Planta Permanente: Lugar de rotos corazones Por Martín Vivas

Una de las mejores películas que nos ha dejado el cine argentino en el decenio 2015–2025 es, sin lugar a dudas, Planta permanente (2019) de Ezequiel Radusky, coguionada por éste y Diego Lerman, con las actuaciones sobresalientes de Liliana Juarez y Rosario Bléfari (su última presentación en la pantalla grande). Un film que cuestiona una visión universal que viene instalándose desde fines del siglo pasado, esto es, el interés individual por encima del colectivo, habilitando la guerra de pobres contra pobres.
Ahora, muchas veces imaginamos el interior de los edificios gubernamentales como lugares desprovistos de toda magia, opacos y tristes. Al desarrollo de esta concepción ha colaborado, sin lugar a dudas, el arquetipo kafkiano que ha influenciado diversos largometrajes como Brazil (1985) de Terry Gilliam. Este modelo se sirve de lo distópico y surrealista como eje para definir una burocracia que no es más que una de las extremidades del cuerpo opresor del Estado. En el mismo, el individuo se encuentra afectado a procesos administrativos generalmente absurdos e irracionales, incapaz incluso de comprender el fundamento y el fin de aquellos.
En la película casi todos los personajes forman parte del aparato burocrático, a saber, el de los empleados estatales. Recordemos que la definición de burocracia, para el pensador alemán Max Weber, es la de una forma de organización social racionalizada y eficiente, a la vez que un sistema de poder que se ejerce desde el Estado, y que persigue la eficiencia administrativa. No obstante ello, para el sentido popular de la palabra, la burocracia tiene una connotación negativa, ya que refiere al empleado holgazán e irresponsable, que no brinda respuesta a los ciudadanos.
Podemos hallar ejemplos de ambas acepciones en Planta Permanente. Por una parte, observamos a los empleados cumplir con funciones específicas. Las jerarquías se encuentran bien delineadas, aunque a veces los personajes intenten difuminarlas, saltearlas, corromperlas. Así, hallamos trabajadores que pertenecen a la planta permanente del ministerio de Obras Públicas, y otras que se encuentran en un escalafón debajo, los contratados, variando en ello su estabilidad laboral. En su presentación, la nueva directora de la cartera intenta ponerse al nivel de los distintos funcionarios estatales. “Ustedes son mis jefes”, señala durante su alocución cargada de pasión y empatía. Sin embargo, con el paso de los minutos veremos como la evidente distancia entre los cargos se acentúa. Marcela, más espabilada, lo sabrá desde el comienzo; Lila, ingenua y crédula, estimará las palabras de la flamante líder.
Por otro lado, distinguimos a Pato, empleado de recursos humanos, que es quizás uno de los ejemplos del burócrata en el sentido vulgar del concepto. Se muestra altivo, con una soberbia que pretende superioridad, un semidiós. Es titular de un poder que el resto de los mortales que habitan la repartición pública no tienen: la de evitar que el resto pierda su trabajo. Sin embargo, frente al ajuste de la nueva administración nada podrá hacer, es que siempre hay alguien con mayor autoridad por encima de uno. También es el que habilita la entrada de prestamistas estafadores al recinto.
El edificio gubernamental es el principal escenario de la película, allí transcurre casi todo. Se nos presenta como laberintico, seguro de que uno podría perderse por sus pasillos si no es guiado por algún baqueano que entienda la zona. Esto es lo que le propone Lila a la directora, la de llevarla a conocer hasta el último recoveco del lugar. Es que se trata de su ecosistema, hace largas décadas que trabaja allí, espacio donde apunta sus deseos futuros y esperanzas.
La entrada al recinto la hacen los empleados a través del reloj fichero, una especie de Puerta de las Esfinges en la que varios caballeros caerán derrotados durante la película. Un lugar recuperado es convertido en comedor popular, de reunión de los compañeros que conversan mientras degustan los platos tradicionales que prepara Lila. Más tarde, un lugar abarrotado se convertirá en el espacio perfecto para la cantina que tanto soñó la empleada de limpieza. Pero, la enemistad de las otrora amigas dispondrá la perfidia y el último desencuentro de aquellas, permitiendo el triunfo del ideal individualista en detrimento de una cultura colectivista.
En fin, vemos que en Planta Permanente la dependencia gubernamental es, antes que un lugar burocrático y apático, un sitio donde se desarrollan las pasiones humanas, para nada ajeno a lo que sucede fuera de él, habitado por personajes que exponen sus miserias, apuntalados por la competencia cruenta y la supervivencia del más apto. Y un desenlace que dispara contra todo aquello que deteriora la entidad del grupo y la cooperación entre pares, en un claro mensaje opuesto a los tiempos y valores que corren.


