
Marty el peregrino del cine (Silencio) Por Martín Vivas
Marty el peregrino del cine (Silencio)
Por Martín Vivas

“That’s me in the corner
That’s me in the spotlight”
Losing my religion, R.E.M.
Tras filmar El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013), un relato impúdico sobre la vida de un agente de bolsa neoyorquino, Martin Scorsese decidió lavar culpas con una película que aborda una temática que lo ha acompañado desde pequeño: la fe y sus inmediaciones. Está claro que podemos encontrar retazos sobre la cuestión a lo largo de toda su filmografía. Pero Silencio (Silence, 2016), es una película que parece encajarle mejor al Scorsese de setenta y pico, con otra perspectiva en la materia claramente, y cuya vida es plausible de ser pensada como una especie de peregrinación, una imperiosa búsqueda religiosa, y por ende una necesaria problematización de la totalidad del objeto católico.
El rodaje del film se convirtió en una forma de expiación para el cineasta, quien de niño había pretendido ser sacerdote. Así, Scorsese ha formulado desde siempre una notoria sincronicidad entre la Iglesia y el cine, extremos mágicos que lo definieron durante su infancia de monaguillo. La misa y la proyección en una sala de cine se emparentaron en su joven psique como un único espectáculo. Finalmente, se decidió por el quehacer cinematográfico en lugar del sendero que le deparaba el canon eclesiástico; optó por exponer en la pantalla personajes y escenarios que, en lugar de estar en consonancia con el evangelio, proponen una franca meditación sobre los conflictos propios del ser humano.
Es indudable que la cinta que más aprovechó el director en este sentido fue La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988), largometraje acusado de blasfemo por la comunidad religiosa. Allí, a contramano de las películas del género, logró poner el acento en el flanco humano del personaje, un estudio intimista del Nazareno. A su entender, el film se tradujo en una parábola actual sobre la que debatir, acercando el conflicto cristiano a un público, que pese a su ideología religiosa, le era más empático. De aquella época es Silencio, un proyecto pasional que pudo rodar recién tras treinta años.
Ésta última cuenta la historia de dos curas portugueses que, en el siglo XVII, viajan a Japón a rescatar a su mentor, quien aparentemente ha perdido la fe y ahora trabaja para los nipones. La infiltración en territorio enemigo, y la estratagema para no ser descubiertos, le da tonos de thriller a un film que excede lo meramente épico. Scorsese apunta acerca de lo rústico del rodaje, en una Taiwán con un clima inestable. El equipo tuvo que lidiar con tifones, resistir olas de mucho calor, ascender y bajar constantemente de montañas con todo el instrumental, incluso padecer un terremoto. Y con los protagonistas (Andrew Garfield y Adam Driver) debiendo llevar una dieta estricta a cargo de un nutricionista que los acompañaba, a fin de lograr lo famélico de sus interpretados.
Silencio narra el vía crucis, físico y psicológico, que atraviesa el padre Rodrigues, esto es, un sendero de sufrimiento y soledad comparable al que experimentó Jesucristo. Scorsese lo subraya al reflejar, en la escena del río, la cara de Jesús, como si fuera la reverberación del rostro del párroco. Y se enfoca en la pérdida de la fe que agobia al personaje principal durante todo este trayecto de padecimientos. En este sentido se percibe la ausencia de Dios, su mutismo, una segunda muerte que se suma a la de la célebre crucifixión.
El director señala en entrevistas que con el paso de los años se ha ido alejando de la Iglesia, ya no practica el catolicismo y ha puesto en duda toda la cuestión. En efecto, desde La última tentación de Cristo le ha interesado presentar el problema de Dios como un problema enteramente del hombre. Si en aquella reconocía el elemento humano en Jesús para lograr una parábola fresca y viva, pero no eliminaba aún el factor divino, en Silencio Dios ha muerto definitivamente, permanece callado frente al reclamo de sus devotos, que se muestran turbados ante su evidente ausencia. Rodrigues debe renunciar a su fe para hallarla en otro lugar. Scorsese propone un camino espiritual personal, alejado de la Institución, esto es, una aceptación de la subjetividad del hombre, que regresa a su plenitud.
Del mismo modo, la película da cuenta de la importancia del origen, de la perpetua gravitación de los años de formación. A pesar del sacrificio que cada uno esté dispuesto a realizar, se hace ostensible la persistencia del ser primitivo. La apostasía de los curas es solo una inmolación de salvamento, hay algo intangible que nadie puede torcer: su espíritu. Pero también el director exhibe las dificultades para imponer una religión en un Japón con claras diferencias culturales, una nación que reacciona violentamente ante la intrusión de creencias foráneas.
En definitiva, el padre Rodrigues puede ser Scorsese renunciando a su fe en la Iglesia por otro credo, el de su verdadera vocación. Rodar películas, crear nuevas fábulas, comprometer emocionalmente al público contemporáneo que ve con distancia la reflexión bíblica. A diferencia de lo sucedido con La última tentación de Cristo, la que tuvo problemas de financiación, rodaje y exhibición, junto con la desaprobación de la Iglesia, fue tal la buena recepción de Silencio que Marty pudo exhibirla en el Vaticano, en una función privada, al papa Francisco. Tras esta redención, el cineasta vuelve con El Irlandés (The Irishman, 2019) a otra de sus obsesiones, a saber, la mafia italoamericana con actores que lo escoltan en su peregrinaje como De Niro, Pesci, Keitel, Pacino, entre otros.



