) o una participación pequeña en Sexo en la ciudad 2 (Sex and the City 2, 2010)- Minelli dejó la industria cinematográfica en los años noventa por razones médicas. Sin embargo, pervive su Sally en la cultura pop y sobre todo gracias a su impacto en la industria cinematográfica. Cabaret marcó un antes y después para el cine musical y también para Liza. Su gran personaje, del que probablemente no pudo escapar, en el que quizás se convirtió, nos legó como enseñanza que, pase lo que pase, la ilusión del arte, al menos un rato, nos permite vivir felices. A veces es necesario sumarse al cabaret, old chum.
1 Su padre Vincente Minnelli, director de Un americano en París (An American in Paris, 1951), conoció en el rodaje de la exitosa La rueda de la fortuna (Meet Me in St. Louis, 1946) a Judy Garland (que ha pasado a la historia como Dorothy en El mago de Oz (The wizard of Oz, 1939).
2 En el musical esto no sucede así y el matiz es diferente. «Life is a Cabaret» ocurre cuando ella aún está decidiendo hacerse el aborto.
