
Mi casa es su caza Por Alejandro Reys

En 1919 Sigmund Freud publica “Lo siniestro” (u ominoso, según la traducción), un ensayo en el que se propone analizar en términos estéticos aquello que “pertenece al orden de lo terrorífico, de lo que excita angustia y horror”. En el texto Freud contrapone las acepciones lingüísticas del alemán unheimlich (siniestro) y heimlich (hogareño, íntimo) como antónimos, llegando a la conclusión inicial de que lo siniestro causa espanto precisamente porque no es conocido ni familiar. Y no hay nada más conocido ni familiar que el hogar, traducción literal del primer término que compone la palabra heim-lich. Podría decirse entonces que la forma más primitiva de lo siniestro, lo ominoso, lo que causa angustia y terror, la conforma aquello que viene a irrumpir en la intimidad de la vivienda. Una temática que para ese entonces el cine, a pesar de ser aún un arte muy joven, ya había abordado. Exactamente 10 años antes D.W. Griffith estrenaba lo que se considera la primera película de allanamiento de morada (o home invasion en inglés), The Lonely Villa (1909), un corto mudo donde tres ladrones entran por la fuerza en una casa, aterrorizando a una mujer y sus hijas. Concepto que, con innumerables variantes y adoptando formas muy diversas, se repitió y se sigue repitiendo hasta hoy. Y engendró todo un subgénero del terror, que pone el dedo en la llaga de un temor absolutamente primigenio: sentirnos en peligro dentro de nuestra propia casa.
Este componente básico del home invasion, la irrupción de uno o varios criminales en la morada, aparece durante una primera época en películas como Blind Alley (1939), The Dark Past (1948), La llamada fatal (Dial M for Murder, 1954) u Horas desesperadas (The Desperate Hours, 1955). Pero, mientras el terror de esos años estaba más interesado en monstruos e invasiones extraterrestres, estos casos se inclinan fuertemente hacia el noir y el suspenso. A partir de Psicosis (Psycho, 1960), sin embargo, lo doméstico empieza a volverse cada vez más objeto de estudio del terror y surgen películas con elementos de home invasion que coquetean más con el género, como Diez horas de terror (Lady in a Cage, 1964). No obstante, en la segunda mitad de la década dos sucesos de la vida real instalan rápidamente el temor por las intrusiones violentas: la publicación, exíto e inmediata adaptación cinematográfica de “A sangre Fría” de Truman Capote, novela de no-ficción sobre el asesinato de una familia en su casa rural, y, principalmente, los crímenes del clan Manson, especialmente el asesinato de Sharon Tate en agosto de 1969. Muy poco después aparecen películas como La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971), Los perros de paja (Straw Dogs, 1971) Fright (1971), Terror ciego (Blind Terror, 1971) o Pánico a medianoche (Last House on the Left, 1972), las cuales comparten, aunque sea en una escena, un factor común: psicópatas con una pulsión de violencia invadiendo hogares.
El éxito de Halloween (1978), otra película con varios aspectos propios del home invasion, y Martes 13 (Friday the 13th, 1980), generan a principios de la década de los ‘80 una explosión de popularidad del slasher, que se empieza a producir por montones. Esto provoca que en algunos casos ambos subgéneros se solapen, como en Masacre en la fiesta (The Slumber Party Massacre, 1982) o Solos en la oscuridad (Alone in the Dark, 1982). Por esa época aparecen también dos películas dignas de mención: la austríaca La angustia del miedo (Angst, 1983) y la española Coto de caza (1983). La primera presenta todos los elementos que posteriormente definirían al home invasion, pero se diferencia al adoptar el punto de vista del asesino. La española en cambio tiene la particularidad de presentar dos intrusiones por parte del mismo grupo de criminales, a la misma familia y en la misma casa; una inicial con intención de robo y la segunda únicamente con fines violentos. Durante los ’90 mientras tanto, siguiendo el clima de época, la temática nuevamente se acerca más al thriller, habitualmente con componentes eróticos. El invasor sigue siendo un psicópata violento, pero en lugar de imponerse por la fuerza más bien se infiltra en la cotidianeidad del hogar. Películas como El inquilino (Pacific Heights, 1990), La mano que mece la cuna (The Hand That Rocks the Cradle, 1992) o Mujer soltera busca (Single White Female, 1992) abundan por estos años.
Casi finalizada esa década, sin embargo, aparece la película que cristaliza la forma definitiva del home invasion de terror y presenta todos los elementos que definen al subgénero en adelante: Horas de terror (Funny Games, 1997). En primer lugar, los invasores no tienen motivos. Esto, que se evidencia por ejemplo en la estremecedora placa final de Them (Ils, 2006) o la famosa línea de diálogo de Los extraños (The Strangers, 2008), separa los casos más cercanos al thriller de aquellos de terror. Mientras que en los primeros el hecho de que los habitantes del hogar resulten heridos, o incluso muertos, es un efecto colateral, en los segundos la violencia es el fin mismo. A su vez, a diferencia de gran parte de los slashers por ejemplo, no hay nada ni remotamente sobrenatural en estas películas; trabajan sobre la idea de “humanos haciendo daño a otros humanos”. El sadismo también es un factor esencial. Los agresores no suelen recurrir a una excesiva violencia física hasta avanzada la trama, pero invariablemente los protagonistas son violentados psicológicamente durante un largo tiempo. Lo cual se relaciona directamente con el último aspecto: el home invasion de terror se desarrolla, prácticamente en su totalidad, en las viviendas y sus alrededores, con los invasores muchas veces entrando y saliendo de estas a gusto, mientras los personajes se encuentran atrapados en el interior. La tortura psicologica implica la violación constante de ese cuerpo simbólico que representa el hogar.
“Ni un alma humana alrededor. Pensé: ‘Esto es un paraíso para mí’. La casa estaba bien protegida por el parque y los árboles. No tenía que temer a los vecinos. La ubicación era perfecta. No había peligro de ser visto”. Como expresa el psicópata protagonista de La angustia del miedo, la geografía del lugar resulta un factor clave en el subgénero home invasion, desarrollándose este invariablemente en viviendas apartadas, lo cual acentúa la idea de aislamiento y desamparo de las víctimas. Aún cuando claramente se encuentran insertas en un barrio, como en Inside: La venganza (À l’intérieur, 2007) o La noche de la expiación (The Purge, 2013), se trata de edificaciones exentas y sin vecinos inmediatos. Al presentar todo su perímetro libre, este cuerpo simbólico que integra la casa resulta indefenso, a merced de un ataque desde cualquier dirección. Aspecto llevado al extremo en Hush (2016), donde protagonista y asesino entran y salen por diversos puntos del edificio en repetidas ocasiones. Lo qué se vincula con una última variable recurrente: estas viviendas siempre resultan sobredimensionadas con respecto al número de habitantes. Algo que por un lado posibilita una cantidad de situaciones de acecho, persecuciones y enfrentamientos que un espacio más reducido no habilitaría, pero además conecta constantemente con aquellos brutales asesinatos reales que iniciaron todo. Subyace en el home invasion permanentemente un comentario de clase, más o menos consciente, donde pareciera que la burguesía es atacada simplemente por “tener demasiado”.
Después de tener su era dorada durante la primera década y media de este siglo, el home invasion parece haber mutado en los últimos años, siguiendo dos vertientes principales. Por un lado, algo que Wes Craven ya había anticipado a principios de los ‘90: una inversión del punto de vista, donde los invasores descubren que realmente son ellos quienes están en peligro. Siendo No respires (Don’t Breathe, 2016) probablemente el caso más destacado, existen muchos ejemplos como Intrusos (Shut In, 2015), Los intrusos (The Owners, 2020) o la reciente Little Bone Lodge (2023). Por otra parte, una serie de películas que mantienen mayormente el formato del home invasion tradicional, mientras intentan aportar algún diferencial. Entre otras, cabe mencionar La casa muda (2010), realizada en plano secuencia, The Keeping Room (2014), ambientada en la guerra civil estadounidense, Hangman (2015), que incorpora el found footage, o Keep Watching (2017), donde el sadismo de rigor es transmitido en vivo por streaming. Incluso Pesadilla en el infierno (Ghostland, 2018), que toca todas las notas clásicas del subgénero, propone algunos giros narrativos que aportan cierto aire fresco. Este último grupo, aún con resultados desparejos, sugiere que siempre quedan opciones por explorar, en un subgénero que resulta efectivo por lo cercano y posible. Porque, al quitarnos la seguridad que da la inverosimilitud de lo sobrenatural y dejarnos desprotegidos en nuestros hogares, viendo un home invasion es inevitable pensar, aunque sea por un segundo, “Esto podría pasarme“.



