
Los sonámbulos: El peso de lo que no se dice Por Camila Arjemi Alvarez

El cine argentino de los últimos años se ha caracterizado por una combinación de propuestas con fuerte impronta estética y narrativa, así como una notable diversificación de géneros, temáticas y miradas. Con Los sonámbulos, Paula Hernández consolida su estilo cinematográfico personal, centrado en las relaciones humanas, especialmente los vínculos familiares y los conflictos íntimos, abordados con una mirada introspectiva, contenida y profundamente emocional, como hizo en su obra posterior Las siamesas (2020).
La película, protagonizada por Érica Rivas y Ornella D’Elía, transcurre durante las fiestas de fin de año en una casa de campo familiar, donde la tensión crece de manera gradual hasta volverse intolerable. La directora construye un relato que incomoda desde los gestos mínimos, donde el silencio y la mirada pesan tanto como las palabras. La historia sigue a Luisa, una madre que llega con su hija adolescente Ana, quien sufre de sonambulismo, heredado de su padre Emilio (Luis Ziembrowski), a pasar las fiestas junto a su familia política. Lo que debería ser un entorno seguro se revela, escena tras escena, como un espacio de violencia latente, simbólica y estructural, sostenida por quienes la ejercen o la permiten.
El sonambulismo funciona tanto en sentido literal como metafórico: Ana camina dormida, sí, pero también lo hacen los adultos que la rodean, aferrados a estructuras familiares que repiten sin cuestionar, atrapados en rutinas que los llevan a avanzar sin ver, a actuar sin hacerse cargo. Este concepto de «caminar dormidos» se vuelve el núcleo central de la película. Cada personaje parece transitar un estado de inconsciencia emocional, donde el pasado no se procesa, el presente se evade y el conflicto se posterga.
Hernández logra construir una radiografía de una familia que también es la de un país: lleno de heridas, rituales y silencios que gritan. Con sensibilidad y precisión nos enfrenta a aquello que no queremos ver.
La casa de campo actúa como un personaje más, testigo del desgaste emocional. Cargada de historias y secretos, lejos de brindar refugio, el hogar se convierte en un escenario de vigilancia, manipulación y pasividad. Los ambientes filmados con planos cerrados, la luz natural y los sonidos apagados contribuyen a esa atmósfera densa, casi hipnótica, donde la calma es apenas una fachada.
El film proyecta una mirada femenina sobre los vínculos familiares, con especial atención a la maternidad y a la adolescencia como territorios de contradicción.
Luisa, se muestra en crisis, vulnerable ante la necesidad de proteger a su hija y la presión por encajar en una familia con un marido que la anula y no escucha su deseo. Su maternidad está atravesada por la culpa, la frustración y la resignación. Ana, en cambio, transita su despertar en un entorno cargado de ambigüedades, límites difusos y complicidades adultas silenciosas.
La atmósfera remite por momentos, al cine de Lucrecia Martel, aunque con un estilo propio, más emocional, menos abstracto y con un desarrollo narrativo más lineal. Otro detalle importante es el tratamiento del tiempo: el ritmo pausado, el calor agobiante del verano, los días suspendidos en la rutina familiar que crean la sensación de encierro y la desorientación que refuerza el estado emocional de los personajes.
Los sonámbulos es una obra realista que transforma lo cotidiano en inquietud, lo familiar en amenaza, y lo personal en una forma de crítica social. A través del sonambulismo, Paula Hernández, deja en claro que el verdadero peligro no está afuera, sino en lo que no queremos, o no nos atrevemos, a ver. La película fue preseleccionada para representar a la Argentina a Mejor Película Internacional en los 93º premios Oscar. Actualmente se puede ver en la plataforma CINEAR.



1 Comentario
Que atrapante tu redacción de crítica y tu atención a los detalles. Me diste ganas de verla!