
Los cazadores de la mochila perdida por Alejandro Reys

Un joven fuma mientras espera el 105 en Av. San Martín y Tinogasta. Cuando el colectivo llega, desde adentro le tiran una mochila, que este se cuelga antes de salir corriendo. Unas cuadras después se la entrega a alguien a bordo de un auto blanco, que cruza a toda velocidad el túnel de Av. Nazca para luego dársela a un cadete en bicicleta. Este a su vez se la arroja a una chica en el Paso Bajo Nivel Beiró, quien atraviesa corriendo el predio de la Facultad de Agronomía y se sube a un auto, solo para que la mochila pase a manos de otro joven, que baja del vehículo y se aleja al trote por Zamudio. Paralelamente conocemos a Mapache, nuestro protagonista, que con expresión agotada se levanta de la cama dando una voltereta ridícula y, tras agarrar tres chocolinas, sale rumbo al trabajo. Mientras tanto, la enigmática mochila sigue su enrevesado trayecto entre los barrios de Agronomía, Paternal y Villa del Parque, pasando por la estación Arata, el túnel de Chorroarín, el puente de Av. San Martín, la estatua de Diego Armando Maradona en Alvarez Jonte y Boyacá y, finalmente, la plazoleta Elena L. de Roffo; donde aterriza, por error, en el regazo de Mapache. Después de pasar por diez pares de manos y cinco vehículos, el misterioso bulto apenas se movió nueve cuadras. Un periplo que, como esta descripción, puede parecer excesivo. Pero que le permite a Agustín Godoy, sin embargo, presentar todos los elementos básicos que componen su ópera prima, Hace mucho que no duermo (2022).
En el absurdo de esa complejidad sin sentido la película encuentra su tono, su humor y su lógica. La mochila se presenta como la definición más acabada del macguffin; ese elemento que moviliza la trama pero no tiene importancia en sí mismo, que todo el mundo busca pero nadie sabe muy bien por qué. Al cruzarse en el camino de Mapache, transforma su vida gris y monótona de oficinista en una aventura trepidante. Desde ese momento, aunque no sin antes rechazar el llamado como todo buen héroe, este asume la responsabilidad de protegerla y recuperarla cuando le sea arrebatada; algo que sucederá frecuentemente. No está solo en esta tarea, sin embargo, porque junto con la mochila entra en su mundo Luminitsa, una gitana tarotista que se presenta como una suerte de mentora, para luego pasar de compañera de viaje a interés romántico. La dupla deberá enfrentarse a una extraña organización con vínculos en el poder político y religioso, cuyos intereses y objetivos en relación al preciado bulto nunca quedan demasiado claros, pero parecieran consistir únicamente en trasladarlo de acá para allá. Finalmente, completa la partida de quienes corren tras la mochila Randy, una suerte de mercenario que, en principio, solo pretende obtener del objeto un rédito monetario. En torno a la disputa de estos personajes por algo que nunca sabemos (y probablemente ellos tampoco) a ciencia cierta qué es, gira toda la película. Y radica también su genialidad: lo enrevesado de las idas y vueltas de la trama, que sería extenuante pormenorizar, resulta a la vez extremadamente sencillo de sintetizar.
Esta afición por las peripecias, además de humor, imprime a la película un decidido espíritu aventurero. Algo sobre lo cual esta se muestra absolutamente autoconsciente y se hace eco al introducir, por ejemplo, un gag que remite directamente a Indiana Jones y la última cruzada (Indiana Jones and the Last Crusade, 1989). Pero en este caso se trata de un tipo de aventura muy específico, la aventura urbana. Lo cual a la vez la emparenta con otras dos producciones nacionales muy cercanas en el tiempo: Corsini interpreta a Blomberg y Maciel (2021), de Mariano Llinás, y Los tonos mayores (2023), ópera prima de Ingrid Pokropek. Más allá de las evidentes diferencias en cuanto a estructura, tono y hasta género, estas tres películas trabajan con un concepto de base similar, que empuja a sus protagonistas a escapar de la monotonía de lo cotidiano mirando con otros ojos la ciudad en la que viven. Buenos Aires se convierte en un lienzo, donde los personajes van trazando recorridos, descubriendo (o construyendo) conexiones y delineando el itinerario de sus viajes. En todos los casos se recurre a mapas, anotaciones, códigos y dibujos. Hay un sentido analógico de la aventura, que se aleja de la inmediatez de las tecnologías actuales y se aproxima más a la era de los descubrimientos. A pesar de transcurrir en un contexto reconocible, se construye una epicidad de lo mundano y habitual mediante el relato. Como afirma el protagonista de La náusea de Jean-Paul Sartre, “para que el suceso más trivial se convierta en aventura, es necesario y suficiente contarlo”.
La película de Agustín Godoy, no obstante, encierra una particularidad fundamental que la diferencia de estas otras: un cierto grado de fantasía en la construcción de la temporalidad y el espacio que la ubican en una suerte de realidad alternativa. La historia, por un lado, parecería transcurrir en una cronología fuera de la actual, retratada mediante un pastiche epocal que combina elementos actuales con detalles anacrónicos, como computadoras de principios de siglo o la presencia de un póster de Raúl Alfonsín en la casa del protagonista (en un gag visual que, por otra parte, recuerda a Arma fatal (Hot Fuzz, 2007) de Edgard Wright). El hecho de que Mapache y Luminitsa hablen entre sí en verso, un rasgo común de la dramaturgia barroca, agrega también una capa más de extrañeza al relato. Así mismo, una intervención similar opera sobre el espacio de la ciudad. Mientras que Buenos Aires indudablemente se refleja en la presencia de hitos como el Planetario, el Palacio Barolo o la Biblioteca Nacional, su geografía se ve completamente distorsionada. A medida que la trama avanza, lo absurdo de los desplazamientos de la secuencia inicial se vuelve cada vez más exagerado, llegando hacia el final a conectar libremente puntos extremadamente distantes, como los estadios de Nueva Chicago y Boca Juniors. Así como la presencia de ciertos detalles podrían sugerir que la película sucede en una línea temporal alterna, podría decirse que Hace mucho que no duermo tampoco transcurre en Buenos Aires; transcurre en una Buenos Aires, que Godoy construye como un decoupage, con fragmentos de la ciudad real.
Recurriendo a una lógica circular, la película termina igual que como empezó: con una larga secuencia en la cual la mochila va pasando de mano en mano. Sin embargo, lo que al comienzo parecía estar cuidadosamente orquestado y controlado, hacia el final se vuelve caótico y anárquico. En medio de la confusión los actores se multiplican, las facciones se dividen y se crean nuevas alianzas, aunque todos siguen tras el mismo objetivo. Además, a diferencia del momento inicial, cuya acción se desarrolla en un área muy acotada, pareciera como si el radio de influencia de este objeto que todos buscan hubiera crecido exponencialmente a lo largo de la historia, abarcando ahora un territorio mucho mayor. Dos ideas que, quizás forzando un tanto la lectura, podría pensarse como una analogía del presente del cine nacional. En un panorama como el actual, donde la industria que lo produce se encuentran en crisis y siendo abiertamente atacada por quienes deberían defenderla y promoverla, casos como este, el de las mencionadas Corsini interpreta a Blomberg y Maciel y Los tonos mayores, u otras tantas más recientes como Tiempo de pagar (2024) o Gatillero (2025), siguen persiguiendo esa mochila. Tal vez, hasta que amaine el temporal y las instituciones vuelvan a funcionar como deben, haya que pensar nuevas asociaciones y expandir los horizontes. Ideas, equipos técnicos calificados y, especialmente, ganas sobran. Películas como Hace mucho que no duermo lo demuestran. Porque en definitiva, parafraseando al protagonista de otra gran aventura, el Dr. Ian Malcolm, aún en los momentos más oscuros, el cine se abre camino.


