
Terror folclórico argentino: historias de una nación, mitos y muerte Por Laura Diaz

Uno de los capítulos más relegados de la historia del cine argentino es el del género de terror. Como se expone en Otra película maldita (2023), documental de Mario Varela y Alberto Fasce, hasta el año 2000 la cantidad de largometrajes era muy acotada y es a partir del nuevo siglo que explotó la producción de este género.
Al multiplicarse las cintas, comenzaron también a explorarse distintas cuestiones. Florecieron así diferentes subgéneros, y entre ellos apareció el terror folclórico (o folk horror), que goza de cierto auge a partir de producciones como La bruja (The Witch, 2015) y Midsommar (2019).
Sin embargo, la temática folclórica no es novedosa en nuestro cine. Transmitidas de generación en generación, las leyendas de los pueblos que conforman la nación argentina pervivieron y llegaron a la pantalla grande. De la mitología guaraní, Rodolfo Kuhn en La hora de María y el pájaro de oro (1975) toma al jasy jateré (o yaciyateré) y Armando Bó en Embrujada (1976) hace uso de la figura del pombero (espíritu lascivo). Ambos casos en su momento no fueron encuadrados dentro del terror, lo mismo sucede con El familiar (1972), que retoma la leyenda del norte argentino sobre un demonio en forma de perro negro gigante con ojos rojos. Quizás el precedente más conocido sea la película más taquillera de Leonardo Favio, Nazareno Cruz y el lobo (1975), que retoma la historia del lobisón, el séptimo hijo varón.
En todos estos casos, la fantasía mezclada con el drama, o incluso una idea de realismo mágico que en la época todavía estaba en auge, permitía enmarcar los relatos. Pero es justamente allí donde anida el germen del subgénero que en el siglo XXI cobrará importancia.
Pero ¿qué es el folk horror?
Sin ánimos de hacer un repaso por los exponentes de este subgénero, sí es interesante dar cuenta de la historia detrás de esta etiqueta, para comprender también cómo, a veces, las taxonomías aparecen para explicar cuestiones muy preexistentes. Se encuentran diferentes datos acerca de cuál fue su primera aparición, pero siempre está relacionada a la película La garra de Satán (The Blood on Satan’s Claw, 1971). En 2004, haciéndose cargo de esto, su director, Piers Haggard, en una entrevista para Fangoria, destaca que lo que él buscaba era diferenciarse del terror gótico popularizado por la Hammer, y menciona que su intención fue hacer “una película folk horror”.
Pero es recién seis años más adelante que Mark Gatiss, en la serie A History of Horror (2010), lo retoma y define las que él considera las tres películas esenciales. A la ya nombrada cinta de Haggard se sumarían Cuando arden las brujas (Witchfinder General, 1968) y El hombre de mimbre (The Wicker Man, 1973).
Lo que de allí perdurara como rasgo central de esta categoría es, en primer lugar, el ambiente rural. Este tipo de espacio, además, ligado a las leyendas y supersticiones: las creencias y los terrores asociados a lo pagano, o al menos lo no cristiano. Y estos son tópicos que trascienden fronteras.
Terror folclórico argentino
Como ya mencionamos, a partir del 2000 en Argentina el terror empezó a cobrar importancia. Esto no solo ocurrió en el cine, sino también en la literatura. Y el movimiento fue similar: previamente considerado menor, y usualmente dejado de lado por quienes buscaban prestigio, el terror año tras año fue creciendo en popularidad. En la literatura, esto tuvo un auge grande a partir de la década de 2010, en muchos casos incluyendo exponentes de lo que podemos considerar terror folclórico como Distancia de rescate (2014) de Samantha Schweblin, Cadáver exquisito (2017) de Agustina Bazterrica y La masacre de Krueger (2019) de Luciano Lamberti, entre otros.
Al cine le ha costado más entrar en el canon del prestigio argentino, y quizás el punto máximo de popularidad fue Cuando acecha la maldad (2023). Éxito en taquilla que, además, coincidió con una recepción crítica, local e internacional, nunca antes vista para este género. Su director, Demián Rugna, narra la historia de dos hermanos que encuentran a un “embichado”, un hombre infectado por el demonio. El pueblo pampeano, la lucha entre las creencias populares y la racionalidad, y la tradición oral como la que da las normas para sobrevivir (y no la urbana y letrada) hacen a esta película una exponente del subgénero.
Ahora bien, si a esta cinta la consideramos el punto más alto, ¿cómo fue el camino que nos condujo hasta allí?
Un poco más adentro de la selva: qué encontramos en el catálogo
Dispares en presupuesto, desparejas en ejecución y con logros desiguales, hay una serie de películas que conforman los cimientos del terror folclórico local. A partir del análisis de algunas de estas producciones, podremos revisar características y temas.
En todos los casos, el espacio juega un rol más que importante. No solo se trata de entornos rurales, son lugares aislados, donde la naturaleza tiene un rol papel preponderante, haciendo incluso parte del terror. Pero, en un país tan diverso como Argentina, esto adquiere diferentes matices
Por un lado, la selva misionera es central en Los que vuelven (2019) y Matar a la bestia (2022): el clima húmedo, la vegetación tupida y una niebla constante atrapan a las personas. En Matar a la bestia, Agustina San Martín incluso apuesta fuertemente al sonido ambiente para sumar una capa más: permite que nosotros, desde el otro lado de la pantalla, sintamos el agobio que genera un ambiente así.
Por supuesto, todo lo que pertenece a este espacio estará ligado a la mitología guaraní. Aparecerán sus voces y sus leyendas, pero también el choque que se produce con lo cristiano. Laura Casabé, en Los que vuelven, retoma esta dicotomía para pensar en las relaciones de clase que se daban en un yerbatal a comienzos del siglo XX en entre terratenientes, caseras y mensúes. Así, la aparición de la Iguazú, que “habitan en el corazón del monte”, vendrá también a reponer un poco el orden subvertido por los usurpadores de su tierra.
San Martín, por su parte, toma una situación actual, la presencia de los pastores evangélicos en esas zonas, para marcar la diferencia entre creencias de un tipo y de otro. Emerge así una relación diferente y moderna con la religión, que se choca y convive con las creencias ancestrales. A fin de cuentas, quienes creen en una cosa, en otra, o en nada, intentarán explicar qué es esa bestia (el “espíritu de un hombre malo” que adopta formas de animales) que ronda el poblado.
Hacia el noroeste, aparece otra selva, la de montaña, llamada yunga, en El ucumar (2022). Esta película, dirigida por Octavio Revol Molina, toma como amenaza a este hombre oso, “una especie de pie grande, pero en Latinoamérica”. Su mayor fortaleza es retomar la importancia del relato oral para lo folclórico. En idas y vueltas temporales veremos supuestos encuentros con el monstruo, conoceremos sus crímenes. La pervivencia de estos mitos es la narración, y el acto de contar estas historias es también parte de mantenerlas con vida.
Este espacio también es caluroso, y “no es para cualquiera”. Porque acá aparece otro tópico característico del subgénero: el del viajero. Aquella persona que llega a un espacio ajeno, en general en búsqueda de algo, y eso permite que el choque con una alteridad sea más grande. Los jóvenes biólogos con pretensiones cientificistas se enfrentarán a la tradición en El ucumar, y lo que el filme trabajará será la idea de quién es el verdadero ignorante.
Este protagonista forastero también está en Luz mala (2022), de Juan Schmidt, que pertenece a otro espacio trabajado: la llanura pampeana. Gervasio (Juan Luppi) vuelve a la casa familiar y termina, intentando recuperar una propiedad que le pertenece, encerrado en un paraje alejado. Allí él se enfrentará a la realidad que se vive en el pueblo, al que él no ya no pertenece.
En todos estos casos, el terror se genera a partir de una atmosfera tensa. Aquello que da miedo, aquello que acecha, está, rodea, pero en general no lo vemos. La audiencia con su imaginación completa lo que “debería estar allí”, y eso hace que, en los casos en que aparecen criaturas y bestias, a causa del presupuesto acotado y un ojo quizás ya muy educado en la industria hollywoodense, las recreaciones low cost no sean siempre satisfactorias. Por eso, los elementos locales, folclóricos, se mezclan con el llamdo slow-burn horror: un terror latente, presente constantemente.
El futuro del subgénero es el pasado
Si el terror folclórico nos enfrenta a los límites de nuestra idea de identidad, a nuestras creencias, evocando una nostalgia por la naturaleza frente a lo urbano y al desarraigo, ¿qué es lo que distingue a su versión argentina? Hay una respuesta en El escuerzo (2023) de Augusto Sinay. Inspirado en un cuento de Leopoldo Lugones, toma la figura de este anfibio al que no hay que matar: “el escuerzo no perdona jamás al que lo ofende. Si no lo queman, resucita, sigue el rastro de su matador y no descansa hasta que puede hacer con él otro tanto”, en palabras del escritor.
En el contexto de la Guerra del Paraguay, en el ambiente serrano de 1886, Sinay utiliza los peligros de la batalla, el miedo a ser tomado por el ejército y la vida de carencias de Venancio (Cristóbal López Baena), para incorporar una maldición popular. El uso de la historia del país, como ocurría en el filme de Casabé, añade una atmósfera que trasciende a lo monstruoso: construye una nación donde hay espacios (que son generalmente los alejados de los grandes centros urbanos) donde transgredir las leyes de la naturaleza (que no son las realmente rigen) puede costar caro.
En El escuerzo, la sociedad ya vive con terror y eso es lo más potente. Porque en una nación construida en base a los silenciamientos, las desapariciones y guerras injustas, las leyendas y los mitos aparecen para dar sentido. El viaje a las entrañas del monstruo nos demuestra justamente eso: que el terror está adentro.
El terror en Argentina está en otra parte
Es complejo definir qué es o no es terror porque en gran medida es subjetivo. Sin embargo, podemos entender que algo que se hace presente en todos los relatos de este género es la existencia de algún tipo de mal. Del color y la forma que sea. En palabras del escritor Sergio Olguín, “aquello que nos genera terror se esconde en lo cotidiano de una sociedad que sufrió el terrorismo de estado en varios momentos del siglo XX, y que se enfrenta todos los días a la incertidumbre de que aquello que construye no sea suficiente, se derrumbe, caiga hecho pedazos”.
Por eso encontrar el terror en el realismo es más fácil: lo difícil es creer, ver por los intersticios de lo sagrado y lo monstruoso para encontrar en lo folclórico modos de dar(nos) sentido. Y esa mixtura con la historia de nuestra nación nos deja ver aquello dejamos atrás: los pueblos arrasados, los habitantes olvidados, los mundos que se eligen no contar.




1 Comentario
Muy bueno! Alma mula de Juan Sebastian Torales entraría en esta categoría?